Lobo solitario
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Lobo solitario

07/08/2019

El fenómeno de los “lobos solitarios” no es nuevo. Terroristas que no pertenecen a organizaciones ni son agentes estatales, que no actúan por motivos personales (venganza contra alguien que los agravió) o meramente criminales (extorsión) ha habido siempre. A fines del siglo XIX proliferaron en Rusia y otras partes de Europa anarquistas que se inmolaban al colocar bombas en lugares concurridos, para demostrar que el Estado no era omnipotente y para provocar mayor represión y así enardecer a las masas. Estados Unidos tienen su propia historia de bombazos, siendo los más recordados, por el número de víctimas, el del desfile por la entrada del país a la Primera Guerra Mundial (San Francisco, 1916) y el de Wall Street (1920). Las matanzas de los últimos años sólo se diferencian por el tipo de arma escogida.

A pesar de ello, hay muy pocos estudios sobre este tipo de terroristas. Los más completos y recomendables, por lo robusto de su marco empírico, son los de Ramón Spaay (“Understanding lone wolf terrorism. Global Patterns, motivations and preventions”, Melbourne, La Trobe University, 2012; “The age of lone wolf terrorism”, New York, Columbia University Press, 2017).

En México, un trabajo pionero de gran calidad es la tesis de maestría en Seguridad e inteligencia estratégica de Jesús Rodrigo Navarrete Segovia “Terrorismo e individualización: lobos solitarios terroristas como amenaza a la seguridad nacional”.

Sin desestimar otros factores individuales (como la salud mental, el deseo de notoriedad o de imitación “copycat”) o sociales (como la accesibilidad a armas de fuego, la política criminal punitiva o la fascinación de los medios por la violencia y la irresponsable glorificación que hacen de sus perpetradores), ambos autores consideran muy significativos los procesos de individualización y radicalización.

Yo solito

Las formas sociales se han transformado sustancialmente. De manera paulatina hemos visto desintegrarse los lazos comunitarios y familiares. Las personas ya no tienen claro su estatus dentro de la sociedad, la adscripción a grupos o los roles de género. Poco a poco se ha borrado el “nosotros” y ha crecido la soberbia. Nos dicen “hágalo usted mismo”, “no dependa de nadie”, como si eso fuera posible.

Sin el apoyo de las pequeñas colectividades (familia, amigos, vecinos) las personas no tienen a quien pedirle ayuda o consejo. Los partidos políticos y los grupos gremiales sólo defienden sus intereses inmediatos. El Estado no puede ser “papá o mamá” de todos; ni siquiera es capaz de garantizar la seguridad en las calles. Países fuertemente individualistas, con alto nivel de vida y amplios servicios sociales (como los del norte europeo o Japón) no pueden evitar altas tasas de suicidio.

A eso hay que añadir la presión social por ganar más para consumir lo innecesario y competir endiabladamente para obtener un éxito profesional inalcanzable. El darwinismo social va dejando atrás a muchos frustrados.

Los cambios en el mundo laboral han empeorado las cosas. Empleos precarios e inestables desafían la capacidad de adaptación y se traducen en incertidumbre permanente sobre el futuro. Por ello, los procesos migratorios masivos se perciben amenazantes y provocan reacciones xenofóbicas, en momentos en que también las identidades nacionales se ponen en cuestión por la globalización económica y el decaimiento de los estados-nación.

Solos y vulnerables, decepcionados de un colectivo que no les da respuestas, de la manada que los abandona, los lobos solitarios se radicalizan hasta volverse irracionales y justificar las barbaridades que cometen. Como lo sabemos desde que lo investigó Émile Durkheim, cuando las personas no se encuentran integrados adecuadamente a la sociedad, su acto suicida es la forma de acabar excluyéndose.

Así pues, los pretextos para atacar indiscriminadamente a personas inocentes son lo de menos. Puede ser el patriotismo, el racismo, el integrismo religioso, el ambientalismo o los derechos animales. Esas son variables dependientes. El factor causal importante es el individualismo que deja a cada uno a merced de sus propios recursos y habilidades.

De ahí que no sea fácil prevenir o detectar oportunamente estos fenómenos. No hay solución simple o rápida. Eso sí, serviría muchísimo que se controlara la venta de armas, se evitara el encarcelamiento masivo, se redujera la violencia en los medios, se combatieran las adicciones y se mejoraran los servicios de salud mental. También que se hiciera conciencia de la polarización que produce el discurso de odio, particularmente si lo practican, con mezquinos fines electorales, insensatos gobernantes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.