¿Información es poder? No, puede ser mucho más útil
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¿Información es poder? No, puede ser mucho más útil

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¿Información es poder? No, puede ser mucho más útil

30/06/2020

El autor es Comisionado Presidente del INAI

“Información es poder” frase que se atribuye a Hobbes en El Leviatán. Aunque Francis Bacon habría escrito antes: “la información es conocimiento”. El segundo un concepto más fino y humanista.

A pesar de la cultura cívica que hemos aprendido, todavía hablar de información conectada con el gobierno nos aproxima a la idea de algo peligroso, que es mejor no buscar abiertamente y menos aún exigirla, eso sería suicida. Y no ha dejado de ser así totalmente.

La idea democrática de la información pública es absolutamente opuesta al trofeo siniestro de la información mal habida con que se han llenado los sótanos del poder clásico.

La información es pública. Suena triunfal, bueno toda aquella que se refiere al Estado y sus deberes para asegurar las ansiadas promesas de seguridad pública, de salubridad general, —bienes tan escasos en estos tiempos de Covid19—, y de los demás e innumerables servicios públicos.

Así —en automático—, debería de ser tan accesible y evidente como la luna o el sol, si no hay nubes, o tan impactante como ver la calle desde una amplia ventana. Así, la información de la calle será tan agradable como tan triste o repulsiva (lo bello y lo crudo que puede ser el paisaje urbano en movimiento).

En fin, la información es indispensable, pero no toda versa sobre cosas bellas y buenas, refiere problemas, injusticias, dolor, crímenes, resultados optimistas, proyectos inviables, fracasos gubernamentales, etcétera. Y eso serviría o puede servir para ser una mejor ciudadanía y si se orquesta, si se programa por objetivos puede llegar a efectuar “controles sociales” en zonas de la geografía y en los servicios públicos en los que haya deficiencias o dirigirse a los puntos de gobierno ejemplar para reconocer el deber cumplido. Eso es hacer Estado, participar oportunamente. Una asignatura que estamos lejos de aprobar.

Desde la perspectiva democrática, ¿la información se vuelve un indicador para medir la condición de una ciudadanía activa? Sí. Puede cifrarse en el uso y aprovechamiento que, de información pública, de mayor y de menor grado de dificultad, es capaz de conseguir cada persona.

Sin embargo, no basta con la tarea ciudadana de rastrear información en los sitios o portales institucionales de las dependencias e instituciones públicas, sino en qué consecuencias se suscitan como resultado de esa tarea de autogestión informativa.

Si el proceder gubernativo fuera abierto en automático y, como señala la Ley, pusiera todo cuanto hace y gestiona de manera puntual y ordenada, acaso, no habría necesidad de contar con los procedimientos y hasta sanciones para los funcionarios remisos.

En la crisis sanitaria por Covid-19 que vivimos, hemos sido desinformados en un mar de información que no ha seguido una lógica informativa y que ha propiciado desconfianza ciudadana.

No. La información no siempre es la fuente del control injusto con el que el gobierno atrapa o chantajea o aplasta la dignidad de sus críticos o malquerientes, empresarios exitosos, famosos, y hasta de sus propios integrantes. En México lo fue durante la trama larga y vergonzosa de la “guerra sucia” (espionaje de Estado con fines de represión o cooptación).

En suma, históricamente, la información ha sido vista como la fuente en la que abrevan los poderosos. Desde el emperador, el gobernador, el dueño y el mandamás. Pero en favor del siervo, del prisionero, del súbdito o del mendigo, jamás.

La información no es el poder por sí misma. La información es la única vía para erigir ciudadanía y la ciudadanía informada puede y debe reclamar el espacio crítico y solidario que por siglos ha dejado sin asumir. La ciudadanía informada puede ser poderosa si se organiza y establece exigencias para que la gobernación sea impecable. O por lo menos presentable, benigna, provechosa o cuando menos no tan perjudicial.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.