La maldita implementación
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La maldita implementación

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La maldita implementación

09/07/2019
Actualización 09/07/2019 - 15:02

Hacer política implica hacer políticas. La saliva expresa deseos, pero los planes, los presupuestos, los análisis de factibilidad y la estrategia de implementación ayudan para que esa saliva se corone en obras terminadas, en programas sociales ejecutados o en fuerzas de seguridad eficaces para disminuir la delincuencia.

La política sin políticas públicas bien diseñadas e implementadas es como gritar en la plaza pública: ganas adeptos, generas expectativas, azuzas la esperanza, pero al final quedas a deber. Un gobierno con muchas ganas pero sin el hábito de la programación y la evaluación da lugar al “parto de los montes”: mucha alharaca pero al final los resultados son un chisguete frente a las promesas realizadas.

Lo raro de los programas públicos es que funcionen, decía Aaron Wildavsky, padre del estudio de las políticas públicas. No hay nada más frecuente en la vida de los gobiernos alrededor del mundo que proyectos que nunca despegan o presupuestos que nunca se gastan.

El presidente López Obrador corre el riesgo de tropezarse consigo mismo por la falta de planeación. Quizá le incomoda el estilo tecnocrático de elaborar análisis costo-beneficio de proyectos de infraestructura o el estudio de su factibilidad técnica o legal. Es un político de acción. Imagina obras o programas y pasa de la idea a la promesa sin el filtro del plan. Luego sus asesores hacen su mejor esfuerzo para darle sustento a sus ideas ambiciosas o locuaces.

Hace dos semanas la Cámara de Diputados solapó al presidente cuando le aprobó su propuesta de Plan Nacional de Desarrollo, que no cumple con los requisitos de un plan: es un documento sin un diagnóstico global de los problemas del país, sin estrategia ni metas claras. El mayor daño de aprobar un documento así es que enseña a las burocracias políticas y legislativas que puedes arrancar proyectos o programas sin contar con un plan mínimo. Es la ruta del fracaso de cualquier gobierno, al margen de sus buenas intenciones.

La semana pasada explotó un conflicto al interior de la Policía Federal (PF). Gobernar es comunicar y en este caso –como lo admitió el secretario de Seguridad Pública– nadie comunicó a los miles de policías de la PF la forma como serían transferidos a la nueva Guardia Nacional (GN). Es muy probable que no se haya elaborado una ruta crítica del cambio de modelo. No hay forma que la nueva GN sea un factor de cambio si miles de sus integrantes están insatisfechos, maltratados y desinformados. Como dice el dicho, “a la fuerza ni los zapatos entran”.

Mismo riesgo corren algunos programas sociales. Sin padrones de beneficiarios concluidos y públicos, sin reglas de operación claras y sin formas de evaluar el impacto real y la eficacia del gasto gubernamental, no existen los elementos para evaluar si el gobierno está gastando bien o mal los recursos públicos. Se corre el riesgo de gastar mucho sin cambiar las causas estructurales de la pobreza en México. Una anestesia temporal.

El mismo problema está presente con el proyecto del aeropuerto de Santa Lucía: se anuncia su construcción sin contar con estudios de impacto social y ambiental, sin tener una proyección financiera ni considerar su viabilidad económica. Una serie de amparos pueden detener su construcción por algunos años, mientras el país sufrirá el retraso de tan importante obra.

La planeación gubernamental es una condición necesaria para que López Obrador pueda "transformar" al país. Planear no es un asunto de tecnocracia neoliberal; vaya, en la mismísima ex Unión Soviética había planificación central de la economía. Las decisiones no pueden ser sólo caprichos o creencias que se originan en la cabeza del presidente: López Obrador debe tomar decisiones considerando el entorno social y económico y las capacidades reales de su gobierno para llevarlas a cabo.

Que haya planeación no garantiza éxito en la implementación de proyectos y programas. El gobierno de Enrique Peña Nieto planeó y fracasó en varios frentes. Lo que sí es un hecho es que, sin planeación, es imposible que los proyectos más ambiciosos y con las mejores intenciones tengan un buen resultado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.