La humillación de las Fuerzas Armadas
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La humillación de las Fuerzas Armadas

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La humillación de las Fuerzas Armadas

21/10/2019
Actualización 21/10/2019 - 11:32

No es el crimen organizado el que ha humillado a las Fuerzas Armadas. Es el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, quien una y otra vez humilla a soldados y a marinos. No hay semana en que los miembros del Ejército o la Marina no sean públicamente agredidos por criminales ante la complacencia del Comandante Supremo. Para el Presidente, los soldados –bautizados por él como “pueblo uniformado”– sirven para cualquier cosa menos para defender a la patria. Se le ocurre ponerlos a repartir libros de texto, que hay que mandarlos a distribuir medicinas, a construir un aeropuerto, a perseguir migrantes africanos y centroamericanos o a fungir como veladores de la seguridad, pero sin armas, dejándose golpear y balear.

La cobardía gubernamental quedó manifiesta el jueves de la ignominia en que el gobierno mexicano –ojo no el Estado– se rindió ante el crimen organizado. Hay dos ejemplos de ese día que van del patetismo a la indignación. Uno de ellos es el del presidente del país huyendo a Oaxaca, subiéndose a un avión comercial y despareciéndose por hora y media del mapa, sin tener contacto con sus subordinados y marginándose de la tragedia. El otro es el del secretario de Seguridad Pública al salir a informar cinco horas después una completa falsedad que sería desmentida por el propio Presidente al siguiente día. Hay que decir que aparte de inepto, lo cual quedó demostrado ampliamente el jueves y viernes de la semana pasada, Durazo es ya el primer mentiroso de la nación. Mintió deliberadamente al país en una circunstancia gravísima. Pero en este gobierno la mentira tiene permiso y el mentiroso es premiado. Con la desfachatez que da el cinismo, Durazo se corrigió sin vergüenza alguna, desgranando y subrayando su negligencia. Para colmo, todo eso lo hizo acompañado de los titulares del Ejército y la Marina. Los ponen hasta de testigos de sus mentiras.

El caso de nuestro Presidente huyendo es algo verdaderamente inquietante. No tenemos quien nos defienda. El Presidente tiene miedo. Siempre que tiene que decir algo relativo al crimen organizado le da la vuelta, sale con algún chiste menso, alguna frase moralizante sino es que con expresiones ridículas que muestran el poco interés que le merece el tema y sus enormes consecuencias. Ahora ante la toma de Culiacán por parte de la delincuencia organizada, el Presidente prefirió esconderse y silenciarse. Por supuesto se entiende que no estaban ante un tema menor. Decididos a no enfrentar ni a hablar del asunto durante estos meses, pasó lo que tenía que pasar: el asunto les explotó y mostró no solamente el miedo del Presidente y la colosal ineptitud de Durazo, sino el profundo desorden que reina en el área de seguridad del gobierno y que ha permeado a nuestras instituciones militares.

Mientras el gobierno mexicano y su partido intentaban moldear la realidad a tuitazos defendiendo su rendición, la invasión de Culiacán le dio la vuelta al mundo destacando a un gobierno postrado ante la capacidad criminal. Una humillación más a nuestras Fuerzas Armadas ahora ante la comunidad internacional. Es falso que la delincuencia organizada esté más preparada que nuestras instituciones de seguridad. Nadie tiene en el país la capacidad, el armamento y la organización de nuestros soldados y marinos. La diferencia es que los cabecillas criminales toman decisiones y el comandante de las fuerzas militares es un curita moralino que prefiere desquitar su furia y su ineptitud claudicante con un reportero, que admitir que no sabe qué hacer con el problema que lo tiene apanicado.

Sin embargo, parece que al interior del Ejército no todo es tranquilidad obediente. Circulan videos en los que los propios soldados se defienden de la abulia gubernamental argumentando sus acciones, su defensa y la de sus familiares cuya zona habitacional también fue atacada por los criminales. Todo tiene un límite. Las humillaciones, también.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.