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Homeless

04/09/2019

Durante la Gran Depresión (1929-1939) miles de americanos perdieron su trabajo y su patrimonio. Expulsados de viviendas, cuyas rentas o hipotecas ya no podían pagar, se fueron a vivir a terrenos baldíos o a los parques de las grandes ciudades (como el Central Park en Nueva York). Las autoridades acabaron tolerando esos asentamientos porque crecieron muy rápido, porque los refugios públicos estaban saturados y porque la opinión pública no soportaba presenciar el desalojo violento de familias (como el que dirigió el general Douglas MacArthur en el parque Anacostia de la capital). Algunos, como los de Seattle y Saint Louis, fueron tan grandes que nombraron a su propio alcalde y tenían vigilancia organizada.

La cultura popular recogió esta experiencia en novelas (Las uvas de la ira, de John Steinbeck, adaptada al cine por John Ford), películas (desde Man’s castle, protagonizada por Spencer Tracy y Loretta Young, hasta la versión 2005 de King Kong) y comedias musicales (como Anita, la huerfanita). Escenas como las largas filas afuera de los comedores populares (kitchen soups) sostenidos por asociaciones caritativas, se volvieron icónicas y dejaron profunda huella en la conciencia de la nación.

Poco a poco fueron sustituyendo el cartón y la madera por tabiques y piedras y pronto tuvieron escuelas e iglesias. Fue hasta inicio de los cuarenta, cuando la economía se reactivó, que empezaron a desaparecer las llamadas hoovervilles, nombre que les pusieron los demócratas para culpar al presidente Hoover de la situación.

Noventa años después

En las calles, los bajopuentes de las autopistas, las playas y los parques de las grandes ciudades de California crecen sin control campamentos de los llamados homeless. A diferencia de los que hay en otras partes, los de ese estado casi no incorporan a mujeres abandonadas, ancianos desafortunados, veteranos traumatizados o familias empobrecidas. La mayoría de los que los habitan son varones adultos que han perdido el control de sus vidas y la salud mental por las adicciones.

Con la economía, el empleo y los salarios creciendo sostenidamente, no están ahí por no encontrar una ocupación productiva, sino porque han roto los lazos con sus familias y comunidades. No buscan trabajo ni piden limosna; asaltan a los transeúntes, se roban los equipos de sonido de los coches estacionados y sacan comida de las tiendas de conveniencia.

En general no padecen hambre; algunos cuentan con posesiones caras, como pantallas de televisión y mascotas de buena raza. Muchos viven en camionetas y casas rodantes perfectamente acondicionadas.

Las autoridades se han mostrado permisivas. Aunque está prohibida la vagancia y los podrían encarcelar, lo más que hacen es aparecer los lunes por la mañana para entregar órdenes de evacuar en 24 horas. Los miércoles regresan, les dan un citatorio judicial por desobedecer y los obligan a moverse un rato para barrer la calle. Como no acuden al tribunal, el viernes les imponen una multa, que nunca pagan. Y así cada semana.

Los liberales culpan a la especulación inmobiliaria y a la gentrificación del centro de las ciudades, que han expulsado a los pobres de los departamentos baratos en que vivían. Recriminan a los votantes republicanos, que con tal de pagar menos impuestos han permitido el cierre de asilos y la suspensión de los programas sociales. Exigen que el gobierno les ponga baños y regaderas, construya vivienda y los rehabilite.

Los conservadores acusan a los gobiernos “socialistas”, que legalizaron la mariguana y elevaron tanto los impuestos que hace imposible hacerse de una casa. Exigen que no se les dé dinero ni cupones de comida, porque los van a utilizar para comprar droga y van a atraer a más personas. Piden que se les expulse y que, en todo caso, se les lleve a vivir a penales abandonados, como el de la isla de Alcatraz.

Cuando los medios de comunicación los entrevistan, invariablemente se victimizan y reprueban que las ciudades se declaren santuario para los refugiados centroamericanos en lugar de preocuparse por ellos. Se quejan de que a aquellos se les proporcionan dormitorios, alimentación, servicio médico y ayuda para encontrar vivienda y empleo. Lo cierto es que esos refugiados sí tratan de superarse. Se ponen en los estacionamientos de las tiendas para contratarse por día en labores o arreglos domésticos o les pagan los municipios por limpiar el tiradero que dejan los otros.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.