Jalisco nunca pierde
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Jalisco nunca pierde

26/11/2018
Actualización 26/11/2018 - 15:01

En países como el nuestro, cuya clase política tiene una marcada tendencia a la centralización, los cambios siempre llegan por 'afuera', por los estados de la República, mientras la CDMX se ve el ombligo y los poderosos asentados en esta ciudad se ven en el espejo. El próximo presidente que entra en funciones en unos cuantos días tiene ideas viejas para problemas nuevos. Él admira aquella época del México más centralista, en la que todo dependía de una figura: el presidente. En esa época no se cuestionaba al poderoso, había algunos medios en los que se refugiaban la intelectualidad y la oposición. Se les fastidiaba la existencia, pero se las permitían porque había que darle sentido al dicho de que “lo que resiste, apoya”. Cuando se habla de la democracia en México, la comentocracia prefiere poner como ícono el 68, el 85 que despertó a la gran ciudad, pero se recuerdan poco las batallas de los estados del norte y Bajío –abanderadas por el PAN– en defensa del voto. No en balde fueron los primeros estados gobernados por la oposición. La batalla vino de afuera –como la Revolución– y se puede decir que la última en caer fue la capital, como sucedía en las grandes conquistas de la historia.

Parece que habrá que dar la batalla otra vez y que también vendrá de afuera. El pronunciamiento claro y preciso del próximo gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, en defensa del federalismo y la soberanía de su estado, es una clara muestra de que las cosas estarán peor de lo que pensamos. Que un estado levante la voz ante los atropellos de la nueva clase política que lidera el presidente López Obrador, es una señal de alarma sobre lo que sucede atrás del escenario con las intenciones y maneras de López Obrador y su equipo.

Son claras las muestras de autoritarismo del presidente electo y sus colaboradores. A la ineptitud que describe a la mayoría de sus colaboradores, se le debe sumar la prepotencia y la majadería. En el Legislativo se comportan como hordas de delincuentes. Su insolencia es de una vulgaridad pavorosa. Al llamado de Alfaro a respetar las decisiones del estado, algo que él mismo calificó no como “acto de rebeldía o insurrección”, sino como uno de “congruencia y responsabilidad”, se le contestó con amenazas y desplantes. El responsable de dar la cara por Morena fue el senador Félix Salgado Macedonio. Este sujeto, con marcados rasgos criminales y de actitud rufianesca, salió a decir que, de ser necesario, procedería a la desaparición de poderes en los estados si no se cuadraban los gobernadores con el presidente. Son una vergüenza. No han comenzado a gobernar y ya generaron fricciones por todos lados.

El llamado de Enrique Alfaro es correcto y es necesario, porque la política no se divide ni se compone –como piensan en el partido del presidente electo– de 'chairos' y 'fifís'. Es mucho más compleja que esa simplificación. Las decisiones que toman afectan a decenas de millones de mexicanos, la aspiración de hacer un país con opinión uniforme desemboca inevitablemente en dictadura. El insulto no es una buena política pública. No en balde el próximo gobernador de Jalisco solicita “respeto” a su estado y su historia.

Si no se puede tomar en serio a la oposición partidista por fragmentaria y patética, apoyemos causas. La de Enrique Alfaro en Jalisco vale la pena, es una causa de raíz democrática.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.