El alegre cumpleaños de Pablito
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El alegre cumpleaños de Pablito

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El alegre cumpleaños de Pablito

14/06/2019
Actualización 13/06/2019 - 19:10

El pasado domingo 2 de junio un amigo muy estimado, además de compadre, residente en la Ciudad de México, se festejó en grande. Es de las personas que acostumbran convocar a familiares y amigos para celebrar su cumpleaños, allá por el mes de abril. Pero en esta ocasión, en junio, no fue tal el motivo. No, no fue por el cumpleaños de su nacimiento, pero el festejo (comida, bebida, música y gratísima convivencia) fue verdaderamente en grande.

Y no es que se haya casado, pues felizmente lo está desde hace muchos años, por lo que no se trató de un convite nupcial. Tampoco es que haya obtenido alguna maestría o doctorado, o recibido alguna herencia, o por haberse sacado la lotería o algún motivo similar, para festejarse como lo hizo y beneplácito de sus invitados. No, nada de eso.

El motivo fue que Pablo Hernández Ruas, originario del pueblo de Majagua, entonces provincia de Camagüey y hoy de Ciego de Ávila, en Cuba, llegó exiliado a México precisamente el 2 de junio de 1969. Se cumplieron pues cincuenta años de su arribo a nuestro país, que él ya ve también como suyo, sin olvidar jamás su Cuba querida, por la que aún siente gran nostalgia, que es casi siempre.

Quienes a través de los años hemos cultivado amistad con Pablo, a quien cariñosamente sus amigos del beisbol le llamamos Pablito, diminutivo que no corresponde a su corpulencia, conocemos las anécdotas relativas a la persecución de que fue objeto por el régimen castrista por su militancia en la juventud católica de su patria. Y sabemos también, por reiteradas pláticas de él, de los dos intentos previos para salir de la Isla, ambos frustrados, en los que se jugó la vida. Hasta que gracias a una hábil estrategia logró salir por vía aérea aquel, para él, inolvidable 2 de junio de hace medio siglo.

Sobre su salida rumbo al exilio en México, Pablo platica varias y muy chispeantes anécdotas. Un par de ellas son deliciosas. Comenta que su padre, dirigente sindical en Cuba en la época de Batista, mantenía magníficas relaciones de amistad con algunos líderes sindicales latinoamericanos. En especial de Costa Rica y México. Creía que podía solicitar, con grandes posibilidades de éxito, los buenos oficios de sus amigos para que intercedieran ante el gobierno de Fidel Castro, de manera tal que pudieran obtener un salvoconducto que le permitiera salir de la Isla al joven Pablo.

Para no duplicar el esfuerzo y porque el tiempo apremiaba, pues las cosas en Cuba se hacían cada día más difíciles, su padre le preguntó qué país prefería para el exilio, si Costa Rica o México. No había terminado su papá de hacerle la pregunta cuando Pablo a la velocidad de la luz le contestó: ¡México!

Intrigado su padre por la rapidez de la respuesta, le preguntó la razón. Y Pablo le contestó también de inmediato: “Porque en Costa Rica no hay béisbol”. Por eso apenas llegó a México, Pablo se integró a los círculos de aficionados y a las peñas beisboleras, se hizo súper fan de los Tigres capitalinos y en este ambiente de la pelota ha encontrado a sus mejores amigos. Muchos de los cuales estuvimos, casi todos, en su festejo de los 50 años de su llegada a México, y los que no, porque ya juegan en el diamante celestial y desde allá lo acompañaron.

La otra anécdota se refiere al gran cronista de beisbol Buck Canel, quizá el mejor en español de todos los tiempos. Dice que cuando niño y adolescente trató en Cuba de obtener su autógrafo y sostener con él una entrevista, así fuera breve. Nunca la pudo lograr. Pero en su viaje rumbo al exilio la fortuna le sonrió. Resulta que en el vuelo a México, ¡quién lo fuera a creer!, le tocó en el avión un asiento contiguo al de él. Y fue así como finalmente pudo conversar con el gran Buck Canel, quien salió de Cuba ese 2 de junio de 1969 para jamás volver. La plática, de casi tres horas, la recuerda Pablo casi palabra por palabra después de medio siglo.

Dura, muy dura experiencia de vida es el exilio. El entrañable amigo Pablito lo pudo sobrellevar gracias a los amigos, que sabe muy bien hacerlos, y al beisbol. Y a México desde luego, país que adora, al que ve como su patria adoptiva y es la patria natural de sus hijos y de su pequeño nieto Bolita de Humo, como él le llama.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.