La Embajadora
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La Embajadora

18/11/2019

Marie Yovanovitch, o Masha, como le dicen sus amigos, le puso el rostro humano a las audiencias de la destitución del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Y, por lo menos en términos de opinión pública, le dio un golpe mayor a los argumentos del presidente, en su comparecencia ante el Congreso el viernes pasado.

La embajadora Yovanovitch ingresó al servicio exterior estadunidense en tiempos de Ronald Reagan, hace 33 años. Fue asignada a Somalia, en medio de una sangrienta guerra civil. Ha servido también en Rusia, Armenia, y otros países que se independizaron ante la disolución de la Unión Soviética, especializándose en coadyuvar con la lucha anticorrupción de los gobiernos nacientes, por lo que recibió diversos reconocimientos, cimentando un prestigio intachable. En mayo de 2016, fue nombrada embajadora de Estados Unidos en Ucrania, sin imaginar el calvario que le esperaba.

Ante el comité de inteligencia de la Cámara de Representantes, Yovanovitch relató su espeluznante experiencia. En cuanto asumió el cargo, empezó a trabajar en lo que mejor sabe hacer. Estableció contactos en el gobierno, detectó, como otros países y organismos, que la administración de justicia no había cumplido con las reformas prometidas para detener la corrupción endémica heredada del gobierno del títere ruso Víktor Yanukovich, e impulsó el remplazo del procurador de justicia ucraniano Yuri Lutsenko. Con ello, se ganó su enemistad.

Esa enemistad fue luego aprovechada por Rudy Giuliani, el abogado personal de Trump, quien orquestó una intensa campaña de desprestigio contra la embajadora. Es lo que conocemos como “guerra sucia”, y esta fue muy sucia. La acusaron de enviar una lista de “intocables” para la justicia ucraniana, de proteger intereses corruptos, de influir indebidamente en decisiones soberanas del gobierno, en fin, una letanía de infundios que, por inverosímiles, fueron categóricamente rechazados por el Departamento de Estado. Incluso, le pidieron a la embajadora que extendiera su estancia en Ucrania hasta 2020, y ella aceptó.

Pero Giuliani tenía otra agenda. Estaba en plena campaña, fuera de los canales oficiales, para conseguir que las autoridades ucranianas investigaran a la familia Biden por corrupción. El hijo del ex-vicepresidente y ahora candidato presidencial Joe Biden, Hunter, ocupaba un lugar en el Consejo de una empresa energética ucraniana llamada Burisma, con altísimo salario, y Trump quiso aprovechar ese hecho para usarlo en la campaña presidencial, sobre todo, porque había un nuevo gobierno en Ucrania, vulnerable a la presión dada su precaria situación militar ante la agresión rusa.

Trump y Giuliani tenían un obstáculo, y era la embajadora Yovanovitch, quien no se prestaría a violar la ley de su país, ejerciendo influencia indebida sobre Ucrania, porque ello debilitaría la posición negociadora de los ucranianos, y beneficiaría a Rusia.

Ante ello, y usando la campaña de desprestigio en marcha, Trump la retiró del puesto, habló mal de ella en la famosa llamada telefónica con el presidente Zelensky, donde, incluso, la amenazó. Una táctica propia del crimen organizado.

En la audiencia, al ventilarse todo esto, la estrategia republicana era no tocarla, porque ello sería contraproducente, así que todos le reconocieron su valiosa contribución al servicio exterior de su país… hasta que intervino Trump.

A media audiencia, Trump envió un tuit intimidatorio contra la embajadora, que fue leído e incorporado por los demócratas como otro delito de Trump, la intimidación de testigos. Al terminar la audiencia, la embajadora se retiró en medio de una ovación de los presentes, asunto que no suele ocurrir en estas circunstancias, mientras los republicanos, furiosos, vieron cómo el presidente incontinente, les deshizo la estrategia con un solo tuit. Esto apenas empieza. Esta semana, habrá 8 audiencias públicas, y seguramente veremos el impacto que todo esto ha tenido en los números de aprobación del presidente.

Con todo, la destitución sigue siendo improbable, aunque no imposible.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.