La guerra de los celulares
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La guerra de los celulares

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La guerra de los celulares

27/05/2019
Actualización 27/05/2019 - 11:19

La semana pasada fue especialmente cruenta debido a una guerra que ya nos afecta e involucra a todos y que define bien las formas en las que nuestro nuevo mundo será posible a partir del balance, que espero se encuentre, entre China y Estados Unidos. Creencias de que el acuerdo estaba cerca, sobresaltos con uso de la violencia, nuevos aranceles y nuevas amenazas que van escalando una tensión que excede a los dos protagonistas y que, como pasó durante la Guerra Fría, de una manera u otra nos involucra a todos. No hay nadie que esté fuera de esta batalla, hoy concretada en el G-5. Una batalla que también se ha centrado en el uso de esos sistemas de comunicación que hoy rigen el destino de nuestras vidas y que se han convertido en nuestra brújula, llamados teléfonos inteligentes.

Oriente ha ganado una posición de ventaja que no solamente se limita o se resume al G-5. Hace más de 35 años Oriente logró convencer a Occidente de que no era necesario seguir trabajando y que ellos por poco dinero podrían trabajar para todos los demás. Eso fue especialmente importante a la hora de ser planteado, resuelto y llevado al éxito en las mayores y más desarrolladas economías del planeta.

Hoy, cuando el presidente Trump, con cierta razón en la política que mantiene contra China, dice y promete volver a trabajar, olvida con frecuencia que el gran problema de su país, como de muchos otros, es que hace mucho tiempo que dejó de trabajar en las industrias que han ido acumulando día a día, dólar a dólar y yuan a yuan, la economía y las posiciones de mercado chinas. Pero mientras tanto y sin pretenderlo va apareciendo una pregunta en el panorama, ¿cómo va a querer Trump mantener la relación con las economías orientales y sobre todo el balance con China?

El déficit comercial es importante, aunque no está motivado de una manera unilateral porque unos estén vendiendo de una manera más agresiva que los otros. Lo está porque las dos economías hace tiempo que, salvo por la tecnología y el dominio financiero, cambiaron de perspectiva. Una recibió una mayor inyección para producir y otra una mayor inyección para especular.

Mientras, México va sufriendo los cambios de la adaptación de su cuarta transformación y está concentrado al noventa por ciento de su tiempo en los debates y en las cuestiones de orden interno. Sin embargo, y mientras el mundo se sigue moviendo, lo que nos espera y lo que nos va a afectar tiene cada día un peso más decisivo.

Nuestro país ha sufrido en algunos momentos los vaivenes de la guerra entre China y Estados Unidos, y ha habido recomendaciones por parte de nuestro vecino del norte sobre qué hacer o qué dejar de hacer en la relación con China. Es evidente que este momento es diferente, es claro que el presidente López Obrador ha elegido llevarse bien, sobre todas las cosas, con el difícil vecino del norte. También es cierto que espera, y ojalá tenga éxito –porque confieso mi escepticismo–, reconvertir el dinero que Trump quiere gastar en hacer muros o en controlar por la fuerza la inmigración ilegal, en una inversión social que ataque directamente al origen de las necesidades de tener que migrar. Es decir, crear puestos de trabajo en sus lugares de origen para tener que ir a buscar cada día menos el Dorado norteamericano.

El acuerdo que pueda llegar a surgir entre China y Estados Unidos nos va a afectar de una manera decisiva. No hay más remedio que recordar las declaraciones del jefe de la Oficina de la Presidencia sobre lo que sucedió durante las negociaciones de los aranceles al acero y al aluminio. En dichas declaraciones se señaló que hubo una recomendación sobre limitar la inversión activa china en nuestro país, lo cual lleva a una gran pregunta, ¿puede México tener una estructura económica que no solamente esté afectada por esa imposición física de ser el vecino de Estados Unidos, sino que pueda prescindir en sus sistemas económicos y comerciales de cualquier relación importante con China? Esa es una gran pregunta que, al día de hoy, la cuarta transformación no tiene que resolver. Pero tarde o temprano y una vez terminada la guerra de los celulares, la guerra de los aranceles y la guerra de las tecnologías, es algo que terminará afectando a nuestro país.

Aunque nosotros tenemos una gran ventaja en todo ese proceso, y es que seguimos siendo un país con capacidad de trabajo. Seguimos siendo un país donde le podemos decir a nuestro pueblo, más allá de lemas de campañas, que para salir de donde estamos no hay más remedio que volver al tajo y hacer la chamba. Hay muchos países occidentales desarrollados a los que desafortunadamente ya no se les puede decir eso porque sencillamente su economía de la asistencia ha desplazado la del esfuerzo y porque la mitad de sus estructuras industriales han ido desapareciendo en este reacomodo del mundo.

Por eso resulta clave saber vivir todos los días con las demandas del monstruo. Al mismo tiempo se necesita construir un escenario donde las consecuencias para nosotros sigan siendo, de momento, únicamente verbales. Pero de igual manera es necesario ir desarrollando una serie de relaciones con una serie de países, no sólo de Oriente, que le den estabilidad, seguridad y, sobre todo, un trato más ecuánime a todos aquellos que tienen negocios o inversiones con nosotros.

El nuevo gobierno español estará listo y en funciones en no más de dos semanas. Espero que para ese momento México ya haya preparado la base de la relación con el que es su segundo inversionista. Un inversionista caracterizado no sólo por la fuerte presencia de sus empresas en nuestro país, sino también por la gran cantidad de dividendos que obtienen y que normalmente son sacados sin ninguna condición, sin reinvertir nada en México.

Este es el momento de hacer un nuevo tratado con las empresas y con los intereses de cualquier país, pero especialmente con España. Las inversiones y los puestos de trabajo que crean son bienvenidos, pero también es necesario encontrar una manera en la que participen en los cambios estructurales que, con más o menos problemas, está implementando la cuarta transformación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.