Metida de pata
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Metida de pata

31/07/2019

Frente al presidente Donald Trump los demócratas se han comportado como una oposición boba, sin estrategia ni visión de largo plazo. El mejor ejemplo de ello (no el único) es su frustrado intento para destituirlo.

Le apostaron todo a difundir una teoría conspirativa inverosímil y sin evidencia clara. Inculpar de traición a la patria al candidato más rabiosamente nacionalista en décadas requería pruebas convincentes. Lo que tenían eran chismes y rumores. Una historia de Trump queriendo construir un rascacielos en Moscú; fotos de su gente departiendo con diplomáticos en eventos sociales; un informe rocambolesco y sensacionalista, redactado por un exagente secreto desprestigiado (Christopher Steele), contratado por ellos mismos. Aun así, crearon la expectativa de que podía construirse un juicio político que orillara a la renuncia del presidente.

Consiguieron el nombramiento de un fiscal especial insobornable, un héroe de guerra y un servidor público respetado por todos y sin simpatía alguna por el ocupante de la Casa Blanca. El fiscal Robert Mueller hizo su tarea con profesionalismo y meticulosidad. Reunió elementos para procesar por diversos delitos al presidente y al vicepresidente de la campaña, al primer asesor de Seguridad Nacional y al abogado personal del magnate. No encontró, sin embargo, fundamentos de la famosa “trama rusa”.

Luego de meses de investigación, de interrogar a cientos de personas y de incautar toneladas de documentos el abogado presentó su informe. En él se establece que el gobierno ruso percibía que le convenía una presidencia de Trump, lo que era manifiesto dados los ataques de Hillary Clinton al presidente ruso, Vladimir Putin. Se afirma que muy probablemente fueron operadores gubernamentales de Rusia quienes hackearon las computadoras del Comité Nacional Demócrata y entregaron a WikiLeaks correos que perjudicaron su campaña. Añade que supuestos agentes rusos tuvieron numerosos contactos con los de la campaña de Trump, ofreciéndoles esa información robada. No obstante que nunca denunciaron al FBI esos contactos y obviamente esperaban beneficiarse electoralmente si se difundía, no se concluye que hayan aceptado trato alguno. Señala que, aprovechando su condición de candidato, Trump buscaba ayuda del gobierno ruso para concretar su aventura inmobiliaria en Moscú.

El hallazgo más importante fue que ante el escándalo todos mintieron para cubrirse y el presidente mismo maniobró para frenar la investigación. Es decir, no se le podría acusar de colusión con un gobierno extranjero pero tal vez sí de obstrucción de la justicia.

Volver a lo mismo

Lo increíble es que luego de más de tres meses de haber recibido su reporte, la semana pasada llevaron a Mueller a testificar antes los comités de Inteligencia y de Justicia de la Cámara de Representantes. De antemano sabían que era inútil. No le podían decir que no se había esforzado suficientemente, ni extraerle nueva información incriminatoria, ni exigirle sacar conclusiones subjetivas del documento. Tampoco había margen para que lo trataron mal, porque eran los republicanos los que lo tachaban de parcial.

Sucedió lo previsible. La comparecencia resultó anticlimática, sin sorpresas. Le leían partes del texto legal y él se limitaba a responder “sí, es lo que escribí”, “no, como dice ahí”, “eso está fuera de mi alcance”, “no puedo entrar en detalles” o “no suscribo necesariamente la forma en que lo dice”. Fueron las respuestas evasivas que se esperan de un fiscal experimentado.

Nancy Pelosi, una liberal pura que ha sido objeto de las burlas soeces de Trump y a la que nada haría más feliz que verlo fuera de la Casa Blanca, lleva meses advirtiéndoles que se estaban equivocando. La líder de la mayoría y presidenta de la Cámara ha vivido lo suficiente en Washington para saber que si bien el presidente ha hecho cosas que lo hacen merecedor de un impeachment, eso no sería políticamente lo mejor.

Esté o no legalmente justificado, intentarlo sería un desastre. Ningún republicano va a votar por acusar al presidente e incluso suponiendo que se iniciara un juicio, el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnel, lo frenaría. Trump se presentaría como víctima y daría nuevos bríos a sus seguidores. Los demócratas perderían el control de la Cámara baja y ayudarían a los otros a mantener el del Senado.

Eso no le ha importado a legisladores protagónicos que piensan que pueden ganar puntos en sus distritos insistiendo en descubrir lo que todos saben: lo terriblemente malo que es el casi seguro candidato republicano.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.