¿A dónde vamos?
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¿A dónde vamos?

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¿A dónde vamos?

24/10/2019
Actualización 24/10/2019 - 14:54

En Chile, van seis días de protestas y por lo menos 20 personas muertas. Los disturbios se originaron con el anuncio del presidente Sebastián Piñera del alza en los precios del Metro, pero lo cierto es que el descontento por la enorme desigualdad puso de rodillas a la economía más sólida de América Latina. Soldados en las calles, toque de queda, y todo lo que no se vivía en Chile desde el golpe militar de Augusto Pinochet.

Chile no está solo. En Bolivia ya hay persecución violenta contra los opositores de Evo Morales, convertido ya en franco dictador, siguiendo los pasos de los Castro en Cuba, de Chávez y Maduro en Venezuela y de Ortega en Nicaragua. Brasil, lidiando con un cavernícola de derecha, Argentina y Paraguay, viendo cómo el populismo desmantela sus economías mientras México trata, sin éxito, de contener la influencia de los cárteles de la droga, que abiertamente retan y vencen al Estado mexicano.

Más al norte, es imposible predecir cómo emergerá Estados Unidos de la caótica era de Donald Trump. Para nadie es un secreto que el tipo es un hampón envuelto en un narcisismo galopante, y lo que lo salva hasta el momento es un peculiar carisma que tiene efecto entre la parte más primitiva de la población blanca del país, que piensa que aún tiene privilegios que defender. A diferencia del resto del continente, los problemas estadounidenses tienen consecuencias geopolíticas inmediatas y graves, y está en el balance el orden mundial creado hace 70 años al terminar la II Guerra Mundial.

Canadá tampoco se salva. Justin Trudeau apenas pudo salvar su reelección hace unos días, pero sin mayoría parlamentaria. Tendrá que formar un gobierno de coalición, e históricamente, esos gobiernos no duran más allá de dos años.

Europa no logra salir del embrollo del Brexit creado por la Gran Bretaña, pero ese no es su único problema. España lleva meses y meses sumida en un caos político donde los gobiernos se derrumban como fichas de dominó, y hay que ir a las urnas a cada rato, con el consecuente desgaste institucional. Gran Bretaña parece dirigirse hacia allá. Francia, Italia y ahora hasta Alemania tienen gobiernos débiles y tambaleantes.

Ni Rusia, con sus evidentes victorias en el ajedrez internacional, se salva. Es cierto que Vladimir Putin ya es factor determinante en la ecuación del medio oriente, llenando el vacío dejado por Trump y, que en el proceso, al aliarse con el presidente turco Erdogan está minando gravemente a la OTAN, de la que Turquía es miembro. Pero también es cierto que serán corresponsables del genocidio que los turcos están por aplicar a la población kurda de Siria, tal como hicieron con los armenios hace 100 años. En lo interno, Rusia, no hay que olvidar, tiene una economía extremadamente débil y pequeña, que es saqueada una y otra vez por los oligarcas a las órdenes de Putin.

China sigue pacientemente esperando el futuro, que, sienten, les pertenece. Pero no se libra de problemas. Hong Kong no quiere ceder sus libertades, a las que China se comprometió, y no los pueden aplastar ante las consecuencias que ello tendría mientras negocian un pacto comercial con EU. Además, saben que, tarde o temprano, ellos serán los encargados de lidiar con el loquito de Corea del Norte.

En medio de este desolador panorama, uno diría que solo falta una guerra mundial para cerrar el círculo. El problema es que ya la estamos librando, y la vamos perdiendo. Todos los problemas y conflictos descritos en estas líneas, palidecen ante la emergencia que viene con el cambio climático. No sé si, como humanidad, tendremos las herramientas para pelearla.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.