Terrible Bolton
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Terrible Bolton

24/07/2019

John R. Bolton nació en Baltimore en 1948. Hijo de un bombero con fuertes convicciones republicanas, a los 16 años ya andaba en la campaña de Barry Goldwater. Gracias a una beca pudo estudiar derecho en la elitista y liberal Universidad de Yale. Adquirió ahí su capacidad de debatir pues era de los muy pocos que estaban a favor de la guerra en Vietnam. En las vacaciones de verano se sumaba a las campañas electorales y fue interno en la oficina del vicepresidente Spiro Agnew. Resultó lógico que se incorporara a los gobiernos republicanos. Durante las administraciones de Ronald Reagan y George Bush empezó a hacer carrera dentro del Departamento de Justicia pero su interés primordial siempre ha sido la política exterior.

Cobijado por el vicepresidente Dick Cheney fue nombrado subsecretario para Control de Armas y Seguridad Internacional. En contra de la opinión de los analistas del Departamento de Estado promovió y consiguió que su país se retirara del Tratado de Misiles Antibalísticos y que dejara de apoyar la creación de una Corte Penal Internacional. Fue el principal divulgador de la versión de que el ejército de Irak tenía escondidas armas químicas y biológicas y peleó hasta conseguir la completa destrucción del régimen de Sadam Hussein.

En contra de la opinión de la secretaria de Estado, Condolezza Rice, y de casi todo el cuerpo diplomático, preocupados por su animadversión hacia los organismos multilaterales, en 2005 George W. Bush lo nominó como embajador en la ONU. En 16 meses no se logró la confirmación del Senado y finalmente renunció.

Durante el gobierno de Barack Obama se convirtió en popular comentarista de la cadena Fox, siempre abogando por una política exterior militarista para salvar a su nación de la “amenaza inminente” de las armas nucleares en manos de Irán y de Corea del Norte. Paralelamente empezó a recabar fondos para candidatos conservadores. Él mismo trató de armarse una campaña para presidente.

Astérix

Con su característico bigote blanco y tupido, Bolton se parece al héroe de un comic francés de los sesenta, ambientado en una aldea gala en el año 50 antes de Cristo. Rodeados de romanos agresivos los pobladores resisten los embates enemigos gracias a las advertencias y a las valientes acciones de Astérix. Cuando uno lee su libro “Rendirse no es una opción”, advierte que ese es el papel que ha querido representar nuestro personaje: el adalid que intenta que su nación sobreviva en un mundo hobbesiano en que todos quieren destruirla. Eso fue precisamente lo que lo hizo atractivo para integrarse al gabinete del presidente Donald Trump.

Molesto porque se resistían a implementar su política exterior agresiva y temeraria, el presidente despidió de mala manera a Rex Tillerson (departamento de Estado), a Jim Mattis (departamento de Defensa) y a H.R. McMaster (asesor de Seguridad Nacional) y entronizó, respectivamente a Mike Pompeo, a Mark Esper (ratificado apenas ayer) y a John Bolton. De hecho Trump lo hubiera preferido a él como Secretario de Estado, pero nunca lo hubieran aceptado en el Capitolio. El cuadro lo completa Gina Haspel, en la CIA.

Menos de un mes después de su llegada al ala este de la Casa Blanca, apareció muy sonriente junto a Trump cuando anunció que Estados Unidos abandonaba el Acuerdo nuclear con Irán y le imponía nuevas sanciones diplomáticas y económicas.

Trump y Bolton juegan al policía bueno-policía malo. John declara que Corea del Norte está por probar nuevos proyectiles intercontinentales y debe ser bombardeada “antes de que sea demasiado tarde” y Donald regresa de su entrevista con Kim Jong-un diciendo: “nos enamoramos”. John insinúa a la cadena Fox que serían destruidas las estaciones de radar y las bases de proyectiles de Irán (luego de que derribaron un dron) y Donald filtra al The New York Times que en el último momento revocó esa decisión porque eso causaría muertes de civiles iranís y represalias hacía los objetivos estadounidenses en la región.

Trump sabe que Corea del Norte está ansiosa por recibir inversiones americanas y que Irán no puede atraer las europeas mientras no le levanten las sanciones. Pero ninguno de los dos gobiernos puede ceder en las demandas nacionalistas que les dan legitimidad. Para que las negociaciones con Estados Unidos sean aceptadas internamente se requiere que la gente sienta que es lo único que queda ante un presidente impulsivo y errático, con un asesor radical y belicoso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.