El daño del caso Lozoya para México y... el WEF
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El daño del caso Lozoya para México y... el WEF

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El daño del caso Lozoya para México y... el WEF

13/02/2020

Emilio Lozoya no solo representa a Emilio Lozoya. Él representa a México, al ITAM del que se graduó y a todo lo que lleva o llevó su nombre, como la dirección de Pemex, un asiento en el consejo de la constructora española OHL y en la institución que defendió la globalización como senda para el desarrollo: el Foro Económico Mundial (WEF, en inglés), de Klaus Schwab.

De comprobarse su culpabilidad en actos de corrupción… ¿Cómo le fue posible pasar por tantos lugares, imprimir tantas tarjetas de presentación con esos logotipos, sin que nadie hiciera un escrutinio serio en torno a sus acciones?

Lozoya puede representar hoy la imagen que los más radicales requieren para golpear todo lo que representa al capitalismo.

No se habla de la innovación, de la meritocracia, ni del incentivo al riesgo que aporta esta práctica económica.

No, en los siguientes días se hablará del aislamiento de los más ricos, de su desdén hacia la clase media y a los pobres, de corrupción. De la lejanía que mostró el equipo del entonces presidente Enrique Peña Nieto de las necesidades de la gente y que terminó derribando lo que pudo quedar de su legado, si alguna vez lo construyó.

Lozoya representa, aún antes de su juicio, lo que a nadie le gusta del modelo económico que prevalece en el mundo. La gente parece haberlo juzgado ya.

Pemex sí pudo ser una empresa competitiva que jugara un rol relevante con la reforma energética, pero Lozoya y quienes le sustituyeron al mando de la empresa, prefirieron aplicar la parte gris de la academia, cuadrar las cifras para detener una posible baja en su calificación crediticia.

El costo fue abandonar inversiones indispensables en Veracruz, Tabasco, Campeche… la gente perdió negocios y empleos. En el otro lado de la tortilla, crecieron las versiones de un enriquecimiento indebido de Lozoya y de quienes le son cercanos. Insisto, aún deben comprobarse los cargos en su contra.

En cualquier caso, la narrativa no fue contenida y por el contrario, resultó exacerbada por la actitud arrogante de todo el aparato económico del gabinete peñista.

Los resultados fueron vistos en las elecciones. Hoy tenemos en México un gobierno controlado por quien la gente eligió por representar el hartazgo empujado por las acciones de Lozoya y los suyos. Él, quien fue calificado como un líder del futuro del Foro Económico Mundial, una organización de individuos que defienden el modelo actual de intercambio de bienes y servicios que cada vez parece tener menos adeptos.

Las elecciones en España, en Brasil, Argentina, Estados Unidos, parecen confirmar el desagrado por un sistema que ha multiplicado la distancia entre las percepciones de los trabajadores de multinacionales como Coca Cola y el director general de la compañía.

Lozoya es el apellido que puede concentrar el encono entre beneficiados y afectados.

Pudo ser distinto, pudo aprovechar su poder para impulsar a diario la modernización en Pemex y luchar contra su corrupción.

Por el contrario, fue el sexenio pasado cuando casos como el de Oceanografía revelaron detalles de lo que todo el mundo habla pero pocos comprueban.

Lozoya recibió la mejor educación que ofrece el mundo, la que puede asumirse como innovadora y honorable. Pero ahora sabemos que aún esa educación resulta insuficiente para crear líderes que piensen en el bien común, en que el capitalismo sirva a la mayoría.

El costo del caso Lozoya hoy lo carga él, lo carga México, las empresas que se vincularon con su persona y las instituciones que lo graduaron.

El precio lo pagaremos todos, al final, ante la indefinición de un plan confiable que podamos seguir para conseguir el bien común. Ante la oportunidad que hoy tienen los radicales del mundo de construir su propia narrativa, aunque sea basada en la ignorancia, el riesgo luce altísimo. Mala tarde.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.