Se acabó el pastel
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Se acabó el pastel

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Se acabó el pastel

02/12/2019
Actualización 02/12/2019 - 14:35

Una de las cosas que más me impresionan de la historia reciente de América, de la gesta libertadora y de cuando los habitantes del continente entendieron que mientras hubiera un español no serían libres, es la poca comunicación y solidaridad que existía en América. A pesar de ser víctimas de abusos, asesinatos y de que gran parte del continente compartiera el mismo idioma, durante mucho tiempo América fue un conjunto de mundos cerrados.

En ese entonces, la América de Lima, de Caracas, de México, de Quito y las demás Américas no estaban comunicadas entre sí. Tal vez por eso ahora vivimos bajo este efecto sorpresa en el que no terminamos de saber cómo procesar el peso que tiene la historia en nuestras vidas. Seguimos queriendo ver las favelas en Río de Janeiro sin entender que la misma hambre desesperada y el fracaso del sistema implementado son los mismos elementos que están presentes en la Plaza Tahrir de El Cairo, en Tepito en México, en la plaza Baquedano en Chile o el que se puede ver en La Paz del hasta ahora expresidente Evo Morales. Y todo esto se debe también a la insuficiente estabilidad institucional y económica que hay en cada uno de estos lugares.

Durante muchos años el fallo estuvo en no entender que sólo existe una seguridad y que esta consiste en que, para mantener lo que tenemos, es necesario asegurar que los de abajo tengan algo qué mantener. Si los menos favorecidos sólo cuentan con promesas incumplidas, sueños incansables y hambre histórica, cualquier cosa que nos pase es normal.

Las llamadas fases del desarrollo moderno tienen una fractura fundamental basada sobre que si antes alguien que estaba acostumbrado a comer dos tortillas, lograba comer tres, era considerado como un triunfador. Hoy, las mejoras sobre la vida de las personas nunca serán suficientes, porque son mejoras que llegan tarde a lugares donde nunca pasa nada y sobre todo porque están inspiradas en modelos de Estado insostenibles.

Hubo una época en la que la Sociedad Fabiana y la Revolución Industrial nos hicieron entender que para que la gente produjera mejor, era necesario darles bien de comer, asegurarnos de que no murieran de enfermedad o de frío y protegerlos. En aquel momento, el desarrollo de las comunicaciones y los sentimientos colectivos tuvieron como resultado una sociedad satisfecha y feliz. En la actualidad, toda mejora relacionada con la calidad de vida de las clases sacrificadas y populares son siempre insuficientes, y lo único que provocan es más odio y más ansiedad.

Una vez que una sociedad es sacada de la pobreza y llevada a la clase media baja –como en el caso de Brasil–, lo único que surge es una inconformidad y una exigencia creciente hacia los gobernantes. Esta exigencia consiste en cómo les resolverán su problema de educación, de infraestructura, de transporte, de salud, y sobre en cuánto tiempo se va a aplicar la conectividad social para que su éxito sea multiplicable y para que puedan dejar algo de valor a sus hijos. Se acabó el pastel, ya no hay pastel para repartir.

Ninguna sociedad, ni las que robaron por generaciones a los de abajo ni las que tienen mucho, tienen la capacidad de sostener el crecimiento de la demanda social de lo que significa haber salido de donde se está. Dicho esto, la aspiración de la América de Simón Bolívar era alcanzar la libertad, plasmada sobre todo en ponerle fin al yugo español y en organizarse como países bajo una estructura republicana.

En ese camino por alcanzar la libertad, no se puede olvidar que los opresores de las monarquías nunca se preocuparon por salvar lo que finalmente ha acabado matando a la América que habla español, que es la brecha social. Pero no solamente afectó a la América que habla español, sino también a la que habla portugués, ya que la solución llegó demasiado tarde y sin un efectivo plan de acción.

Los sistemas de representación, los bailes y las revoluciones no sirven. La democracia permite elegir a alguien que te decepcionará y que también te fallará. Alguien que en cuanto la realidad no le convenga, dejará de ser demócrata para pasar a ser autócrata. Pero en cualquier caso, aunque puedas elegir y aunque no te roben lo que ya nadie te puede dar, hay algo que seguirá vigente y que son los niveles de exigencia de desarrollo social que tiene y que han traído consigo los vientos de la libertad.

Estamos bajo un modelo de suma cero. Por mucho que hagamos, nos es imposible satisfacer la legítima aspiración de nuestros pueblos. Ya es tarde, por ejemplo, para acabar con el desfase social en México. Un país con más de ciento veinte millones de habitantes no puede tener más de cincuenta millones por debajo del umbral de la pobreza. Pretendía serlo y ha terminado convirtiéndose en un suicidio que en nuestro país se manifiesta acompañado de un rifle Kalashnikov en la mano y un dicho de la población: prefiero dos años siendo un chingón que veinte años de esclavo.

Contra lo anterior no existe sistema político ni reflexión que pueda luchar, porque la opción es clara, es casi como la imposibilidad de ganar la guerra contra los integristas religiosos. Las guerras se pueden ganar cuando los soldados quieren vivir. Es imposible pretender ganar una guerra donde desde el primer momento lo que ofrece el soldado es su vida. Si no le va a importar perder su vida, ¿con qué le podremos asustar? ¿Qué le podemos quitar si él ya está entregando lo más importante?

Actualmente, el problema va mucho más allá que el robo, que la impunidad y que la ineficiencia del sistema. El problema es que vivimos en un mundo absolutamente comunicado no en la ilusión, no en la apuesta de la evolución por el trabajo, sino en la afrenta permanente que significa el no tener lo que tienen los demás y en evitar preguntarse cuánto les costó para obtenerlo.

Como en todas las grandes crisis de la humanidad, hay que saber que siempre alguien sobrevive y hay que ser conscientes de que no estamos en una situación en la que esta sea una crisis más. Es, en cierto sentido, una catarsis donde todos los planteamientos están llegando a la necesidad de ser readaptados a un momento como el que estamos viviendo. En ese sentido, es fundamental la creación de un nuevo acuerdo social que permita que todo lo que nuestros ojos vean no sea desesperanza, frustración, preocupación y violencia. Al final, tanto las favelas, Tepito, la Plaza de Tahrir y La Paz, todos estos lugares son lo mismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.