'Apollo 11': ¿cómo llegamos a la Luna?
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'Apollo 11': ¿cómo llegamos a la Luna?

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'Apollo 11': ¿cómo llegamos a la Luna?

19/07/2019
Actualización 19/07/2019 - 15:38

Apollo 11 narra –o más bien muestra– cómo fue la misión de la epónima aeronave, la llegada a la Luna de Buzz Aldrin y Neil Armstrong y su regreso a la Tierra. La cinta de Todd Douglas Miller es difícil de clasificar: se trata de un documento histórico, un viaje nostálgico y un documental sui géneris. A lo largo de la hora y media de duración de la película, Douglas Miller parece valerse solo de grabaciones originales: Walter Cronkite hablando en televisión, los astronautas comunicándose con la Tierra, lo que grabó la nave durante el viaje y lo que capturaron diversas cámaras desde Florida.

Apollo 11 es un ejercicio osado, que a veces asombra y en otros momentos me dejó frío, intentando discernir su valía, más allá de concatenar material inédito en un documental que, para imprimir suspenso, depende de música que no desencajaría en el tráiler de una película de Schwarzenegger. Hay imágenes –trances, quizá– que valen el boleto: los rostros de miles de testigos alrededor de Cabo Cañaveral esperando el despegue; el cohete subiendo hacia el espacio exterior; la llegada de Armstrong y Aldrin a la Luna; la Tierra vista por una ventanilla desde el espacio. Lo que vemos se percibe editado y condensado, pero la autenticidad del material sirve y servirá para callar al que ponga en duda la veracidad de la misión. En sus mejores momentos, Apollo 11 es un viaje en el tiempo, a un momento histórico. No faltará quien la vea como testimonio de una época más sencilla, en la que un país entero podía unirse para presenciar un solo evento, pero esa lectura simplifica el ímpetu detrás de la era de la exploración espacial y a la nación que puso al hombre en la Luna.

A pesar de instantes asombrosos, Apollo 11 rara vez me atrapó o me pareció un documento cuyo peso narrativo rebasara la experiencia sensorial que ofrece. La película bien podría ser una instalación en un museo. Su naturaleza inconexa e impresionista nos impide vincularnos ya no digamos con un personaje sino con la misión misma. El resultado deleita la pupila, y poco más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.