La deuda impagable
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La deuda impagable

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La deuda impagable

13/05/2019

El presidente López Obrador suele decir que la mejor política exterior es la interior. Es chocante, es más, suena como a discurso disruptivo que en el fondo da la visión más profunda que tiene el presidente de la República sobre cómo él ve al país y cómo quiere que nos vean desde fuera, suponiendo que eso sea un objetivo. Esto hay que complementarlo diciendo que nuestros límites para esa doctrina no terminan y empiezan en Estados Unidos, sino en una figura tan excéntrica –aberrante según el vicepresidente Biden– llamada Donald Trump.

Una de las cosas que el presidente López Obrador aprendió de Juárez fue no elegir a los enemigos, ya que normalmente son estos los que lo eligen a uno, sino el orden en el que fue acabando con sus distintos enemigos. En ese sentido, evitar la confrontación con tal de no sufrir más desequilibrios institucionales por parte del imprevisible y peligroso vecino del norte, está bien. Si ustedes se fijan bien, la declaración presidencial, la intención política y la práctica no son tan diferentes de lo que pasa en el mundo.

Inglaterra es una gran nación que fue capaz de construir, después del imperio romano, el imperio más extenso y, si no, el más importante. Más allá de su extensión, el imperio británico ha sido el imperio más importante desde el punto de vista de la trascendencia histórica y política. Esto porque a sus conquistados les dio algo que los españoles nunca le dieron a su conquista en América. El imperio británico no dio muchas catedrales ni edificios, pero sí muchas instituciones e incluso les creó un sistema de comunicación primario. Mismo sistema que fue la garantía de la libertad de comunicación de los pueblos y que, más adelante, fue sostén de la mayor democracia del mundo, un ejemplo de ello fue la llegada del servicio postal en India, en 1837.

Inglaterra, al igual que México, actualmente también piensa que su mejor política exterior es la interior. La ruptura del Brexit es algo mucho más importante que la preparación de la separación de la Unión Europea. Esta ruptura –en mi opinión– lo que significa es el inicio de la redefinición desde un planteamiento local y no multinacional de lo que va a ser la nueva personalidad británica. El Brexit nunca hubiese sido posible sin que, por primera vez y sin que nadie se diera cuenta, empezara a aparecer uno de los grandes dramas del mundo moderno. El dios internet, la iglesia de la comunicación global, la cofradía de Facebook, la asamblea permanente de Twitter o esa extraña repetición del Retrato de Dorian Grey que es Instagram, no pudo evitar el que en el ajuste casi un 30 por ciento de la población se quedara fuera de la fotografía.

Los británicos que salieron a votar contra el Brexit son los mismos franceses que con un chaleco amarillo salen a votar contra un sistema que los ignora. Las protestas sociales que actualmente hay en Europa son el inicio de la reconfirmación de una política que se basa mucho más en lo nacional que en las garantías, fracasos u obligaciones de la política internacional. Primero fue Polonia, luego Hungría, posteriormente Italia y después Francia y su FN presente desde hace mucho tiempo. En definitiva, Europa se está dando una vuelta por la extrema derecha y aflorando los fracasos de este modelo social y político.

El Brexit y los chalecos amarillos de Francia son una prueba evidente de que no es tan descabellado ni tan equivocado pensar que la mejor política exterior es la interior. Todos, empezando por Donald Trump, han recogido el legado histórico de 1945, los sueños de paz y los desarrollos multinacionales y sencillamente los han pulverizado.

Cada país quiere tener resuelto lo suyo y después se verá si en lo suyo cabe algún tipo de disciplina exterior. Por si todo esto fuera poco, el adiós de Merkel y el inicio de la vuelta al fascismo más profundo, pero esta vez hacia dentro, de Alemania, augura tiempos muy difíciles para la Unión Europea y –en mi opinión– un riesgo importante de desaparición. El caso español merece una mención muy especial, ya que no solamente está definiendo su propio futuro, sino que lo está definiendo sobre el futuro de cuántas Españas hay o cuántas son posibles. Porque, frente al éxito indiscutible del entramado constitucional de 1979, está el fracaso social que supone el que hoy exista un país llamado Catalunya y que mañana pueda ser llamado como “otras partes del territorio nacional”.

Frente a esta realidad sólo hay algo que el presidente López Obrador y todos los presidentes deben considerar. Esto es que el mundo frente a su defección democrática, al cambio que estamos viviendo y ante este error histórico de haber excluido a un alto porcentaje de la población del desarrollo, no es posible que el futuro sea igual a urbanidad, conectividad o capacidad de comunicación. Hemos roto lo que significa crear el relevo generacional de quién tira de la economía. Pero, sobre todo, le hemos dicho a muchos chalecos amarillos a granjeros de la parte profunda de Inglaterra, a los abandonados de la Liga Norte italiana y a muchos despoblados del centro de España que sencillamente ellos no caben en este modelo.

Sin el orden político, la revolución silente y en marcha es en lo comunicacional y estructural global, en lo social y en lo político local, salvo por el elemento común de la dependencia de las economías mundiales ante ese ente extraño llamado mercado. La reconstrucción del nuevo mundo no sólo pasa por redefinir las políticas de cooperación internacional a partir del éxito en las políticas nacionales, sino que además pasa por una nueva estructura de relación con los poderes financieros, que es el único elemento común que liga a todos y cada uno de los países, tanto los desarrollados como los medianamente desarrollados y los emergentes. Eso abstracto que se llama mercado, que es como el pecado y la virtud pero que, sin embargo, tiene pecadores virtuosos pero, sobre todo, tiene, por la vía de facto, una dictadura silenciosa que no se puede ignorar.

Este nuevo pronunciamiento político acaba en el mercado y el siguiente desafío es saber hasta dónde es posible un mercado desconectado sin decidir primero un hecho evidente, nunca podremos pagar la deuda. Un capítulo aparte merece la relación Oriente-Occidente, también afectada por la epidemia común de la deuda, pero con una diferencia, mientras que Occidente debe mucho a Oriente se le empieza a deber mucho.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.