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Nada personal

20/05/2019

Todo aquel con un amigo, conocido o con un negocio en Washington, está moviéndose por parte de México para que el milagroso, representativo e icónico T-MEC sea aprobado. Ignoro qué están haciendo los canadienses, aunque realmente su situación es muy diferente. Canadá tiene un factor que puede ser considerado dentro del primer círculo de intereses estadounidenses, que es el hecho de tener una de las mayores reservas de agua potable del planeta. Para México, sin embargo, para los empresarios y para todos los hijos del ayer, el Tratado es clave. Lo es por el volumen de negocio para Estados Unidos y para México, pero, sobre todo, porque nuevamente es la prueba de que localmente se puede hacer cualquier barbaridad, pero internacionalmente lo importante es asegurar el tráfico de bienes y mercancías entre ambos países.

El presidente López Obrador debe saber que la dinámica que va a empezar a partir de aquí no es nada personal. Negociar con Trump es como negociar con un líder sindical, sabiendo que, en cualquier parte del mundo, toda negociación sindical tiene una parte de violencia, de chantaje, de fuerza y, en algunos casos, de mafia. Trump, perdonado de delitos nunca antes perdonados a ningún americano, mucho menos a un presidente, se dispone a cabalgar las anchas praderas de la reelección subido en un caballo llamado “fuerza” y vestido de “América primero”. Y lo hace recordándole a su pueblo que, pese a las crisis y la desubicación, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia y que con la mano derecha puede golpear a China con las tarifas, y con la mano izquierda, tener una víctima casual y disponible llamada México. ¿De verdad ven a Trump peleándose con los demócratas para salvar el Tratado con México?

En la historia siempre se pensó que cuando Hitler hablaba de los judíos, lo hacía como una parte de la campaña. Todo el mundo confiaba en que eso pasaría, porque al final ya se sabe que un político es, desde siempre, un exceso verbal pegado a una época de ceguera colectiva. ¿Supo Hitler las consecuencias de lo que estaba haciendo? Su solución final dice que sí, que realmente desde que escribió Mein Kampf él soñaba con limpiar al mundo de judíos. En verdad, ¿sabe Trump las consecuencias de lo que inicia con la campaña de fomento del odio a los latinos y, sobre todo, hacia los mexicanos? Quiero creer que no. Quiero creer que Trump se ve a sí mismo como ve a los demás políticos, que es bajo la medida de sus éxitos y sin ser tomado demasiado en serio por sus excesos verbales.

Hay algo que nadie le enseñó a Trump y que él desafortunadamente no ha tenido que aprender. Ser presidente de Estados Unidos no es sólo tener el control sobre el botón que lanza los misiles nucleares, ser presidente de Estados Unidos significa ser el guardián de la única experiencia exitosa de democracia en la historia de la humanidad durante 300 años.

Estados Unidos, como todos los países, es imperfecto, pero lo que los salvaba hasta que llegó Trump era que, aunque siempre hubo corrupción, hipocresía y gobernantes que quisieron aprovechar mal el poder, al final el balance institucional era más a favor de las leyes que de los hombres. Es un país que ha tenido dos intentos, pero que nunca ha sido testigo de una destitución presidencial exitosa. El primer intento contra Andrew Johnson no procedió por un solo voto. El segundo, por muchos más votos pero, entre otras cosas, porque no había empezado la campaña #MeToo. ¿Se imaginan lo que sería hoy el proceso de destitución de Clinton por el caso Lewinsky con la campaña #MeToo?

Sin embargo, lo que nunca pensamos es que Estados Unidos estaría gobernado por un hombre que se niega a presentar sus declaraciones de impuestos. Que ese mismo hombre que ha atravesado todas las puertas de las costumbres y de la jurisprudencia americana que no se podían traspasar, además iba a ofender a sus ciudadanos no una, sino dos veces, siendo capaz primero de tener una aventura con una actriz porno y, segundo, enamorándose con una de las conejitas de Playboy. En un país que ha degollado a un tercio de la clase política por asuntos de cintura para abajo, no deja de ser curioso el saber cuál ha sido el fenómeno aplicado para que Trump fuese perdonado de todo.

Cuando uno mira el panorama demócrata, se aterroriza: 22 candidatos, que es como no tener ninguno. Pero, sobre todo, ¿cuál es la oferta demócrata al pueblo estadounidense aparte de “cualquier cosa menos Trump”? En el debate de Estados Unidos, y es importante que el presidente López Obrador lo sepa, la gran batalla no de esta campaña, sino después de esta es que, si las cosas siguen como van, Trump ganará la reelección. La gran batalla será el estigma moral de cómo Estados Unidos se suicidó institucionalmente en estos ocho años.

México ya no tiene ninguna política migratoria propia, tiene aquella que le permiten los vaivenes de Washington. En ese sentido, somos un enemigo tan oportuno y fácil que, además de haber caído en todas las trampas, el problema ya no es que los paisanos salten la barda. El problema es que nos hemos convertido en el rompeolas de la frustración, del odio y de la represión de Estados Unidos hacia Centroamérica. Por eso, el presidente López Obrador debe saber que todo lo que le espera en su relación con Estados Unidos, pero especialmente con Trump, no es nada personal. Es simplemente una exigencia del guion de la campaña de ese personaje; ya veremos si la historia confirma lo de “aberrante”, llamado Donald Trump.

Hasta la fecha, Estados Unidos todavía arrastra la vergüenza de haber separado y conducido a campos de internamiento a todos los japoneses que vivían en su país tras lo sucedido en Pearl Harbor. No sé cómo se valorará el ser un país garante del imperio de la ley y, a la vez, ser capaz de separar a padres de sus hijos, sin mostrar ninguna piedad ni respeto por el origen de su historia.

Estados Unidos es primero el producto de los Padres Fundadores, pero luego también de todos los inmigrantes que llegaron, muchos de ellos ilegales. Presidente López Obrador, lo que le espera a partir de aquí es un calvario político con Donald Trump. La gran suerte que tiene usted es que, como pasa en algunas películas que hablan de la mafia, todo lo que sucederá no será nada personal.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.