Descomposición
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Descomposición

29/07/2019
Actualización 29/07/2019 - 12:46

Se publicó el Índice Global de Actividad Económica al mes de mayo, y mostró una contracción de la economía de sólo -0.3 por ciento. Es posible que algunos consideren que esto indica que la economía ha tocado fondo, pero se debe tener cuidado. El comportamiento atípico de la división conocida como “56. Servicios de apoyo a los negocios y manejo de residuos y desechos, y servicios de remediación” explica ese resultado. Esta división (que en buena parte debe ser eso que llaman outsourcing) tiene un comportamiento muy volátil en los datos mensuales, aunque en el promedio anual crece moderadamente. En mayo reportó un crecimiento de más de 12 por ciento, aportando cerca de 0.3 por ciento al indicador global. Es decir, sin ese salto, el IGAE habría caído -0.6 por ciento en mayo, cifra similar al mes de marzo.

Es importante considerar esto porque es muy probable que en junio esa misma división tenga un comportamiento muy diferente, debido a la volatilidad mencionada. De hecho, lo ocurrido en mayo en este rubro es muy parecido a lo que cada año ocurre en diciembre, y no sé si exista algún cambio de estrategia empresarial que explique qué haya ocurrido en mayo. Ya sabremos.

El viernes también se publicó la balanza comercial al mes de junio, y esa es más importante. En ese mes, México tuvo un superávit por 2 mil 500 millones de dólares, con lo que el saldo del segundo trimestre alcanza casi 5 mil millones de dólares, algo nunca antes visto. Esto es muy grave, porque México normalmente sólo tiene superávit comercial cuando está en crisis. De diciembre de 1982 a septiembre de 1988 tuvimos superávit, y lo mismo ocurrió entre marzo de 1995 y septiembre de 1997. También en algunos trimestres aislados en los últimos años alcanzamos superávit de 2 mil millones de dólares.

El superávit es resultado de que las exportaciones siguen creciendo, aunque a un ritmo muy moderado (2.8 por ciento en tasa anual) mientras las importaciones se caen (-6.3 por ciento). Sin embargo, las importaciones de bienes de capital se hundieron en junio, cayendo -21.2 por ciento frente a junio de 2018.

Esta caída significa que la inversión se desploma. Ya en mayo la construcción caía -9 por ciento, según el IGAE, pero ahora en junio la importación de maquinaria y equipo de transporte cae -21 por ciento. Sólo falta conocer el comportamiento de adquisición de maquinaria y equipo nacional, pero si las ventas de vehículos son un indicador, su caída ha sido de -11 por ciento en los últimos dos meses reportados. Mi estimación es que tenemos una contracción de entre 5 y 7 por ciento anual en inversión durante el segundo trimestre, lo que nos coloca más o menos al nivel que teníamos hace cinco años.

Sin embargo, como la economía ha crecido, la proporción de la inversión es menor ahora. De hecho, todo indica que la inversión, como participación del PIB en este segundo trimestre, apenas superará el 19 por ciento, que es el nivel que tenía en 2004: hace 15 años.

Esto significa que mientras la economía interna se viene abajo, en buena medida debido a que la inversión literalmente se hunde, el sector externo, que no depende de medidas domésticas, puede seguir funcionando. El resultado de esta dinámica es que mientras el México globalizado y exportador puede mantenerse, aunque sea con dificultades, el resto se viene abajo. Parece ser exactamente lo contrario de lo que proponía el equipo que hoy está en el gobierno.

Pero lo más importante es que si la inversión no crece, sino que se reduce, las posibilidades de producir en el futuro también se van diluyendo. Esto es especialmente cierto en el caso de energía, comunicaciones, y transportes, que son áreas que han sido severamente dañadas por decisiones de política pública. Por eso en esta columna ya no hablaremos de recesión, sino de descomposición. Eso es lo que está ocurriendo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.