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Yangismo

23/10/2019

Andrew Yang era poco conocido hace dos años. Cuando anunció su intención de competir por la candidatura presidencial sólo se sabía que era un empresario del sector de alta tecnología y que había fundado una organización para promover la revitalización de comunidades urbanas decadentes, mediante el apoyo a jóvenes graduados para que se lanzaran a crear empresas startup.

De los 25 precandidatos iniciales era el que menos experiencia política tenía y no se creía que llegara muy lejos. Hoy está entre los diez que han sobrevivido y, aunque se sigue calculando que la tiene muy difícil, ya no se ve como un excéntrico improvisado.

Lo logró sosteniendo una plataforma original y con una estrategia no convencional, basada casi completamente en las redes sociales.

Como dictan los cánones, empezó publicando un libro para explicar sus ideas. La guerra de la gente normal es un texto persuasivo que se lee fácilmente.

El autor argumenta que el mayor reto para su país es enfrentar las consecuencias de una tecnología que seguirá desplazando empleos y nos traerá situaciones apocalípticas. Pone como ejemplo los vehículos autónomos, que dejarán a miles de choferes sin trabajo, no pocos atropellados y una sociedad desestabilizada.  

Su oferta central es asegurar a todos los americanos mayores de edad (independientemente de su ingreso o estatus laboral) un ingreso básico de mil dólares mensuales. Lo que él llama “freedom dividend” se financiaría con un impuesto al valor agregado del diez por ciento. Piensa que ello haría innecesario aumentar el salario mínimo y, al mejorar la situación de los desempleados, tendría como efecto lateral una reducción de la pobreza, la criminalidad, las adicciones y el suicidio.  Adicionalmente, cobrar un IVA a las empresas tecnológicas les impediría evadir impuestos.

Considera que un capitalismo “centrado en las personas” debe partir de evitar las métricas económicas engañosas. En vez de utilizar la tasa de desempleo se debería observar la de participación en la fuerza laboral. En lugar del producto interno bruto estima que hay otros parámetros para evaluar el progreso, como el ingreso medio, la movilidad social, la esperanza de vida, la salud mental o el éxito escolar.

Entre sus 160 planteamientos, que cubren casi todo, está también eliminar la moneda de un centavo, hacer feriado el último día para el pago de impuestos, prohibir las llamadas telefónicas con mensajes pregrabados y  evitar la circuncisión por motivos no religiosos.

#YangGang

La estrategia de campaña que ha seguido es simple y a la vez sofisticada. Ha tratado de hacer virales sus ideas y declaraciones a través de muchas plataformas (reddit, 4chan, Twitter, Facebook, Instagram) y por medio de ingeniosos memes, GIFs y podsdcast.  Se ha presentado en todos los programas de radio y televisión a los que lo invitan, escogiendo bien los temas para cada audiencia y mostrándose como una persona normal que defiende apasionadamente lo que cree mejor para su país. Sobre todo, no ha dejado que los medios lo ninguneen como uno más del montón, protestando cuando no lo incluían en las encuestas o no mencionaban su nombre completo.

En el primer debate habló menos de tres minutos porque le apagaban el micrófono.  Sus seguidores crearon inmediatamente tendencia en las redes (#DejenHablarAYang). En el segundo hizo evidente que él no llevaba ataques prefabricados contra sus rivales. Cuando luego le criticaron que no se pusiera corbata señaló que les importaba más ese detalle que el futuro de sus hijos y que, por fijarse en esas cosas habían acabado eligiendo a Trump, la estrella de un reality show.  En el tercero informó que, para probar que el ingreso básico funciona, desde enero está entregando mil dólares mensuales de su dinero a un residente de New Hampshire y a otro de Iowa; convocó a que millonarios aportaran fondos para ampliar el experimento y varios respondieron de inmediato. En el cuarto, sorprendentemente, otros candidatos se refirieron a su propuesta y dijeron que la considerarían en caso de ganar.  

Paulatinamente ha incrementado su nivel de conocimiento y visibilidad. Sus simpatizantes, que lo han hecho una figura de culto, son sobre todo jóvenes y personas que trabajan en sectores amenazados por la automatización (empleados de tiendas, conductores, almacenistas); también militares e ingenieros programadores. Es la misma clientela que le es fiel a Trump y que los otros aspirantes del  Partido Demócrata no han sabido atraer.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.