Estatuas malditas
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Estatuas malditas

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Estatuas malditas

15/07/2020

Como toda pugna interna, la Guerra Civil en Estados Unidos estuvo llena de contradicciones. La mayor parte de la población no comprendía lo que estaba pasando y no estaba segura de quién tenía la razón. Muchas familias tenían hijos en el otro lado y les pedían regresar. Por eso hubo tantas deserciones y confusión.

En sus diarios y cartas los soldados mostraban sus dudas. Los mismos oficiales se resistían a pelear contra los que habían sido sus compañeros en la academia militar de West Point. Los principales generales unionistas (Ulysses S. Grant y Winfield Scott Hancock) y confederados (Robert E. Lee y Stonewall Jackson) habían luchado juntos en la guerra de México y en las batidas contra los cheyenne y los sioux. Eran amigos y se respetaban. Veían el enfrentamiento armado como un pleito de políticos.

Por eso, no maltrataron a las esposas y a los hijos de los otros y no los humillaban cuando los capturaban. De hecho, cuando Lee se rinde ante Grant, éste le permite conservar su espada y su caballo.

Cuando cesaron las hostilidades todos estaban arrepentidos del terrible derramamiento de sangre. Las pequeñas ciudades rebeldes (Atlanta tenía veinte mil habitantes) habían sido quemadas por los del Norte que avanzaban o por los del Sur que se retiraban. Había viudas y huérfanos que amparar; miles de heridos y enfermos que atender.

La reconstrucción era una necesidad urgente para los del uniforme gris y un deber de conciencia para los que vestían de azul. Se organizaban colectas para enviar misioneros, maestros, doctores e ingenieros. El ejército de ocupación apoyó la reforma institucional y la reactivación productiva. Otorgó a los liberados “cuarenta acres y una mula”. Estableció incluso pensiones estatales para las viudas, cuando los demócratas del Congreso se negaron a extenderles la prestación federal. Privaba el espíritu de reconciliación.

Por eso no hubo mucha oposición cuando los derrotados, impulsados por el mito de la 'causa perdida' (que traté en mi anterior columna), erigieron estatuas de Lee, Jackson y otros adalides. De la misma forma, exesclavos financiaron la colocación de monumentos a Lincoln en casi todo el país. El mismo general Ulysses S. Grant, ya como presidente, inauguró algunos. Era una muestra de tolerancia.

Sin embargo, había quienes seguían fomentando la discordia. Lincoln fue asesinado. Los supremacistas retomaron el poder en los estados del sur y reanudaron la segregación. La bandera de las trece estrellas volvió a ondear. El gobierno federal empeoró las cosas al restringir la ayuda para tratar de someterlos.

El sur desarrolló una cultura de resistencia y victimismo, de odio y rebeldía. Se levantaron más esculturas y se salpicó el territorio de memoriales y museos que glorificaban la valentía de los separatistas. Parques, calles y escuelas los homenajeaban. Una historia oficial llena de rencor se enseñaba a los niños. Un sureño, Woodrow Wilson, llegó a la Casa Blanca. Ante la inminente entrada del país a la Primera Guerra Mundial y para incrementar el reclutamiento, permitió que las nuevas bases militares llevaran el nombre de los generales secesionistas.

En diferentes lugares de la Unión Americana, grupos de manifestantes contra la brutalidad policiaca hacia los negros han estado derribando estatuas de los paladines confederados. Las destruyen porque las consideran un símbolo de la opresión vivida por la población de color. Exigen que se cambie la denominación de avenidas, edificios y hasta ciudades (de Washington, porque el primer presidente tuvo esclavos; de Nueva York, porque el duque del mismo nombre traficaba con ellos). Hay quien propone censurar libros, pinturas, películas y canciones.

Desde luego que es legítimo y obligado protestar contra la violación de derechos de ese o de cualquier colectivo. Sin embargo, el revisionismo político del pasado sólo sirve para avivar el enfrentamiento en el presente. El transcurrir de cada nación está llena de claroscuros, que obvian los que buscan reinterpretarlo a su favor. Para ellos sólo hay blanco y negro, buenos y malos. Héroes intachables o traidores irredimibles, como en las estampitas o monografías escolares.

La historia no se entiende borrando capítulos negativos, sino valorando sus causas. Las ideas no se combaten a martillazos. Las culturas no evolucionan con prohibiciones. La civilidad sólo se construye dialogando. El radicalismo partidiza el tema, ahonda la división, da nuevos bríos a los racistas y favorece la reelección de Trump. ¿Eso quieren?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.