Mandar telegramas
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Mandar telegramas

29/07/2019
Actualización 29/07/2019 - 14:32

El presidente manda telegramas. No estamos hablando de Benito Juárez, estamos hablando de Andrés Manuel López Obrador en pleno siglo XXI. Cuando uno hace en sus comentarios exageraciones –en una especie de licencia literaria– sobre el gobierno y sobre el propio presidente, no espera ser superado por la realidad. Sin embargo, AMLO siempre se supera a sí mismo. No hay barbaridad que haya dicho Fox que no compita con las del hombre de Tabasco. La diferencia es de donde surgió el liderazgo. Se supone que AMLO es un hombre que viene de la izquierda. A esta alturas no sé quién pueda decir que el presidente es de izquierda, porque realmente estamos antes un individuo que no tardará en representar a la extrema derecha: es profundamente conservador, es 'mocho', le da por los sermones morales, ha militarizado al país y piensa que el pasado de hace décadas fue infinitamente mejor y que hay que vivir en esa época. Es muy posible que no crea que el hombre llegó a la Luna.

Cuando el presidente dice que “la realidad ya cambió”, estamos ante una real encrucijada del entendimiento, pero como lo dijo el presidente López Obrador en una de sus 'mañaneras' parece que no hay que hacerle demasiado caso, es otra de sus simplezas, de sus gracejadas o necedades. En eso se la pasa un buen rato cada semana. En lo que acusa a alguien, en lo que inventa delitos, señala culpables, reclama que alguien ejerza su libertad, da clases de historia y anuncia pomposamente la abolición de la realidad, el presidente ha logrado hacer de su palabra un mal chiste que a algunos irrita, otros celebran y defienden y unos más lo ven como la comprobación de que nos dirigimos a la depresión colectiva y a la catástrofe populista.

Cuando los críticos del presidente señalamos que es un hombre que vive en el pasado y que reniega de los avances de la modernidad, que no los entiende y que los considera casi un invento de las fuerzas del mal, escuchar que ha mandado 'telegramas' anunciando el cambio de la realidad, es la confirmación de esa sospecha. Las imágenes que tenemos del presidente son de un hombre con flores en la cabeza, gritando consignas, pidiendo votos a mano alzada por alguna causa, señalando provocadores que no lo dejan dormir, o comiendo porque el presidente se mete unos atracones bárbaros y difunde fotos metiéndole al mole de olla, la barbacoa, el agua de coco, el jugo de caña, el de piña, gorditas de chicharrón, costillitas, guacamole y harta fritanga. Nada más falta una con la camisa salpicada de bistec con pasilla. Todo parece indicar que nunca tendremos una foto de él en una computadora trabajando o siquiera mandando un 'wats'.

Tenemos un presidente que tiene un pleito abierto con la modernidad. No hay manera de que entienda las cifras, de que muestre cierto entendimiento de los beneficios de la era global. Cree que los problemas se acaban por decreto. Dijo que antes se robaban 800 pipas con huachicol y que ahora nada más 40, lo que significaba una baja del 40 por ciento. Nada le cuadra. Hace poco mandó un mensaje en el que festejaba con asombro el potencial de las videoconferencias, y decía que ya no era necesario viajar, que ahora se podía uno comunicar por esa vía. Su ejemplo de la economía efectiva es el de un caballo famélico atado a unas maderas y dando vueltas para partir cañas.

La cuarta transformación parece consistir en llegar a un país que había hace cuarenta años y en eso vamos avanzando –según ellos–; retrocediendo, según otros, aceleradamente. Y hay cosas que hacen sentido: cuando se quitan las becas para estudiar en el extranjero, se deja de apoyar a la ciencia, la academia y la cultura, la SCT anuncia que le quita el internet a la UNAM y el presidente anuncia que manda telegramas, todo tiene sentido.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.