Los caminos de Trump
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Los caminos de Trump

28/10/2019

Es difícil subestimar la enorme crisis política que viven los Estados Unidos. No se trata solo de un presidente (Donald Trump) que enfrenta un proceso de destitución. El tema tiene repercusiones geopolíticas, cuyos efectos seguirán gravitando en el mundo durante décadas, aunque lo echen del poder antes de terminar el año.

Visto desde un panorama amplio, o como les gusta decir a los periodistas de allá, a 30 mil pies de altura, los casi tres años de gestión trumpiana han sido como un volcán en actividad permanente. Parte del encanto para quienes votaron por él, era su promesa de sacudir a Washington desde sus cimientos, y cambiar la tradicional forma de gobernar de los 3 poderes. Nadie imaginó que esa premisa implicaba ejercer una auténtica autocracia desde el ejecutivo, en detrimento, sobre todo, del poder legislativo. En Estados Unidos nunca han vivido un presidencialismo como el que, por desgracia, en México conocemos muy bien.

Esta ingeniosa interpretación del artículo 2º de la Constitución estadunidense, le permite, según él, coser a balazos a cualquiera en plena 5ª Avenida de Nueva York, sin sufrir consecuencia legal alguna, mientras permanezca como Presidente. Este peculiar argumento fue utilizado por los abogados de Trump esta misma semana en una corte federal. El juez lo describió como “repugnante”, pero dado que Trump ha nombrado ya a dos jueces de la Suprema Corte, no sería imposible que, si el caso llega hasta esa instancia, le den la razón.

Este es uno de muchos ejemplos del daño institucional que causa Trump todos los días. En estos larguísimos 3 años, Trump ha desmantelado el aparato del Departamento de Estado, despidiendo diplomáticos profesionales a placer, y colocando gente que le promete, sobre todo, lealtad, empezando por el secretario Pompeo. Las consecuencias en la política exterior del país están a la vista. Es en este rubro, en política exterior, donde más sospechas recaen sobre Trump y su actuar, específicamente, con Rusia.

Los hijos de Trump, años antes de que de cualquier aspiración presidencial, decían en público que un gran porcentaje de fondos de inversión para sus desarrollos inmobiliarios, venían de Rusia. Ya en campaña, Trump repitió hasta el hartazgo, su admiración por Vladimir Putin, a quien llama, hasta la fecha, un “líder fuerte”. Al comprobarse la intervención rusa a su favor en la elección de 2016 que lo llevó a la Casa Blanca, Trump, antes que aceptar las conclusiones de sus servicios de seguridad, prefirió creer, a ciegas, en la palabra de Putin. Trató de levantar las sanciones impuestas por Barack Obama a Rusia. Más recientemente, está en plena campaña internacional para reintegrar a Rusia al G7, y es perfectamente capaz de invitarlo a la próxima cumbre, en junio en Estados Unidos… si todavía es Presidente.

Pero tal vez la más grave señal de su afinidad por Rusia es la inexplicable decisión de retirar sus tropas de Siria, abriendo la puerta de par en par a Rusia, que de un día para otro se convirtió en el mandamás en medio oriente, llegando al punto hasta de ocupar las bases abandonadas por EU, y de paso traicionando a sus hasta entonces aliados kurdos. Los kurdos, por cierto, quedaron a merced de la limpieza étnica que ya está aplicando el presidente Erdogan, de Turquía.

Increíblemente, y a pesar de que este es el motivo del proceso de destitución, Trump quiere obligar a Ucrania, o a cualquier otro país, a que le den argumentos para desmentir que Rusia intervino en su elección. ¿Qué le saben? ¿Es casualidad que pelea rabiosamente para que no se revelen datos de las finanzas de su empresa?

Nancy Pelosi tiene toda la razón. En una reciente junta en la Casa Blanca sobre el tema de Siria, Pelosi le comentó a Trump que con él, todos los caminos conducen a Rusia. Trump enfureció, comenzó a insultar a la señora, quien se levantó de la mesa, y abandonó la junta. Hay que recordar el debate pre-electoral, donde Hillary Clinton le dijo que no era más que un títere de Putin. También tenía razón.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.