Parejos y polarizados
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Parejos y polarizados

COMPARTIR

···
menu-trigger

Parejos y polarizados

30/10/2019

Falta un año para las elecciones presidenciales en Estados Unidos y lo que se puede pronosticar con certeza es que serán las más competidas y hostiles de la historia.

Desde la Guerra Civil hasta la Segunda Guerra Mundial los americanos acostumbraban llevar al Capitolio y a la Casa Blanca a políticos del mismo partido, alternando de vez en cuando. De 1952 a 1992 los republicanos dominaron las elecciones presidenciales y los demócratas conseguían mayorías en las cámaras. De 1992 para acá ha sido al revés: demócratas en el Ejecutivo y republicanos en el Legislativo. La diferencia es que ahora se triunfa por pequeños márgenes, lo que desde luego incide en el grado de legitimidad que se obtiene.

En 1996 William Clinton se reeligió con 49 por ciento de los votos y los republicanos fueron mayoría en la Casa de Representantes con 49 por ciento, apenas un punto arriba que sus rivales. En tres de las cinco siguientes elecciones los demócratas recibieron entre 48 y 51 por ciento de los sufragios, mientras que los republicanos conseguían entre 46 y 51 por ciento.

Otro cambio notable es que antes, entre una elección y otra, variaban de color muchos estados y ahora hay poca fluctuación. Casi todos son rojo sólido (republicanos) o azul sólido (demócratas) y sólo unos cuantos son púrpura (indecisos). Eso explica que no sean cruciales los que cuentan con grandes poblaciones, pero están muy inclinados hacia un lado (como New York o California), sino los del Medio Oeste industrial, donde la correlación de fuerzas es paritaria.

Resulta importante porque en el sistema estadounidense la presidencia se entrega al que gana más delegados al Colegio Electoral y todos los delegados de un estado se van para el candidato que consigue mayoría ahí. Hace tres años Donald Trump se llevó, con ventajas mínimas, Florida, Pennsylvania, Ohio, Michigan, Iowa y Wisconsin, Con eso le arrebató la presidencia a Hillary Clinton, que lo superaba con el dos por ciento del voto popular.

En otra época los dirigentes y operadores de un partido convivían socialmente con los del otro bando, dialogaban y buscaban acuerdos; al final del proceso legislativo trataban de presentar proyectos bipartidistas. Ahora eso es casi imposible. En medio de insultos, cientos de iniciativas permanecen congeladas por nimias diferencias de redacción. La parálisis se extiende a la aprobación del presupuesto, llegando al ridículo de “cerrar” el gobierno cada año.

Esa animosidad venenosa se observa también entre los adherentes de cada organización. Un estudio del Pew Research Center muestra que la opinión que se tiene de los que simpatizan con el otro partido es cada vez más negativa. Mutuamente se consideran malos, antipatriotas y extremistas (no sólo equivocados o diferentes) y creen que si el otro gana habrá una catástrofe. Lo que es peor, piensan que no hay valores comunes u objetivos compartibles. De hecho, cansados de políticos que no representan sus intereses y que renuncian a sus ideales, prefieren a los que los sostienen sin buscar compromisos.

Es uno de los atributos que le reconocen a Trump, quien ha llevado la polarización al extremo. Sin embargo, no empezó con él. Sus antecesores contribuyeron a dividir a la sociedad y por ello, ni los Clinton, ni los Bush, ni los Obama tienen hoy autoridad moral o son factores de poder.

La línea divisoria entre los dos clanes sigue siendo el nivel de ingreso y la ocupación, pero el republicano ya no es el partido de los millonarios o el demócrata el de los obreros. Ahora es al revés y además, las variables demográficas que muestran más alta correlación con el comportamiento electoral son la educación y la religión: a mayor educación más propensión hacia los azules y a más intensa religiosidad más inclinación hacia los rojos.

Esto es clave porque las demandas ya no son materiales y homogéneas, sino culturales y surtidas. Asuntos como el aborto, las armas de fuego o el cambio climático son los que determinan la lealtad partidista. Son temas en los que la mitad de la población está completamente convencida de una cosa y la otra mitad de otra. En las guerras culturales no hay punto medio y por eso vemos hoy que unos se radicalizan hacia la izquierda y otros hacia la derecha. Casi no hay lugar para opciones centristas y moderadas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.