El fracaso de la sátira política
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El fracaso de la sátira política

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El fracaso de la sátira política

10/09/2019

La sátira política busca la verdad por medio de la ridiculización y la exageración. El chiste se convierte en un pretexto para desvelar una verdad oculta. La sátira descubre la hipocresía, la ambición, la mentira, la estupidez, los errores y la ignorancia de los políticos y poderosos, de una forma que la discusión seria y el análisis académico no pueden hacerlo.

La sátira llega a más gente, hace transparente lo complejo y desenreda la verdad oculta detrás de la oscura retórica política. El humor político nos aborda con una mejor disposición, desata nuestras defensas, nos libera de la lógica antagónica del debate y ayuda a vernos ante el mundo, desnudos, abrazando nuestras contradicciones y prejuicios.

Parecería que la política y la sátira nacieron juntas. La sátira y el chiste políticos han sido en largos episodios de la historia, y en muchos lugares, la única forma en la que fue posible hablar de los poderosos, expresar indignación y criticar el orden social. El panteón de autores que han utilizado la sátira para hablar del poder y la sociedad es muy amplio y, además, notable: Aristófanes, Voltaire, Benjamin Franklin, Jonathan Swift, George Orwell, sólo por citar a los que recuerdo al vuelo.

En México, El Hijo del Ahuizote acompañó el ambiente social previo a la Revolución mexicana, y más adelante los cómicos de carpa, como Palillo, hacían chistes sobre los poderosos, que muchas veces más que servir de desahogo para el pueblo, se convertían en auténticas denuncias.

La sátira es importante porque, idealmente, busca cambiar las mentes de las personas revelando con el humor una verdad que no es evidente. Desde luego, hay sátira que está vendida al servicio de proyectos políticos, pero en el mejor de los casos, la sátira verdadera trata de desvelar la verdad sin ningún compromiso. Pero la importancia fundamental de la sátira se encierra en el hecho de que es un termómetro del estado de la libertad de expresión. Una sociedad en la que, por cualquier medio o pretexto, se impide la sátira política, no puede considerarse una sociedad libre.

Es un hecho que el presidente López Obrador parece inmune a la sátira política. Ningún político en México ha sido tan criticado, imitado, caricaturizado o convertido en personaje de memes, gifs, stickers, animaciones y todo el catálogo de métodos digitales para hacer chistes, sin que eso haya afectado su nivel de aprobación. Al contrario, lo más probable es que la profusa caricaturización de su persona pública le haya favorecido.

Es posible que el Presidente sea un buen ejemplo de lo que Malcolm Gladwell llama la “paradoja de la sátira”. Esta paradoja se da cuando al tratar de ridiculizar o hacer chistes sobre un político, cada uno interpreta el chiste de acuerdo con sus preferencias políticas previas.

Por ejemplo, cuando se trató de ridiculizar al Presidente hace unas semanas por llevar zapatos polvorientos, sus apoyadores interpretaron los chistes como un homenaje a la sencillez y humildad de López Obrador, que en lugar de presentarse con el decadente oropel de relumbrón y frivolidad de los presidentes catrines del pasado, con sus zapatos lustrosos, él carga en los suyos el polvo de los municipios que ha recorrido, personalmente, para estar cerca del pueblo.

Es posible que la inmunidad del Presidente a la sátira le venga también porque ha logrado crear una especie de 'personaje' que es una versión exagerada, una sátira de sí mismo. Este personaje que se presenta a diario en las reuniones con periodistas que se organizan por la mañana, es un político con un grueso acento tabasqueño que modula de acuerdo con la ocasión, que habla intercalando largos silencios, que es más bien descuidado en su arreglo personal, que usa trajes que le quedan un poco grandes, que es propenso al chiste improvisado, a las afirmaciones disparatadas, a los refranes populares, y a las muletillas y caló provincianos. De esa forma, el Presidente da “machetazo a caballo de espadas”, pues sus críticos se concentran en ridiculizar sus dichos escandalosos, su apariencia y su forma de hablar, en lugar de apuntar a lo que verdaderamente es importante, que son sus decisiones de política pública. Cabe preguntarse si otros políticos como Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, con sus desmedidas afirmaciones, extravagante comportamiento y exótico peinado en el caso de los dos primeros, también han tratado de crear un personaje fácil de parodiar, que ayude a desviar la atención de lo que es verdaderamente importante.

Cuando el propio político se convierte en un personaje de parodia el chiste como instrumento del debate democrático nace muerto, y las posibilidades que tiene la parodia política para filtrar la verdad, decantarla y presentarla a los ciudadanos atravesando un ambiente de confusión mediática, se cancela. Necesitamos una parodia política que desmenuce lo complejo, que tenga valor y que sea arriesgada. Si la parodia política en México sigue distraída con señuelos, si sigue perdiéndose en lo superficial y en el chiste de aplauso fácil, no nos va a poder ayudar a tener una mejor visión de lo que pasa en el país y, en suma, no estará cumpliendo con su función de mostrar la realidad sin máscaras.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.