Dos ruindades, dos
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Dos ruindades, dos

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Dos ruindades, dos

25/03/2020
Actualización 25/03/2020 - 13:41

Las emergencias, las situaciones límite, ponen a prueba no solamente la capacidad de organización y de reacción de los gobernantes, sino de la sociedad en su conjunto.

Es un hecho que el gobierno con la declaración de la fase 2 ha entrado en una etapa en que la observación sobre su actuar será más severa, pues se podrá ver qué tan preparadas están las autoridades después de semanas de anunciar que tenía grandes planes y que nada pasaría en cuanto nos viéramos invadidos de coronavirus.

Ojalá tengan la razón quienes pretenden gobernarnos, porque hasta ahorita lo único que han generado es vergüenza internacional y pánico y zozobra nacional.

Ya es de todos conocidos el oso mundial de nuestro presidente ostentando una irresponsabilidad no vista ni en los gorilatos de los años setenta. Vaya, hasta Trump ha dado muestras de cierta comprensión del problema y la necesidad de tomar medidas extremas como callarse la boca algunas horas al día. Aquí no es el caso. Pero aún, con la gigantesca crisis económica que se avecina el gobierno no hace más que ahuyentar la inversión que había (ni si quiera la que viene sino la que hay).

La cancelación de la culminación de la obra de una cervecera, en BC, es una muestra más de la incomprensión de este gobierno sobre la situación que vive el país y de lo que viene.

La suspensión motivada por una consulta popular, a todas luces ilegal, que ni siquiera está contemplada en las leyes estatales, es a todas luces una señal de guerra del gobierno federal –que tomó la consulta patito como mandatoria– contra el empresariado, es una muestra de que tienen múltiples mecanismos para arrinconarlos si no hacen lo que el gobierno desea.

Es el desplante del populismo, es el reflejo de la rabia que le tienen al sector empresarial. Es también un ejemplo más de que si el dinero privado les importa poco, el público más aún. Porque el gobierno federal sigue tirando miles de millones de pesos en proyectos faraónicos e inviables.

En el México del coronavirus, el país que entra a los días más difíciles del desastre sanitario, es claro que la inversión no importa, que no importa lo que viene; que serán las estampitas religiosas las que consigan trabajo, las que generen empleo, las que le den estabilidad al país.

Es una desgracia que este azote de proporciones bíblicas nos tocara con el gobierno más ignorante e inepto en décadas, con el Presidente más desconfiado en la ciencia y más cerrado para comprender incluso la necesidad de lavarse las manos.

Por supuesto que al choque con el sector empresarial algo le seguirá como respuesta. Es posible que el empresariado no retire sus inversiones pero no arriesgue ni un peso más por el riesgo que representan los caprichos ideológicos del gobierno. Lo mismo la inversión extranjera se va a estancar. Nadie le hará caras al Presidente –no son idiotas– simplemente el dinero no llegará y, como avizora Jorge Guajardo, este será el fin, el quiebre de la relación entre la IP y el gobierno federal (queda la salvedad que la propia crisis económica, que es inminente, haga cambiar diametralmente al presidente y algunos de los suyos pero es posible que sea al contrario). Por lo pronto la cancelación de esa inversión es una ruindad por su legalidad, y porque en el peor momento dejará a mucha gente sin empleo.

Como casi en todo, siempre hay dos partes y la otra ruindad corrió a cargo de los empresarios de Alsea. Siempre hay quienes están dispuestos a rubricar la fama de viles y de avaros que tienen ciertos empresarios. Es el caso del grupo empresarial Alsea (ayer en estas páginas Salvador Camarena se ocupó del asunto: Sabemos lo que hicieron el mes pasado 24/03/20). En estas épocas en que la solidaridad debe ir por delante nunca falta quien dice “yo y mi dinero por delante”. Es lo que hicieron los que detentan la franquicia de Starbucks y muchas más. Demostraron ser ruines con sus empleados, ruines con su país y hasta ruines con su sector.

No queda más que tratar de no seguir cooperando para engordar el bolsillo de esa gente y para no generar ese tipo de empresarios miserables que lo único que les puede brillar es el dinero.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.