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Aprendices

28/08/2019

Estados Unidos disfruta de los niveles de desempleo más bajos de las últimas décadas; los salarios mejoran y su economía crece sostenidamente. Los empleadores sufren para encontrar quien ocupe seis millones de vacantes, no obstante que la mitad de las mismas no requiere educación superior. Son actividades bien pagadas, como esterilizador de quirófanos, operador de almacenes automatizados, analista de ciberseguridad, asistente dental o concierge de hotel.

Al mismo tiempo, cada año desertan de la secundaria un millón de muchachos y hay 5.5 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan. Otros miles se endeudan para terminar una carrera universitaria y al egresar sólo encuentran ocupación en puestos que no requieren tanta preparación académica.

Frente a la competencia de artículos baratos importados, muchas compañías han quebrado. Otras han mejorado su productividad por medio de robots o han movido sus plantas de producción a países con menores costos fiscales, laborales o logísticos. Los obreros que han sido desplazados consiguen colocarse en el sector servicios, sólo que en posiciones sin estabilidad laboral ni los niveles de compensación de que gozaban.

Desde 1962 existe un programa federal para ayudarlos (Trade adjustment assistance), pero los apoyos económicos y la orientación para conseguir empleo han sido claramente insuficientes. Muchas veces no pueden aprovechar las oportunidades porque no es fácil mudarse de una zona deprimida a otra próspera, o porque les falta entrenamiento especializado.

Lo malo es que cuando lo tratan de conseguir en las escuelas vocacionales (community colleges) se encuentran con que los gobiernos locales las han abandonado, cada vez otorgan menos becas y sus planes de estudio son obsoletos, desvinculados de las necesidades del mercado laboral.

La administración pública, las fuerzas armadas y sectores como el de la construcción, desde hace mucho tiempo, han sostenido exitosos esfuerzos para adiestrar a sus plantillas. De hecho, la mayoría de las industrias preferían que sus empleados se entrenaran en su lugar de trabajo. Les significaba menor costo de reclutamiento y mayores índices de retención. Para los aprendices, es la conveniencia de obtener un sueldo mientras progresivamente adquieren conocimientos, experiencia y habilidades relevantes (“earn and learn”), que les van a permitir avanzar en su desarrollo profesional. Lamentablemente eso ha dejado de ser factible en industrias donde el acelerado cambio tecnológico lo hace incosteable para los patrones.

Hechos bolas

Los gobiernos no han acabado de entender eso. Llevan años intentando implantar un sistema de aprendices como el de Alemania o el de Suiza, sin asimilar que los arreglos corporativos que lo han permitido en esos países, no son viables en la Unión Americana, donde la manufactura y los sindicatos han declinado.

Se calcula que se requiere incorporar a cinco millones de aprendices cada año. En 2018 se inscribieron apenas 585 mil (el 0.3% de la fuerza laboral). En parte esto ha sido así porque los incentivos que dan los gobiernos estatales a las empresas no son atractivos (en promedio, créditos fiscales de mil dólares por persona) y porque la estructura de los esquemas que auspicia el Departamento de Trabajo es rígida y compleja. Exigen demasiados requisitos, como que tengan una duración fija, que necesariamente haya un componente educativo en aula, que los mentores sean certificados y que los exámenes lo haga un tercero.

Este es un tema que Obama descuidó y en el que Trump sí se ha aplicado. Creó una comisión que estudió el problema y luego de un año presentó recomendaciones. Principalmente, eliminar el burocratismo y dejar que sean los sectores productivos los que determinen, con flexibilidad, qué necesitan y cómo conseguirlo. Que sean ellos quienes fijen los objetivos y metodologías; que la instrucción pueda ser en línea y que se les permita expedir los certificados cuando consideren que el trabajador ya está suficientemente preparado, independientemente del tiempo que eso se lleve. Se deja abierta la posibilidad de que instituciones educativas, cámaras empresariales, sindicatos u organizaciones civiles promuevan sus propios proyectos.

La iniciativa, de la cual es vocera su hija Ivanka, ha tropezado con innumerables obstáculos porque los reguladores pretenden seguir condicionando los apoyos, con el pretexto de que la calidad de los programas sólo se puede asegurar mediante un estricto monitoreo. El asunto está empezando a mejorar luego de que el presidente (quizá recordando el programa The Apprentice que producía y estelarizaba) le dijo a su secretario de Trabajo: You’re fired!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.