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Territorios

20/11/2019
Actualización 20/11/2019 - 5:40
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Hay varios esfuerzos periodísticos por tratar de nivelarnos en las olas informativas. El tsunami de la 4T a veces parece indomable, a veces te revuelca, otras veces pareces un torpe nadador y algunas, con suerte, logras salir airoso. El periodista Salvador Camarena en estas mismas páginas ha propuesto dejar el ombliguismo de Palacio Nacional, basta de repetir y citar lo dicho entre 7 y 9 de la mañana, salir de eso, poner el micrófono en otras bocas y en otras causas. Hoy retomo esta idea porque ayer llegó a mis manos Territorios, un libro que explora en poco más de 300 fotos, en algo más de 290 páginas, nuestro país. El fotógrafo Santiago Arau desnuda a México, y no sólo lo deja en selvas, playas y montañas, sino que también le toma los lunares, las cicatrices, lo que habita el cuerpo en cada esquina.

La obra es un recordatorio de lo bello y de lo inmenso, un trabajo de poco más de dos años en carretera, con una cámara, con un dron y con una barba que no dejaba de crecer. Lo mejor es escucharlo, ver la cara de Arau cuando habla de Mazunte, cuando vio a través de su dron la Sierra Madre Oriental y cuando en Laredo le tocaron la puerta de su camioneta tres hombres para preguntarle por qué tomaba extrañas fotografías en territorios desconocidos. Él lo sabía, conocer México también era conocer al narco en primera persona, le preocupó en el instante, pero se quedó en susto, la suerte también estuvo de su lado. Sin embargo, no quiere quedarse con eso, México no son esas carreteras sin ley ni esos hombres con la pregunta: “¿qué haces tomando fotos?” No, México es para Arau: Celestún, Cabo Pulmo, Paricutín, el gran desierto de Altar y la laguna de Tamiahua, las picaditas en Veracruz, insectos en Oaxaca, cochinita en Yucatán, mariscos en Sinaloa y el secreto mejor guardado, así lo dice Santiago, “el mejor restaurante de México está en el Tajín”, se llama “Nacu”, un restaurante papanteco con pocas mesas.

Después de años de viaje, de miles de kilómetros recorridos y de cientos de voces escuchadas, esto nos dice: “Como en todos los viajes fue también una introspección donde pude meditar durante tantas horas en carretera; te puedo decir que después de esta experiencia, yo creo que existe una esperanza para que las cosas mejoren y que todos podamos vivir en paz”.

Es increíble que tantos coincidan en esta esperanza en que somos más los que creemos que podemos pensar en un país que añoramos, o que al menos extrañamos. Ayer el empresario Carlos Slim hablaba de una “sacudida” económica, había que revivir el dinero en este país con inversión focalizada, con proyectos para los años que vienen. El libro de Arau es una sacudida de conciencia, nos recuerda dónde estamos y también dónde podríamos estar. Ver a México imponente dobla a cualquiera. Habría que imprimir al menos 10 millones de copias, repartirlas y, seguramente, a varios, a cientos, a miles nos hará llorar. A mí me pasó con Tampico y Poza Rica, tierra de mis abuelos; a ustedes les pasará con una barranca, una playa o una mueca de un pescador de langostas.

Gracias, Santiago, por recordarnos de dónde somos y hacia dónde vamos.

Territorios. Editorial Sexto Piso. 2019.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.