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Para vacacionar leyendo (o viceversa)

13/11/2019

Uno. Nuestra memoria intelectual es flaca. A lo que se añade el verdadero diluvio de noticias que, en batiburrillo, y con la fuente presidencial como principal surtidero (que si sabía o no del operativo fiasco en Culiacán, que si encarna a Cristo, que si otea un golpe de Estado), distrae nuestra atención. En este y subsecuente artículos me permitiré recomendar lecturas vacacionales (la de este fin de año), libros pasados o presentes, que, a fe mía, auxilian a remediar nuestra capacidad de olvido.

Dos. Empiezo con dos clásicos de la pluma de don Jesús Silva Herzog. Su Breve Historia de la Revolución Mexicana, que en 1960, en dos tomitos, y con motivo del cincuentenario de la Revolución Mexicana, le publicara el Fondo de Cultura Económica. Trabajo histórico periodístico, documentalista e interpretativo de altos quilates (joven reportero, asistió a la Soberana Convención de Aguascalientes). Se adolece, por supuesto, la inevitable ausencia del periodo que siguió al de la posrevolución, y que arranca en 1968 (no sin antecedentes): de la Desinstauración de la Revolución Mexicana.

Tres. El otro libro, mismo que centra mi atención, apareció en 1974, y lleva por título Una historia de la Universidad de México y sus problemas (sigloveintiuno editores). Implacable su índice: “La primera Universidad de América”, “La Universidad Nacional de México”, “Antecedentes autonómicos y la ley del 10 de julio de 1929”, “La ley Bassols y la plena autonomía universitaria”, “La ley orgánica vigente”, “Una paz cuasi octaviana. 1948-1966”, “El agitado periodo del rector Barros Sierra”, y “Algunos problemas y posibles soluciones”.

Cuatro. El repaso de los principales episodios universitarios a partir de que en 1910 la funda el porfiriato y, en 1921, la adopta la Revolución Mexicana (apartado cultural), resulta imprescindible como síntesis de la institución. En lo personal, confirma no pocas tesis.

Cinco. Se trata de un organismo sin sosiego, cambiante; se cuenta entre las hazañas de la libertad; apuesta a una alianza indisoluble de docencia, investigación y extensión (digo extensión para separarla de difusión, de acento intramuros); dueña de un orden jurídico pero asimismo de un orden ético; obligada por todo lo anterior a la autocrítica (momento luminoso de la autonomía), a la reconfiguración, a la innovación constante, sin perder de vista su esencia: las condiciones y problemas nacionales. Navegación, ya venturosa o tormentosa, ora en calma chicha, pero siempre entre Escila Y Caridbis. En resumen: sobrepoblación relativa (dado su tamaño), conformismo, burocratización, clientelismo de todo orden, desconexión con el bachillerato. Y desinterés creciente por la historia propia.

Seis. De particular interés me resultaron, por la mediata proximidad histórica, los capítulos seis, siete y ocho. Respectivamente, el de aquellos años 60, en que estudié con provecho la licenciatura jurídica; CU a unos cuantos años de inaugurada, y la Ciudad de México en plena Revuelta Cultural; el del rectorado de Javier Barros Sierra, con quien don Jesús guardara estrecha relación; y el que sirve al economista e historiador, historiador economista, para el repaso del suceder mundial, norteamericano, latinoamericano y mexicano a partir del desenlace de la Segunda Guerra Mundial, preámbulo de la Guerra Fría.

Siete. Desfilan conflictos internacionales y regionales, mandatarios de todos los pelajes, retrocesos humanistas y avances tecnológicos, la CIA “gobierno invisible” obsesionada por el anticomunismo, la incapacidad del PRI-SISTEMA en 1965 de reconfigurarse (y por el camino ahorrarse a la Corriente Crítica, al PRD y a Morena), la ristra de presidentes mexicanos que alzaron un “neoporfirismo” que ahonda la distancia (ya abisal) entre el elitista México pudiente y el masivo México miserable.

Ocho. El crítico social se esmera en el estilo personal de gobernar del presidente Echeverría, que, sin embargo, contaminará a su gabinete. Hablar sin parar y sin ton ni son (fenómeno diverso al actual, en el que en esencia sólo el máximo mandatario habla a todas horas).

Nueve. En su historia universitaria, el autor hace gala de su sostenida ideología socialista, particular, mezcla de libertad de pensamiento, democracia, humanismo y socialización de los medios de producción.

Diez. Con justeza, la Ley Orgánica de la UNAM (1945) sale bien librada. Ley moderna, de avanzada (en los 40 y hoy mismo), cuya actualización plena depende del momento, los personajes implicados, el proyecto de institución (cuando lo hay) en juego. Recuerdo que a las críticas de un personaje del 68, que le reprochaba ya estar vieja, respondí en este espacio, con un ¡ABRACADABRANTE!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.