El falso dilema entre conocimiento y habilidades
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El falso dilema entre conocimiento y habilidades

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El falso dilema entre conocimiento y habilidades

23/10/2019
Actualización 23/10/2019 - 15:34

De un tiempo (ya demasiado largo) a esta fecha, la línea dominante entre los educólogos, así como entre los que toman decisiones sobre educación y política educativa (en buena parte del mundo) es que lo que importa en la educación escolarizada es que los alumnos desarrollen habilidades no que adquieran conocimientos. La idea suena interesante y, en su momento, parecía sensata y muy moderna y atrevida. Desafortunadamente, caló demasiado hondo y hoy tenemos ejércitos de ignorantes con baja o nula capacidad para pensar en serio sobre cualquier cosa.

No a la memorización. No a la repetición tonta y cansada. No a la adquisición de información y conocimiento que cambia continuamente y que puede obtenerse rápida y fácilmente en internet. NO rotundo a todo eso tan antiguo y anticuado de aprenderse nombres, fórmulas, fechas, datos, sucesos ordenados en líneas de tiempo y cosas así. Lo importante, nos han insistido los gurús contemporáneos hasta el cansancio, es que la escuela se concentre en desarrollar en l@s educand@s cosas como la habilidad para identificar la idea central de un texto, la competencia para razonar de forma abstracta, la destreza para ejercer el pensamiento crítico.

Muy bonito, pero ¿si uno no sabe, por citar algunos ejemplos, quién es Mandela, Ana Karenina o Eichmann y por qué importan; dónde queda Estonia; si la 'Nueva Granada' es una fruta y más o menos en qué periodo se concentró el proceso de urbanización en México? ¿Qué tan hondo, crítico, abstracto o sofisticado puede ser lo que uno piensa sobre cualquier tema social? Mucho muy moderno insistir en la centralidad de las habilidades de razonamiento abstracto, crítico y demás, pero si uno no entiende una pregunta tipo “¿Cuál número de los siguientes es el más grande?”, porque no sabe qué significa el término “número” y/o nadie le ha explicado a uno que se entiende por “más grande”, resulta que todo aquello de las habilidades mentales en abstracto se queda en un planteamiento, literalmente, vacío.

Sin información abundante en la memoria de largo plazo propia (no la de la computadora o el internet) no hay manera de hacer preguntas interesantes. No es posible, esto es, formular interrogantes (incluyendo las preguntas que uno pudiera hacerle a Google) que abran la puerta para generar conocimiento relevante, pertinente y nuevo. Tampoco hay forma de imaginar conexiones no triviales entre campos de la realidad o del conocimiento separados. Por citar un ejemplo que conocí recientemente a través de la tesis doctoral de una joven colombiana particularmente brillante: las similitudes entre la estrategia militar de Mao y la amenaza que a las empresas de medios tradicionales le plantean la forma en la que operan las redes sociales. Sin conocimientos fijados en la memoria, no hay manera, tampoco, de pensar de verdad críticamente (es decir, contrastando las verdades recibidas con datos nuevos o diferentes) sobre ningún asunto. En suma, sin conocimiento amplio –acumulado, ordenado y bien fijado– dentro de la cabeza, las habilidades mentales genéricas (reconocer patrones, identificar similitudes y diferencias, ordenar objetos, computar cantidades y operaciones) son como una licuadora sin aguacates; unas aspas potentes que carecen de contenido para moler o triturar y, por tanto, para producir cualquier producto molido.

Por desgracia para millones de estudiantes, la hegemonía de los partidarios de enfatizar habilidades por sobre la adquisición de conocimientos llegó demasiado lejos y hoy tenemos legiones de estudiantes (incluyendo muchos de aquellos/as matriculados en universidades de excelencia) cuyos conocimientos son en extremo escasos. Ello es muy desafortunado, pues tal escasez de información y conocimiento propio le impone límites mayúsculos a la capacidad de esos jóvenes para desarrollar las habilidades mentales que la ortodoxia dominante insiste tienen que ser el centro de la empresa educativa.

La idea hegemónica según la cual tenemos que elegir entre que la escuela imparta conocimientos y desarrolle habilidades es falsa. Es falsa y es perniciosa, pues ambas son clave para formar seres humanos capaces de pensar y hacer cosas significativas con sus cabezas y sus vidas. Las destrezas mentales llegan hasta donde da el cúmulo de información y conocimiento contenido en el disco duro de los sujetos. Sin atención explícita al desarrollo de habilidades analíticas, por otra parte, el énfasis en privilegiar la adquisición mecánica de conocimiento deviene pura repetición de lo conocido y, en el extremo, dogma.

No hay 'inteligencia' entendida como capacidad de cómputo en abstracto. Para desarrollarse, la habilidad para pensar requiere conocimiento. Habilidad intelectual y conocimientos son, ambos, centrales y se requieren recíprocamente para hacer posibles mentes libres, creativas y potentes. En suma, urge dejar de separar conocimientos y habilidades, y enfatizar la importancia de que la escuela imparta, también y centralmente, conocimientos y se ocupe de enseñarle a los estudiantes cómo hacerlos propios.

Para los interesados en este tema, recomiendo dos libros muy buenos: E.D. Hirsch, Why Knowledge Matters: Rescuing Our Children from Failed Educational Theories y Daisy Christodoulou, Seven Myths About Education.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.