Diplomacia ausente
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Diplomacia ausente

31/10/2019
Actualización 31/10/2019 - 7:00

Hace una semana les describía en estas líneas la peligrosa inestabilidad que se observa en el mundo en esta recta final de la segunda década del siglo XXI. Por más esfuerzos nacionalistas y aislacionistas bajo los que operan algunos gobiernos y organizaciones políticas, están, irremediablemente, condenados al fracaso. No se puede dar marcha atrás a la globalización. El desarrollo tecnológico y científico no está sujeto a los vaivenes de la política, por más que nuestra directora del Conacyt, María Elena Álvarez Buylla, así lo quiera ver. La realidad es que el mundo es más pequeño, y mucho más interdependiente, de manera que lo que pase en África o Medio Oriente, tiene consecuencias en nuestra vida aquí.

Ante esta realidad, es imperativo que los países pongan atención a sus relaciones internacionales, pues esta será la premisa bajo la que se medirá el éxito futuro. Y hay oportunidades, porque ante sus problemas internos, los gobernantes tienden a minimizar la importancia de la diplomacia. Es un error, puesto que cuando se calmen las aguas, o peor, se agiten más, todos dependeremos de todos.

En el caso de México, es, no solo triste, sino peligroso, ver una política exterior errática, sin rumbo claro ni metas tangibles. México tiene la oportunidad de jugar un papel protagónico en el escenario internacional, que no puede sino beneficiar el futuro del país, pero en su lugar, el gobierno ha preferido buscar un equilibrio entre el apoyo a sus similares ideológicos, como Venezuela y Bolivia, al tiempo que navega el tsunami del norte, supeditando la política interna con tal de no hacer enojar a Donald Trump.

Lo anterior ocurre porque el presidente Andrés Manuel López Obrador se siente incómodo en el escenario mundial, y prefiere enconcharse en su terruño, dándonos la versión política del síndrome del Jamaicón. (Para quienes son muy jóvenes, José El Jamaicón Villegas fue un futbolista del Guadalajara que fue contratado en el extranjero. Solo duró un par de meses fuera, y volvió porque extrañaba sus tacos de carnitas). Esa mentalidad es comprensible hace 60 o 70 años, pero no ahora. El rechazo consistente del presidente a asistir a los foros internacionales donde México necesita una representación efectiva al más alto nivel, no es aceptable.

La imagen del país está, ahora más que nunca, en entredicho. Los terribles acontecimientos en Culiacán de hace dos semanas no pasaron desapercibidos. Por más que el gobierno quiera justificar la decisión de liberar a Ovidio Guzmán como un acto de “humanismo”, la crítica de la prensa internacional es unánime, y refleja lo que piensan sus gobernantes: el gobierno no puede con el narco. ¿Estamos haciendo algo para revertir esa impresión? No. Nada. No hay presupuesto.

El daño que puede sufrir el país es gravísimo. Si continúan los cárteles tomando como rehenes a simples ciudadanos, o peor aún, a ciudades enteras, se empezarán a sentir los efectos económicos de esta situación, primero, en el flujo de turistas, que es de las más sólidas fuentes de divisas con las que contamos. Y peor, nos abrimos a que algún candidato presidencial de Estados Unidos tome la situación como bandera, y que eventualmente exijan jugar un papel activo en México para remediar la situación.

La postura de México ante el cambio climático es inaceptable e irresponsable. Apenas el martes, se anunció la desaparición de Conabio, la comisión dedicada a preservar la biodiversidad mexicana, una de las más ricas del planeta, con enorme prestigio internacional. Ello, mientras apuestan toda la economía del país a la producción de hidrocarburos, un sector viciado, altamente ineficiente, y, lo que es peor, moribundo ante las emergentes energías limpias, esenciales para la supervivencia del planeta.

Tal vez esto explique la renuencia del presidente a participar en foros internacionales, porque defender esas posiciones, solo se puede en las mañaneras.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.