La realidad se equivoca
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La realidad se equivoca

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La realidad se equivoca

29/04/2019
Actualización 29/04/2019 - 9:59

Toda evolución o revolución son palabras. La misma formación del mundo está hecha sobre las palabras. Primero fue el verbo, dice La Biblia y luego, hágase la luz, aunque muchas veces las palabras son el mejor ambiente para proyectar oscuridad. Estamos en un tiempo político nuevo y a quien no le guste, el aeropuerto está abierto. Quien no sea capaz de aceptarlo, le recomiendo que, como penitencia, todos los días vea a las siete de la mañana y a las siete de la tarde la intervención del presidente.

Quien nos viera desde fuera diría que estamos siendo un país digno de Noam Chomsky, para quien, al igual que la cuarta transformación, el lenguaje lo es todo. La memoria, esa ingrata y terrible compañera, pero a la vez tan necesaria, puede proyectarnos y jugarnos una mala pasada. Sin darnos cuenta nos puede trasladar a los primeros meses del año 2001, desde luego antes del parteaguas y nacimiento del nuevo mundo surgido después del 11 de septiembre. ¿Por qué digo esto? Porque recuerdo muy bien la explosión de ilusión, crucifijo incluido, de la toma de protesta del presidente Fox y el júbilo del pueblo. Aquel día no solamente parecía que íbamos a acabar con la hipocresía de ser ateos por las tardes y fervientes católicos por las noches, sino que sacar al PRI de Los Pinos iba a ser como si fuera una película de Walt Disney, un fin de ensueño.

Entonces no fue el abrazo al crucifijo, sino simplemente la llegada del hombre sin complejos. Entonces se creyó, gracias a una cultura mercadológica, que el ser hijo de la universidad de Coca Cola, sería suficiente para que el país fuera mejor y que las malas mañas y el robo desaparecerían. También recuerdo con claridad cómo la que entonces era directora de Comunicación Social del gobierno federal, y luego señora de Fox en los primeros meses, puso de moda sacar a pasear al presidente cada quince días y dar conferencias de prensa. Dos meses más tarde el modelo estaba completamente quemado. Ahora no es el mismo caso, ya que ni estamos hechos de lo mismo ni venimos de lo mismo. No es lo mismo las minas y el petróleo de Tabasco y los indígenas, que la universidad del marketing de Coca Cola, pero sí encuentro algunos elementos sobre los que respetuosamente quiero llamar la atención para evitar que pase lo que pasó.

Los primeros meses del gran cambio de Fox fueron dialéctica, viajes y signos incomprensibles. Los primeros meses de López Obrador no son viajes o por lo menos ningún viaje que no sea por una emergencia en vuelos nacionales. El presidente no ha ido a divertirse ni a conocer China ni ha ido a Estados Unidos. Y, por lo que parece, la política exterior de su sexenio estará limitada por Tijuana en el norte y en el sur por Tapachula.

Lo que empezó siendo la plasmación dialéctica del triunfo de la ilusión popular terminó siendo un imperio de la nada. Lo peor que se puede decir del sexenio de Vicente Fox es que no existió y que al final sirvió para abrir la puerta a la elección del 2006. Visto con perspectiva, más allá de la guerra contra el narco de Felipe Calderón nuestro país sería muy diferente si en ese entonces López Obrador hubiera ganado por el mínimo de votos y sin una mayoría absoluta como la que tiene ahora.

En pocas palabras, el gobierno de la cuarta transformación y su presidente deben tener –en mi opinión– claro conocimiento de que deben evitar que la dialéctica sustituya a los hechos. No puede ser un gobierno de palabras, sobre todo cuando la realidad diaria se confronta en un grave divorcio entre el México que les gustaría gobernar y el que tienen.

La violencia mexicana está alcanzando hitos de relevancia mundial. Haberlo heredado o ser una consecuencia de dos sexenios equivocados no exime del hecho del horror que significa la forma de vida que estamos teniendo. Para empezar por poderla perder en una esquina por cualquier estupidez. Para continuar, porque el Estado, aunque parezca increíble, no ha sido capaz de empezar a revertir la situación.

Existen ejemplos donde la supremacía de lo verbal frente a lo real puede terminar en algo mortal. El más claro ejemplo de ello es la mortalidad de los datos de la violencia. México tiene muchos problemas que no se pueden resolver en seis meses, pero ojalá en este sexenio se empiece a formular una solución. Desde luego lo que no es posible es sumar un nuevo problema a los ya existentes y olvidar su gran importancia. En nuestro país existen dos tipos de violencia, la de los asesinatos y la de la inseguridad que provoca tener que pensar antes de salir a comer a un restaurante si de postre nos sirven un robo con una pistola en la cabeza. Esto, sin duda alguna, ha provocado que nos hayamos convertido en un país donde la piedad y la conmiseración han desaparecido.

Billones de pesos, ríos de sangre, incontables fosas clandestinas y años después, es necesario que los buenos dejemos de poner las víctimas y que podamos ampararnos bajo la legalidad y defensa del Estado. La sociedad mexicana está profundamente enferma de una violencia suicida que pretende cobrar con sangre inocente la injusticia social que hemos ido implantando a lo largo de los últimos 70 años. Ojalá las buenas intenciones, La Biblia y las mañaneras funcionaran más que la furia, la rabia y la elección suicida de una parte de nuestro pueblo.

Más pronto que tarde habrá que tomar la decisión de cuánta violencia el Estado de la cuarta transformación está dispuesto a ejercer contra los violentos que quieren destruir a todos los Méxicos existentes. Habrá que replantearse esta brutalidad que existe de no diferenciar entre padres, madres ni hijos al matarnos entre nosotros. Porque hay que reconocer que matanzas como la de Minatitlán son, por lo menos, tan terribles y crueles como la de los hutus, en Ruanda.

Si no fue el AFI de Fox será la Guardia Nacional y si esta no lo logra, le tocará a la Marina. Si no es la Marina, le llegará el turno al Plan Mérida y si este falla, tendrá que ser el milagro de los panes y los peces. En realidad, ¿existe un plan para acabar con la violencia con independencia de los cambios constitucionales o de todo orden que quieren establecer?

He visto los uniformes de la Guardia Nacional y me recuerdan a los uniformes del Afrika Korps, cuando Rommel luchaba en la Segunda Guerra Mundial. Aunque es una mezcla entre eso y la Operación Tormenta del Desierto para liberar Kuwait. Vistos los uniformes, las armas y sabiendo que el jefe será un General, quiero saber cuál es el plan a seguir. Porque a Veracruz, o lo seguimos tratando como un estado donde la corrupción y la culpa de los que precedieron a los que están justifica ese grado de bestialidad desenvuelta por las calles, o lo tratamos como un estado en semiguerra civil.

Las palabras son necesarias pero tienen sus límites, los cuales ya hemos alcanzado. El cadáver de un niño de un año con un tiro atravesándole la carótida es un cadáver que nos afecta a todos. Ha habido otros niños y habrá más, pero ante lo que está pasando es necesario instaurar un sistema donde la realidad sea compatible con la declaración. Y donde al final ambas sean capaces de cambiar la realidad tan atormentante que nos rodea. ¿Cuánto tiempo más tendremos que soportar esta incertidumbre diaria de que puede ser hoy o puede ser mañana?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.