Plan Nacional de Desarrollo
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Plan Nacional de Desarrollo

07/05/2019
Actualización 07/05/2019 - 12:10

La propuesta de Plan Nacional de Desarrollo (PND) que el gobierno federal entregó la semana pasada a la Cámara de Diputados es, en realidad, dos documentos diferentes: no sólo en contenido sino en lenguaje y formato.

La versión del presidente López Obrador fue redactada en su oficina en los días previos y, según sus palabras, “no tiene nada que ver con los planes de desarrollo que se presentaban en el periodo neoliberal, ni siquiera los términos tecnocráticos se utilizan”. El propio presidente dijo que durante la elaboración del Plan tuvo “discrepancias por el enfoque, porque yo ya no quiero nada que signifique política neoliberal, estamos inaugurando una etapa nueva postneoliberal”.

La otra versión, elaborada por la Secretaría de Hacienda, es la que no le gustó al presidente. Es un documento que utiliza el lenguaje de la planeación estratégica: usa indicadores, traza metas, habla del contexto internacional, de cambios tecnológicos y de bienestar. También de inversión, competitividad, sostenibilidad económica, social y medioambiental. Como no le gustó su estilo y enfoque, mandó a hacer el suyo días antes de que venciera el plazo de entrega.

La propuesta de AMLO es la suma sintetizada de todas las frases, eslóganes y denuestos frente al neoliberalismo, la mafia del poder, los delincuentes de cuello blanco, el “salinato”, los tecnócratas de lenguaje “frío y oscuro”, entre otros. No es un plan porque carece de objetivos, estrategias, metas e indicadores. El otro es un documento que responde a los criterios y requisitos de la Ley General de Planeación.

Que haya dos versiones del PND es reflejo del estilo gerencial de López Obrador: voluntarista, retórico e interpretativo de la historia como él la ve.

AMLO es un político de acción que gobierna sin planeación, con base en su intuición y en su valoración de las prioridades y los medios para alcanzarlas. gobierna en nombre del pueblo y asume que entiende sus necesidades.

Por eso a López Obrador le incomodan los procesos de planeación, las instancias que revisan y autorizan proyectos, las metas y números “fríos y oscuros” que usa la tecnocracia. Para López Obrador el acto de gobernar es hablar, prometer, conectar con la gente, mejorar hoy las condiciones de vida de quienes menos tienen en lugar de trazar metas de largo plazo.

Las dos versiones del PND –inevitablemente– entrarán en conflicto en diversos momentos durante los años por venir. Cuando choquen prevalecerá la impaciencia del presidente sobre la planeación de la burocracia con un riesgo: que el ánimo transformador de López Obrador se colapse por desdeñar a los funcionarios encargados de traducir sus mandatos en acciones concretas.

De hecho, ya hay contradicciones entre el Plan de Hacienda y la misma realidad: mientras la propuesta menciona la importancia de las energías renovables, se han cancelado las subastas de energías renovables y se anunció que la CFE comparará más carbón. Mientras el Plan señala que se combatirá la corrupción mediante licitaciones abiertas y transparentes, en los hechos el gobierno ha adjudicado de manera directa 74.3 por ciento de los contratos, según Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad.

El Plan de López Obrador dice que el país alcanzará en 2024 una tasa de crecimiento de 6.0 por ciento, mientras que la sección de la Secretaría de Hacienda no menciona meta alguna.

López Obrador tiene aspiraciones genuinas de transformar la realidad de México. En el epílogo de su plan dice que en 2024 “la delincuencia organizada estará reducida y en retirada (...) y México habrá dejado de ser la dolorosa y vergonzosa referencia internacional como tierra de violencia, desaparecidos y violaciones a los derechos humanos”.

Añade: “En 2024 se habrá consumado la revolución de las conciencias y la aplicación de sus principios –honradez, respeto a la legalidad y a la veracidad, solidaridad con los semejantes, preservación de la paz– será la principal garantía para impedir un retorno de la corrupción, la simulación, la opresión, la discriminación y el predomino del lucro sobre la dignidad”.

Pero su visión de país sólo será posible si él mantiene la energía de transformar y si cuenta con la disciplina para definir objetivos, ordenar prioridades, establecer metas realistas y evaluar la implementación de sus programas. Y eso se llama planeación. Sin eso, la 4T será una narrativa sin contenido.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.