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11/09/2019

Lograda la independencia de las trece colonias inglesas en América, en la convención de Filadelfia se discutió acaloradamente sobre el tipo de sistema político que debería adoptar la nueva nación. Thomas Jefferson, influenciado por las ideas revolucionarias de Francia, quería que se estableciera una república descentralizada, con un gobierno federal acotado. Alexander Hamilton, fuertemente nacionalista y admirador del modelo inglés, pensaba que para sobrevivir las asechanzas de las potencias europeas se necesitaba un monarca vitalicio y fuerte, con veto absoluto y facultado para nombrar a los gobernadores. Para evitar los excesos del poder heredado a las familias, que había causado el declive de las casas reales del Viejo Mundo, proponía que fuera electo por la ciudadanía y estuviera sujeto a juicio político.

Al final, Hamilton aceptó que poderes públicos divididos y contrapesados era una mejor solución. De hecho, los ensayos que publicó en El Federalista para promover que se ratificara la Constitución se convirtieron en la mejor síntesis de la filosofía política del estado naciente y son, hasta la fecha, la principal fuente de interpretación judicial. Los Padres Fundadores pensaban que un Poder Judicial fuerte e independiente, que garantizara las libertades de los individuos y tuviera facultad para controlar la constitucionalidad de las leyes, evitaría los excesos de un Ejecutivo arbitrario o de un Legislativo demagógico. Limitado el Ejecutivo a periodos de gobierno fijos, creían estar a salvo de la formación de dinastías que acapararan el poder.

A pesar de ello, la política estadounidense ha estado dominada por clanes. Generación tras generación se repiten los mismos apellidos: los Roosevelt, los Kennedy, los Rockefeller, los Romney, los Bush, los Clinton. Los Daley no han soltado la alcaldía de Chicago, los Coumo han gobernado Nueva York y los Brown, California; los Udall han sido todo en Arizona.

Donald I

El ascenso de Donald Trump muestra lo fácil que es que el gobierno electo se degenere. Hijo de una madre abiertamente monárquica y producto de la aristocracia inmobiliaria, para él no hay diferencia entre lo público y lo privado. Usa el poder como si fuera su patrimonio personal y no tiene escrúpulos para lucrar aprovechando su posición. El sentido de las decisiones depende de su estado de ánimo y no se preocupa por actuar “presidencial”. Lo mismo incurre en obstrucción de la justicia que otorga indultos a criminales. Domina el debate público con edictos de 280 caracteres, que le sirven para difundir “verdades alternativas”, para insultar a pueblos y gobernantes extranjeros o para ponerle apodos ridículos a los periodistas. Se porta benevolente con los que buscan su patrocinio, pero no deja de alentar intrigas cortesanas y puñaladas por la espalda. En nada se diferencia de un emperador.

Por eso, no debe sorprender que Brad Parscale, el coordinador de la campaña para reelegirlo, declare que “los Trump serán una dinastía que perdurará por décadas”. Contra toda lógica republicana, Trump ha incorporado a familiares a su gobierno y no tiene reparo en impulsar, desde la Casa Blanca, sus carreras políticas o sus negocios privados.

A Ivanka, su hija favorita, la nombró asistente del presidente, la sienta junto a él en las conversaciones con mandatarios extranjeros, la lleva a las reuniones cumbre y ha sugerido que podría ser embajadora en la ONU o directora del Fondo Monetario Internacional. Ella se ha involucrado en temas tan diversos como la igualdad de la mujer, la modernización de la infraestructura o la reforma del sistema de justicia penal.

A Jared Kushner, su siempre bien peinado yerno y principal asesor, le ha permitido intervenir en la defenestración, veto o designación de altos funcionarios; entre otros, del secretario del Tesoro. Le ha encomendado aspectos de la relación con México y gran parte de la política del Medio Oriente, sin coordinarse con el Departamento de Estado, lo que acabó provocando la renuncia de Rex Tillerson.

Don, su primogénito y quien supuestamente quedó a cargo de los negocios de su papá, ya hizo un intento por conseguir la candidatura a la alcaldía de Nueva York; lo postulan para presidente del Comité Nacional Republicano y está trabajando de lleno en la campaña de reelección. Cuenta con todo para seguir una carrera política: se ha convertido en vocero de la agenda conservadora, tiene ahora una pareja muy telegénica (la exconductora de Fox News, Kimberly Guilfoyle) y es un orador brillante, que conecta con la gente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.