Economía Política

Antipolítica global: el ascenso de los ultras

En la democracia se reconoce el pluralismo. Los autoritarios lo niegan y, si pueden, lo asfixian. Para ellos solo puede haber una fuerza política con legitimidad; los demás sobran.

Elon Musk exhibe la motosierra que le obsequió Javier Milei: se apresta a talar instituciones y servidores públicos. En la Conferencia de Acción Política Conservadora, oradores provenientes de distintas latitudes repiten el saludo nazi como gesto de pertenencia a la nueva ultraderecha global. Tal sello de identidad revela que, más que una ideología, lo que une a los participantes es su adhesión al totalitarismo.

¿Cómo distinguir entre demócratas y autócratas? Veamos cinco diferencias clave y dónde se ubican los ultras.

Uno. En democracia es legítimo disentir. Quien discrepa tiene derechos: de expresión, de reunión, de manifestación, y no debe ser perseguido por ejercerlos. En el autoritarismo, quien no se alinea al poderoso es un traidor. El gobernante autoritario no dialoga ni reconoce a la oposición, sino que insulta y estigmatiza al que opina distinto, al diferente, al inmigrante. Javier Milei llama a sus críticos “zurdos de mierda”, literalmente. Así, quien defiende la educación y la salud públicas no es un ciudadano ejerciendo derechos, sino un vil comunista. (La etiqueta de comunista se usa como una diana para atacar sin miramiento, cuando en democracia se garantiza la libertad de creencia y de militancia, siempre que se haga dentro de la ley). Los ultras hacen suya la lógica de amigo-enemigo: estás conmigo o contra mí; la del nazismo.

Dos. En democracia se reconoce el pluralismo. Los autoritarios lo niegan y, si pueden, lo asfixian. Para ellos solo puede haber una fuerza política con legitimidad; los demás sobran. Su gobierno, su partido o movimiento, es el único que representa a la nación, al pueblo. Son conspiranoicos: ven en toda disidencia, en cada opinión distinta, en cada iniciativa que no surja de ellos mismos, una conspiración que es preciso denunciar y perseguir. La prensa libre, el movimiento feminista y la agenda medioambiental representan intereses aviesos. Debe imperar el pensamiento único, el que dicte el gobierno.

Tres. En democracia, los gobernantes se sujetan a la ley y no la ley se sujeta a sus caprichos. En el autoritarismo es al revés. Trump sentencia: “quien salva a la patria no viola ninguna ley”. Ya que él decide cómo salvar a la patria, todos sus actos están revestidos de legalidad y legitimidad.

Cuatro. Un gobierno democrático siempre es acotado. Tiene límites, está sujeto al control de otros poderes. Los gobernantes autoritarios no reconocen más legitimidad que la suya, que proviene de su elección (la cual solo reconocen si ganan o denuncian fraude). Atacan a los jueces y al control parlamentario cuando no poseen la mayoría absoluta. Sobran el Poder Judicial y el Legislativo independientes; les estorba la división de poderes.

Cinco. En democracia hay un pacto político fundamental, la Constitución. Ningún gobernante la puede ignorar ni alterar por sí mismo. Pero los autoritarios prefieren gobernar por decreto, saltándose a las instituciones de intermediación con la sociedad. Por eso se aprestan a reducir y desfigurar el aparato estatal. Atacan de inútiles y onerosas a las instituciones que están en la base de la división de poderes, a las que garantizan los derechos básicos. Ven a los servidores públicos con experiencia y conocimiento como parásitos enquistados a los cuales es preciso extirpar. Impulsan despidos masivos para recortar gasto, sin diagnóstico, sin evaluación; bastan sus prejuicios. Son reacios a la transparencia, a la rendición de cuentas. Designan en altos cargos no a expertos, sino a leales tan improvisados como enajenados. Desaparecen o dejan sin presupuesto a instituciones garantes de derechos. Al atentar contra instituciones clave del Estado, socavan el contrato social.

El autoritarismo, bien se sabe, no es patrimonio de la derecha extrema. También hay autoritarismos de izquierda, con las mismas aversiones: a los derechos de las minorías, al disenso, al pluralismo, al control de legalidad, a la independencia y división de poderes, al poder limitado. Unos —en nombre del absolutismo de la libertad— y otros —con la bandera de la igualdad— ejercen el poder de forma arbitraria y discrecional. Cercenan a la democracia y los derechos que ampara.

La construcción de las democracias constitucionales, por ejemplo en Europa, ha sido obra de democristianos y socialdemócratas. En estos tiempos convulsos, la diferencia básica en política no está entre derechas e izquierdas: es la del consenso democrático frente a la ola totalitaria.

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