Evo y los militares
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Evo y los militares

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Evo y los militares

21/11/2019
Actualización 21/11/2019 - 11:21

*Sergio Muñoz Bata

La pregunta clave del derrocamiento de Evo es: ¿Cuándo un dictador se aferra al poder deben los militares unirse al reclamo popular?

Construyendo una farsa descomunal, Evo Morales quiere hacernos creer que su destitución a la presidencia de Bolivia es una afrenta a la democracia cuando en realidad, Evo ha construido su carrera política violando los principios básicos del sistema democrático.

En 2006, asume la presidencia por primera vez y de inmediato maniobra para modificar la Constitución y permitir su reelección una vez. En 2009 se postula a la presidencia otra vez y la gana en lo que debería haber sido su último mandato pero en 2014, utilizando toda clase de triquiñuelas políticas se presenta a la elección y se reelige otra vez. En 2016, convoca a un referendo buscando su reelección indefinida y al perderlo apela al Tribunal Supremo (la mitad de los miembros de este tribunal eran empleados del gobierno) y este, ignorando la voluntad popular, lo habilita para una cuarta reelección.

Después de la elección de 2019, el informe de la OEA señala que hubo tantas irregularidades y contradicciones que habría que repetir la elección. En principio Evo se niega a aceptar el informe de la OEA pero la presión popular y la intervención de los militares finalmente le obligan a renunciar. Una renuncia que hoy, desde el exilio, pretende invalidar.

Es cierto que sin la intervención de las fuerzas armadas Evo no habría renunciado pero tampoco debemos olvidar que una buena parte de la sociedad, incluyendo a antiguos aliados de Evo, exigía su renuncia. no sólo por el fraude de la última elección, sino por el expediente de maniobras antidemocráticas para mantenerse en el poder.

Por otro lado, reconozco que la intervención militar en temas de política me causa un profundo desasosiego y me obliga a preguntarme: Cuando un dictador se aferra al poder, ¿deben los militares unirse al reclamo popular y derrocarlo, como sucedió por ejemplo en Portugal durante la Revolución de los Claveles, de 1974?

Para Charles Shapiro, ex embajador de Estados Unidos en Venezuela y profundo conocedor de las realidades latinoamericanas, “el tema es muy delicado especialmente por la historia de las intervenciones militares en Latinoamérica. Por eso es importante y preferible que la OEA se involucre.”

La opinión de Peter Hakim, presidente emérito del Diálogo Interamericano, el “think-tank” de mayor prestigio en Washington sobre temas del continente americano, es semejante a la de Shapiro aunque más enfática. “Si hay algo que hemos aprendido sobre la democracia es que los militares no deben intervenir en la política. En América Latina los gobiernos militares han socavado a las instituciones democráticas, casi siempre han sido brutales y represivos, y generalmente se resisten a dejar el poder. Quizá en Venezuela, donde los militares ayudan a mantener la dictadura y así prolongan la brutal crisis humanitaria del país no haya otra alternativa para obligar al dictador a que se haga a un lado pero el riesgo es alto y puede alterar la paz y la seguridad.”

En un punto en el que coincidimos Shapiro, Hakim y yo es en la desconfianza que nos provocan los nuevos dirigentes de Bolivia. A Hakim le preocupan las amenazas, los insultos a los indígenas, la violenta respuesta a los que protestan; a Shapiro los intentos de Jeanine Áñez de fijar políticas a futuro. Para él, el mandato de Áñez es llamar a elecciones y punto. A mi me preocupa su inexperiencia, su conservadurismo, su tono religioso y su actitud excluyente. Pero también me preocupa la actitud intransigente del partido de Evo, el MAS, que sigue teniendo mayoría en el Congreso y se resiste a abandonar a su líder y a cooperar a la transición democrática.

Bolivia está partida en dos y el deber de todos los bolivianos es llegar a acuerdos, aceptar realidades y reconciliar a la gente, no ahondar la división.

*Escribe para Los Ángeles Times desde 1977. Fue director editorial del diario La Opinión de Los Ángeles, California, y es comentarista en la radio y la televisión de México, Estados Unidos y Canadá.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.