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Una torta en Marte

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Una torta en Marte

21/02/2021

Los humanos podrían llegar a Marte durante esta década. Uno se arriesga a que lo tilden de ingenuo cuando hace tal afirmación.

No es que sea una idea que deba ocuparnos, menos preocuparnos, pero es un hecho que Elon Musk y Jeff Bezos quieren gastar su fortuna en esa aventura. Uno es dueño de SpaceX y el otro de Blue Origin. Vayan a Google y revisen qué traman estas dos empresas.

Prendan su imaginación. ¿Qué van a comer los individuos que en calidad de tripulantes de una histórica carabela de nueva generación viajarán 7 meses hasta llegar a ese destino… para no regresar más?

En The Martian, el solitario personaje de Matt Damon restablece la fórmula H20. Une moléculas de hidrógeno disponibles en aquel planeta con otras de oxígeno contenidas en su ambiente local, para producir agua. Luego recurre a la escatología para generar tierra usando como materia prima las heces de sus amigos muertos.

La receta deriva en la producción de vegetales frescos.

Muy bien, digamos que eso puede hacerse en Marte una vez resueltos problemas como la generación de energía eléctrica. ¿Recurrirán los pioneros a la energía fotovoltaica del Sol o se llevarán para allá una refinería para producir combustóleo que puedan meter a un motor? ¿Y cómo harán el petróleo? Ya veremos.

Producir plantas en Marte obliga a hacerlo en interiores por aquello de las inimaginables tormentas de arena de aquel barrio, que harían volar hasta los nopales.

En interiores necesitarán luz, así sea artificial, basada en la electricidad. Luego los focos harán las veces de Sol.

Las lámparas capaces de generar tal potencia ya existen. Pueden verlas en Canadá, que es bonito, pero durante el invierno sus norteñas tierras son tan útiles como las del Sahara.

Muy cerca de Toronto, en la Universidad de Guelph, bien visitada por Víctor Villalobos --más conocido como secretario de Agricultura y Desarrollo Rural-- guarda en varios salones ese tipo de iluminación útil en Alberta y en el espacio, cuya fuerza en algunos casos multiplica por cientos la luz solar.

Los futuros marcianos habrán de llevar de ese producto hasta linternas portátiles en afán de producir, digamos, trigo. Al final de cuentas, ese cultivo fue la base de esta civilización que nos quitó la diversión de perseguir bisontes para en lugar de eso rodar piedras para moler granos que deriven en pan.

Luego habrán de resolver el modo de llevar las levaduras, esos tragones organismos unicelulares cuyas flatulencias ocasionan las burbujas que dan el aspecto esponjoso al alimento más popular del mundo.

El trigo puede ser opción, pues cumplirá como acá, doble función. Un poco más de tiempo de descomposición de la masa de agua y granos y allá tendrán alcohol, presentación cerveza.

De algo llenarán el pan para hacer una torta y lo demás fluirá con el consumo simultáneo del líquido ambarino.

Puratos, una empresa belga de innovación, cuyos servicios resultan aún incomprensibles para la mayoría, ya hace experimentos en afán de comprobar si producir pan en Marte es factible.

Si lo es, ¿qué pan conviene producir allá? ¿Será el árabe, pita, esa versión paralela de la tortilla de maíz? Hay que ver que el almacenamiento allá debe cuidarse. No hay espacio de almacenamiento.

Todo lo anterior parecería un abuso del tiempo. Algo que demanda análisis, pero no deriva en frutos.

Eso es en naciones que ignoran tal meta por creerla lejana.

La semana pasada siguieron llegando misiones de vehículos a Marte. Es un error pensar que tanto esfuerzo se limita al beneficio de transmitir imágenes de aquel planeta para Youtube.

Lo que asumimos como futuro ya está en el pasado. Ojalá que muchos quieran verlo. Ahí está el pan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.