La corrupción presidencial
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La corrupción presidencial

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La corrupción presidencial

11/02/2019
Actualización 11/02/2019 - 14:08

No hemos entendido –necios que somos– que el país cambió el 1 de julio. Nuevas reglas rigen la vida pública. Es preciso conocerlas y adoptarlas para que no nos lleve el tren de la historia. La cuarta transformación ya está en marcha.

(Lo más seguro es que la Constitución Moral incluya en su articulado las nuevas reglas. Por lo pronto, consigno aquí algunos apuntes que pueden ahorrar trabajo a los Padres Fundadores de nuestra patria).

Lo importante no es luchar contra la corrupción –barriéndola de arriba hacia abajo–, sino decir que se combate a la corrupción.

Designar a un funcionario sin experiencia alguna en el área que dirigirá no es un acto de corrupción, si además es un viejo amigo y paisano, mucho mejor.

Establece el presidente una fecha fatal (el 30 de enero) y amenaza: “El que no cumpla con su 3de3 saldrá de mi gobierno”. Si algunos superdelegados incumplen, los perdona porque no saben lo que hacen.

Ruge en las plazas: “No se tolerará la corrupción”. Si luego aparecen videos de personas haciendo filas en los bancos para realizar misteriosos depósitos a la cuenta del fideicomiso de las víctimas del temblor, haz como que te habla la Virgen.

Afirma categórico que respetas a la prensa y enseguida insúltala: en los nuevos tiempos eso no se considera una agresión a la libertad de expresión.

No es corrupción hacer exactamente lo contrario de lo que prometiste en campaña: “Sacaré al Ejército de las calles” (realidad: incrementas su presencia); “se mantendrán las estancias infantiles” (realidad: alientas su desaparición, promueves que sean los abuelos los que se hagan cargo de los niños).

No es corrupción mentir sistemáticamente en las conferencias de prensa matutinas: falsear datos, negar la realidad (“miente el Wall Street Journal”), cantinflear, contradecirse.

Definitivamente no es corrupción ni negligencia que, luego de la espantosa muerte de 130 personas quemadas, no exista un solo responsable detenido.

No es un acto corrupto cancelar la construcción de un aeropuerto internacional y ordenar la construcción de una inútil refinería para beneficiar a tu estado natal.

No es un acto corrupto querer imponer a la esposa de tu constructor favorito como ministra de la Suprema Corte de Justicia.

No es corrupción, sino algo Justo y Noble, agredir con amenazas salariales y recortes de presupuesto a las instancias autónomas y reguladoras que podrían limitar tu ejercicio pleno de gobierno.

No es corrupción, sino Sabiduría, gobernar con base en ocurrencias, sin estudios que respalden tus decisiones.

Definitivamente no es corrupción, sino un acto de Justicia, promover un cambio de leyes para que pueda asumir el cargo como director de la editorial más importante del Estado tu amigo cercano y el encargado de tu propaganda.

No es corrupción correr de su puesto a uno de los más prestigiados promotores de la lectura en México por órdenes del sinodal del examen profesional de tu esposa.

Desde luego que no es corrupción imponer oficialmente el deporte favorito del presidente en todas las escuelas. Celebremos que no haya sido el canotaje, por las dificultades que ello habría acarreado.

Nombrar titular de la Sedatu al hijo de quien ha sido durante años uno de los mayores panegiristas del presidente (Lorenzo Meyer), secretaria del Trabajo a la hija de una de las colaboradoras (Bertha Lujan) históricas del primer mandatario y secretaria de la Función Pública a la esposa de uno de los más fanatizados (John Ackerman) miembros de Morena, no son, por supuesto, actos corruptos, aunque mucho lo parezcan.

No es un acto corrupto, sino un reconocimiento a su exigua carrera profesional, el nombramiento de la esposa de nuestro presidente como titular del Consejo Honorario de la Coordinación Nacional de la Memoria Histórica y Cultural de México, cuyo objetivo será compilar en una plataforma digital todos los archivos del país generados a lo largo de la historia.

Ordenar el cierre de ductos, comprar sin licitación alguna centenares de pipas en Estados Unidos cuando se pudieron comprar en México (pipas que tenían que haber llegado al país el pasado 30 de enero y que no sabe dónde están), no es, de ninguna manera, un acto corrupto. Ya nuestro presidente nos señaló qué pensar respecto a ese espinoso asunto: “No licitamos porque no tenemos problemas de conciencia, porque no somos corruptos”.

Habrá aquellos para quienes estas nuevas normas de conducta, que claramente nos indican qué es y qué no es corrupción bajo la cuarta transformación, pueden parecerles laxas desde una perspectiva legal. Pero, como siempre, el presidente ya zanjó esta duda. Respecto a Felipe Calderón y su puesto en Iberdrola, afirmó que “si no es ilegal, es inmoral”.

Los actos arriba referidos, con los cuales habrá de regirse desde ahora la administración pública, no son ilegales sino inmorales. Peor aún, son, para decirlo también con la nueva terminología presidencial, “pecados sociales”, que dejan de serlo desde el momento en que el presidente los practica. Así sea.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.