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Deficiencias

21/02/2020
Actualización 21/02/2020 - 13:56

El presidente López Obrador ha concentrado un inmenso poder en la presidencia, a contrapelo de lo que habíamos hecho en el último cuarto de siglo. Por si fuese poco, se ha echado a cuestas el trabajo de todo el gabinete, que él encarna, incluyendo el cargo de vocero y promotor. Hacía mucho tiempo que no teníamos un Presidente que reflejara mejor la conocida frase: el gobierno soy yo.

Siempre es importante conocer el perfil sicológico de un jefe de gobierno, porque es condición del puesto estar expuesto a una presión considerable y enfrentar situaciones críticas que exigen virtudes poco comunes: templanza, coraje, sabiduría. Sin embargo, cuando ese jefe de gobierno es en realidad el gobierno entero, como hoy nos ocurre, el tema se convierte en algo de primera importancia.

Al respecto, debe ser claro que el Presidente sufre de algunas fallas de carácter propias de los líderes políticos. Nadie llega a ese nivel en la vida pública sin ser un poco vanidoso, soberbio, narcisista. Pero también en estos defectos hay niveles y, en tiempos recientes, debido al exceso emotivo de los pueblos, tenemos especímenes que rayan en lo enfermizo, si no es que lo sobrepasan: Jair Bolsonaro, Donald Trump, Narendra Modi, son profundamente narcisistas. Todo gira alrededor de ellos, y desde esa perspectiva lo entienden. Ese defecto, que en alguno de ellos podría considerarse enfermedad, daña su desempeño.

Ha llamado la atención a muchos la dificultad que tiene el presidente López Obrador de mostrar empatía por las víctimas, mientras sí la muestra por los delincuentes. Entiende el sufrimiento de los niños sin tratamiento para el cáncer, o el asesinato de activistas, o los feminicidios, como una campaña en su contra, mientras ha tenido palabras de consuelo para El Chapo, del que lo sorprendió lo largo de su condena, o ha facilitado a su familia viajar a verlo, o ha insistido en discursos la importancia de los derechos de los delincuentes. Esto no es normal.

Por otra parte, es conocido de todos el problema que tiene López Obrador para controlarse. Las emociones lo dominan con tanta facilidad que ya perdió una elección presidencial por ello (en 2006), y ha cometido excesos en discursos de plaza con demasiada frecuencia.

Estos rasgos de carácter, que son públicos, conforman un personaje narcisista, sin empatía, e incontinente de sus emociones. Todo eso es evidente. Profundizar en el tipo de personalidad, analizar otras dimensiones, diagnosticar, no es algo que esta columna pueda hacer. Construir esta lista es la única aportación en esta línea.

Sin embargo, con estos rasgos basta para establecer algunas preocupaciones. Permítame tomar como ejemplo dos casos recientes: el desabasto de medicamentos, especialmente para el cáncer infantil, y los feminicidios. En ambos casos, el Presidente ha reaccionado primero atribuyendo las quejas a una conspiración en su contra. Después, culpando a gobiernos anteriores de los problemas. Y en tercer lugar, construyendo algún distractor para evitar atenderlos.

En estos días me ha llenado de angustia saber que hay niños que tienen que ampararse para obligar al IMSS a aplicarles la quimioterapia a la que tenían derecho. Es un problema que no se ha resuelto, que pone vidas de niños en riesgo, y que el Presidente no sólo no atiende, sino que descalifica como conspiración. Frente a los feminicidios, intentó actuar igual, pero el enojo popular (especialmente de las mujeres) le ha impedido salirse del tema. Pero lo sigue intentando, y dedica más esfuerzos a distraer que a resolver.

Reitero, su narcisismo y falta de empatía no son normales. Los problemas seguirán creciendo. Cuando lo sobrepasen, que no falta mucho, su incapacidad para controlar sus emociones nos va a complicar la vida.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.