Qué hubiera pasado
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Qué hubiera pasado

11/11/2019
Actualización 11/11/2019 - 13:30

El “qué hubiera pasado si…” es uno de los ejercicios más recurrentes que hacemos con la ilusión de pensar que las cosas pudieron haber sido diferentes. Así, en cada aspecto de la vida ponemos situaciones hipotéticas para imaginar si algo hubiera sido de otra forma y cambiara la situación actual. Algo muy humano, hacer escenarios sobre si hubiéramos decidido o dicho algo distinto de lo que hicimos. Por supuesto que esos ejercicios son útiles también para la vida pública. En algunos casos sirven para documentar ese mexicanísimo: te lo dije; en otros, para corregir errores en reglas y procedimientos.

El ejercicio lo propuso el estudioso de la comunicación y el discurso público, Luis Antonio Espino. Me preguntó, incisivo como siempre, qué hubiera pasado si yo, como consultor, le hubiera propuesto a un candidato a la presidencia en la campaña del año pasado que dijera que no habría que votar por López Obrador porque, si ganaba, antes del primer año la economía estaría en cero y en picada, la inversión detenida; el narco tomaría Culiacán, humillando a las Fuerzas Armadas; el gobierno, liberando al hijo del Chapo; habría masacres, incluidas mujeres y niños; estaría en proceso de desmantelación el gobierno federal, acabando con la mayoría de los órganos autónomos; que habría crisis de medicinas; a los ochos meses llevaría ya dos secretarios de Hacienda, y en Estados Unidos se hablaría de la posibilidad de mandar una intervención militar porque el gobierno mexicano se habría rendido ante el crimen. Es claro, le contesté a Luis, que de haber aconsejado decir eso, el candidato me hubiera corrido de su campaña, acusándome de fanatismo irredento y de no entender los momentos diferentes que vivía el país.

Imaginemos que, en la misma campaña presidencial del año pasado, se hubiera hecho un spot aludiendo las situaciones antes mencionadas, o sólo con algunas de ellas. El escándalo hubiera sido de dimensiones gigantescas. Seguramente el INE hubiera ordenado que bajaran el spot alegando fake news o cosas por el estilo; la prensa políticamente correcta y proclive en ese entonces a AMLO hubiese dicho que se trataba de la más ruin campaña que se hubiera hecho desde el invento de la propaganda electoral; los empresarios –siempre con la hipocresía a flor de piel– hubiesen declarado que nada tenían que ver con esa bajeza, que se deslindaban de cualquier participación en la infamia y que AMLO no era el desorden que se pintaba en esa publicidad, que México podía muy bien tener un gobierno de izquierda como la opción que representaba López Obrador, sin problema alguno, y que nuestra democracia era resistente, fuerte y estaba consolidada. Los opinócratas hubiesen escrito y salido en los programas de debate en radio y televisión a decir que el candidato o partido responsable de esos mensajes estaba hundido, que acababa de firmar su acta de defunción, que López Obrador había cambiado, que no era el mismo y que no tenía caso reeditar un episodio tan oprobioso como el de 2006, que muy seguramente se trataba de los estertores del calderonismo y que lo que era un atentado a la democracia mexicana eran ese tipo de mensajes alarmistas que describían situaciones que solamente se podían dar en un país bananero, y que México estaba muy lejos de serlo por la fortaleza de sus instituciones y que, al contrario, era momento de cambiar la irracional guerra contra el crimen y de que se fueran los partidos que habían colapsado por su corrupción, cinismo e ineficacia, y que nada peor que Peña y el prianismo nos podría pasar.

Y bueno, pues aquí estamos. En medio de todo lo que ni siquiera imaginamos el año pasado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.