La UNAM, autognosis y autocrítica
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La UNAM, autognosis y autocrítica

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La UNAM, autognosis y autocrítica

12/11/2019

Uno. Cada elección de la Rectoría de la UNAM, se da en un contexto particular, de la propia casa de estudios, de la ciudad y de la nación. Me cumple dar fe, de las ocurridas desde la de Guillermo Soberón (a cuyo equipo me incorporo), sucesor de Pablo González Casanova en aquel convulso 1973, hasta la segunda vuelta de Enrique Graue.

Dos. En 1966, mi postrer año de licenciatura, asistí a la caída, oprobiosa,del cardiólogo humanista Ignacio Chávez; “mano negra”del entonces Ejecutivo Federal, Díaz Ordaz, orquestada en mi entonces Facultad, la de Derecho (maestría y doctorado los realizaré más adelante en la Facultad de Filosofía y Letras, y mi espacio de investigación será el Instituto de Investigaciones Filológicas, no sin profesar lustros en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales).

Tres. Maniobra, la del 66, que paradójicamente aparejara la expulsión del PRI (más que Partido de Estado, Politburó incapaz de gladnost); espacio que ocuparan fuerzas que se aglutinan en lo que llamamos “izquierda”. Para quedarse. 1966: antecedente del Movimiento Estudiantil de 1968 que, a mi juicio, terminará por soslayar el profundo objetivo de la “contestación” que atravesó Occidente: revolucionar la vida.

Cuatro. Quizá (se trata de un parecer), para el del conocimiento del particular contexto de la UNAM, transcurrido el proceso electivo, auxilie la inclusión de la propia UNAM en el reparto de condiciones y problemas nacionales, a los que le corresponde, histórica y legalmente, atender.

Cinco. De las múltiples acepciones que brinda el DRAE, se imponen, a mi juicio, para “condiciones”, la de “circunstancias que afectan a un proceso”; y, para “problemas”, la de “cuestión que se trata de aclarar”. Lo de nación, nacional, cae por su propio peso. Aunque nacida porfírica, a la Universidad Nacional la adopta como suya la Revolución.

Seis. Setenta y cuatro, setenta y cinco años, han transcurrido desde la irrupción de su actual Ley Orgánica, que fijó y depuró rasgos adquiridos en 1910 (que a través de la ENAL incorporó la investigación y el posgrado), 1914 (fin del Positivismo), 1929 (autonomía condicionada), 1933 (autonomía plena); la reconoció como organismo desconcentrado del Estado, pero sujeto de obligado subsidio (sin eliminar, entre los derechos patrimoniales, las cuotas); subrayó indisoluble la triple misión de docencia, investigación y difusión; y creó la Junta de Gobierno.

Siete. Largo periodo, el referido. Marcado por la sindicalización laboral; la forzada entrada del presidente Echeverría, transmitida por Radio UNAM (me tocó coordinarla); el rango constitucional de la autonomía; el documento sobre fortalezas y debilidades de la UNAM (en cuya formulación participé); dos graves conflictos estudiantiles (1987 y 1999; este último “long play”, auto invasión que deriva en invasión franca, ante la indiferencia de los gobiernos local y federal); una negociación con el segundo CEU transmitida radiofónicamente (también ahí anduve); y una expansión nacional e internacional.

Ocho. Excelente punto de partida, de la inclusión de la propia UNAM, en el repertorio de “condiciones y problemas nacionales”, autognosis y autocrítica, lo proponen los planes de trabajo de los tres últimos contendientes, la no muy abundante (dado el tamaño) participación de la comunidad en el proceso de auscultación; y el resumen de los criterios tomados en cuenta por la Junta de Gobierno para su resolución final.

Nueve. Lo anterior por lo que hace al contexto intramuros. ¿Y el capitalino? ¿Y el federal? ¿Una capital de la República en la que especulación inmobiliaria y mancha delincuente se expande como la humedad? ¿Un gobierno federal que lanza el proyecto de cien universidades, de inevitable connotación Nacional, en la que se elimina el examen de admisión y nada asegura que a la docencia se adunen investigación y difusión?

Diez. De tales asuntos, se ocuparía justamente el ingreso de la UNAM en el repertorio de “condiciones y problemas nacionales”. Asuntos apremiantes entre otros muchos.

Once. Yo, por ahora, me limito a traer a cuento, entre las recomendaciones lectoras para la próximas vacaciones decembrinas, el libro La Universidad, de Pedro Henríquez Ureña, que con la colaboración del archivo de El Colegio de México, editara yo (edición crítica), en 2010, dentro del Seminario de Investigación sobre Historia y Memoria Nacionales, y como parte del programa editorial del primer centenario de la UNAM.

Doce. En su origen, tesis para optar por la licenciatura en derecho, La Universidad inaugura la no muy abundante bibliografía sobre la institución. Brillante como lo fue, el dominicano trasladado a México en 1906, juzga a nuestra Universidad “república aristocrática”, expresiva de las voz de los mejores pero con la representación de todos; patria ideal de la convulsa patria real. Don Pedro Henríquez Ureña, cuyo busto de base grafiteada suelo visitar; su mirada, de expresión preocupada, en dirección de la entrada Copilco de Ciudad Universitaria.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.