¿Pero, qué necesidad?
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¿Pero, qué necesidad?

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¿Pero, qué necesidad?

29/11/2019

Hace un año, a los pocos días de haber tomado posesión de la presidencia de la República López Obrador, en una reunión de correligionarios panistas de distintas partes del país efectuada en la Ciudad de México, el dilecto amigo Juan José Rodríguez Prats nos comentó que había ya estado analizando con detenimiento el tema de la siguiente sucesión presidencial. En particular, dijo, respecto a los posibles candidatos del grupo político del presidente entrante.

Analítico, perspicaz y tabasqueño, como López Obrador, Juan José nos dijo que si a su paisano no le pesara tanto la edad y no se le agudizaran en cinco años más los problemas de salud que parece tener, ninguna duda le cabría a él, a Juan José, que López Obrador estaría más que dispuesto, con todos los problemas que ello implica, a promover su reelección.

Para apuntalar su tesis, como suele hacerlo con abundancia de datos y su acelerado parlar tropical, Rodríguez Prats citó hechos, antecedentes de su particular conocimiento, circunstancias, comparaciones históricas y hasta anécdotas –pues conoce bien a López Obrador- para convencernos de su hipótesis.

Pero no –dijo- creo que finalmente se impondrán a su deseo las razones de edad y de salud. Sin embargo, intentará una locura peor: imponer como candidato presidencial a alguno de sus hijos. Casi todos reaccionamos con incredulidad. “Pues si no me creen –dijo Juan José-, ¿de qué ha servido entonces todo este cúmulo de datos que les he aportado sobre alguien que he tratado y conozco muy bien y pintan a la perfección su carácter y forma de ser?” Guardamos silencio.

A continuación agregó: “Tiene desde luego su plan B, llamado Marcelo Ebrard”. Nos volteamos a ver las caras los presentes, como ocurre cuando se escucha algo inesperado pero factible. Y expresó Juan José de corrido, igual que en el caso de la opción A, los argumentos para sustentar esta hipótesis, que nos pareció más creíble.

Lo sucedido en los últimos doce meses parece confirmar lo señalado por Rodríguez Prats como Plan B. El canciller para acá, el canciller para allá; para atender problemas leves, a fin de que se luzca, pero también arduos y complejos para hacer notar su capacidad y presencia. El canciller, obvio, encarando asuntos difíciles de nuestras relaciones exteriores, pero también domésticos, sin que se explique y menos aún justifique su intervención en estos casos. En resumen, un notorio protagonismo impulsado por su jefe, con el que algo importante quiere dar a entender.

Sin embargo, quien mucho hace, más ocasiones tiene de equivocarse. Y feo. Como precisamente le ocurrió a Ebrard con aquella declaración suya hecha en los primeros días de agosto, luego de la masacre de numerosos mexicanos realizada por un desquiciado gringo en un centro comercial de El Paso.

No se sabe si con la anuencia de su jefe, Ebrard se apresuró y aventuró a declarar: “Consideramos que este acto es un acto de terrorismo en contra de la comunidad México-norteamericana y de nacionales de México en Estados Unidos”. Y para dejar en claro que se mete en ámbitos que no son de su estricto resorte, en esa misma malhadada declaración tuvo que agregar que respetando el ámbito de acción de la Fiscalía General de la República “promovería una denuncia por terrorismo en la Unión Americana”.

Pues bien, ahora que Trump ha hecho una declaración similar con respecto a los cárteles del narcotráfico en México para ser considerados como terroristas, aparentemente más con el ánimo de atemorizar y para efectos de su campaña reeleccionista que de hacerla realidad, uno se pregunta: ¿Qué necesidad la de Ebrard de su torpe declaración de agosto? Peor si ya se sabe o se siente el sucesor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.