La cultura de la extorsión en Centroamérica: un escenario cercano
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

La cultura de la extorsión en Centroamérica: un escenario cercano

COMPARTIR

···
menu-trigger

La cultura de la extorsión en Centroamérica: un escenario cercano

15/07/2019
Actualización 15/07/2019 - 15:18

La situación de inseguridad en México parece catastrófica. Sin embargo, al sur de la frontera se vive una crisis más severa de violencia. Las instituciones también son más débiles que en nuestro país. Hace unos días, Guillermo Vázquez, investigador en The Global Initiative against Organized Crime, me compartió el estudio 'Una cultura criminal: extorsión en Centroamérica'. El estudio, recién publicado, se trata de uno de los esfuerzos mejor documentados por entender los factores que han hecho del Triángulo Norte (formado por El Salvador, Guatemala y Honduras) una de las regiones más violentas del globo. Es también un retrato de fenómenos delictivos que a los mexicanos nos resultan familiares. Describo a continuación cuatro lecciones de la experiencia centroamericana que considero particularmente relevantes para México:

Primera lección. Los grupos criminales más peligrosos no surgen por el mero hecho de que haya pobreza. Por el contrario, estos grupos suelen germinar a partir de pequeños nichos sociales en los que hay experiencia en el uso de la violencia colectiva. En los países del Triángulo Norte, los grupos que generan más daño –las infames maras– tienen su origen en la deportación de exconvictos que el gobierno de Estados Unidos instauró en la década de los noventa. Aunque había antecedentes de violencia armada en la región, la situación de crisis que se vive actualmente sería incomprensible sin estas deportaciones que llevaron de golpe a la región a cientos de hombres que tenían experiencia delictiva y que ya estaban organizados en pandillas.

Segunda lección. Apostarle al uso masivo de la coerción y de la cárcel, cuando las instituciones son débiles, sólo empeora las cosas. Ante las deportaciones de exconvictos y el surgimiento de pandillas, los gobiernos centroamericanos reaccionaron de la peor forma posible: con una política mal entendida de 'mano dura'. La mano dura esencialmente consistió en el encarcelamiento a diestra y siniestra de pandilleros. En los primeros años de este siglo Guatemala triplicó su población penal; El Salvador la cuadruplicó (actualmente El Salvador tiene más de 600 internos por cada 100 mil habitantes y tiene la segunda tasa de encarcelamiento más alta del mundo, sólo por debajo de Estados Unidos). Sin embargo, en países con sistemas judiciales y penales débiles, estar en prisión sale muy caro. Nada en un juicio se mueve sin dinero. Sin dinero, la vida en prisión es inhumana. Por lo tanto, tras los arrestos en masa, las pandillas se vieron orilladas a generar más ingresos y a generarlos de forma regular. Las pandillas se transformaron en empresas criminales y las prisiones se convirtieron en las instalaciones corporativas de esas empresas.

Tercera lección. La extorsión es el negocio criminal con mayor potencial de crecimiento. En México pensamos mucho en narcotráfico y, más recientemente, en robo de combustible. En el Triángulo del Norte, en contraste, el gran negocio es el cobro de cuota o 'de renta', como se dice en El Salvador. El secreto de las pandillas ha sido escalar las operaciones y así transformar una actividad artesanal en una industria eficiente. Se extorsiona lo mismo a los pequeños productores agrícolas que a las empresas trasnacionales. Siempre que se puede se tira alto: las maras evitan perder el tiempo con pequeños cobros a operadores. Mejor amenazan directamente a los altos directivos de las empresas.

Cuarta lección. Incluso ahí, donde las instituciones del Estado no parecen funcionar, hay algunas alternativas; sin embargo, no son alternativas agradables. Por una parte, para los sectores con más recursos, la seguridad privada ha sido la tabla de salvación. Las compañías de seguridad privada operan con un enorme margen de discrecionalidad, contratan a exmilitares y usan equipo militar. Estas compañías parecen ser el único actor que mantiene cierta capacidad para poner límites a las maras.

Por otra parte, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele (lo recordarán por el puñetazo que AMLO accidentalmente le propinó durante un evento en Tapachula), lanzó una estrategia audaz para frenar la violencia criminal. El pasado 28 de junio, el mandatario decretó un draconiano estado de emergencia en las cárceles de su país. Se cortaron prácticamente todas las comunicaciones entre el interior y el exterior de los penales, se suspendieron las visitas familiares y los internos no pueden salir de sus celdas. Bukele dice que el estado de emergencia se mantendrá hasta que las pandillas dejen de matar gente. Se trata, por supuesto, de una medida desesperada y de legalidad cuestionable. Sin embargo, es también una iniciativa popular en un país donde gran parte de la población paga 'renta' a organizaciones que operan desde los penales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.