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02/08/2019
Actualización 02/08/2019 - 13:05

La economía mexicana parece tener dos enemigos. Ambos son hombres muy poderosos, presidentes de su nación. Ambos, también, populistas, poco respetuosos de la verdad, agresivos, con ideas de hace medio siglo. Los dos llegaron a su puesto gracias a elecciones que ganaron, en parte porque los competidores eran demasiado técnicos, en parte debido al hartazgo de la población, pero también porque supieron alimentar ese hartazgo, esencialmente a través de redes sociales, pero también respaldados por académicos y periodistas.

Uno de los enemigos es sin duda López Obrador. Entiende poco y mal de economía, pero sobre todo no es capaz de comprender al México actual. Su visión proviene de los años setenta, y ahí se mantiene. Por eso es compatible con la de muchos mexicanos, que ahí se han quedado. No los descalifico, son producto de un sistema educativo hecho para eso, para adoctrinar y ensalzar una cierta forma de manejar la economía nacional. Todavía hoy buena parte de los programas de estudio sigue celebrando la industrialización vía sustitución de importaciones, la lucha contra el imperialismo, la teoría de la dependencia, y conceptos similares. Así, millones de mexicanos que pasaron por ese sistema educativo están convencidos de que López Obrador es el mejor líder disponible.

Pero las decisiones que este impulsa son profundamente negativas. La cancelación del aeropuerto, porque no era obra suya, porque imaginaba corrupción, pero en el fondo porque tiene miedo del resto del mundo, es algo que resuena en esos millones de mexicanos educados en el nacionalismo ramplón de los libros de texto. Convertir a Pemex en empresa exitosa, bloqueando la inversión privada, con mucha mayor razón. Y en la misma línea, recuperar el control de la electricidad en una única empresa pública, la CFE. Tanto López Obrador como sus seguidores no pueden entender cómo estas decisiones han hundido la inversión privada, y frenado la economía. Pero así es, el presidente de México es un gran enemigo de la economía mexicana, aunque suene raro.

El otro gran enemigo es Donald Trump, y en ello creo que no habrá mayor discusión. Trump actúa de manera similar a López, creyendo que vive en los años setenta. Por eso su eslogan de hacer nuevamente grande a Estados Unidos. Por eso su racismo, y su intención de expulsar de la vida común a quienes hace 50 años estaban en los márgenes. Hay quien cree que Trump ha sido útil para la economía estadounidense, pero es una ilusión. Se colgó de la expansión iniciada por Obama, y le dio unos meses más con una reducción de impuestos que resultará carísima, conforme el déficit se haga evidente.

Donald Trump (igual que AMLO) quiere regresar a una economía cerrada, que recuerda como exitosa. Por eso su insistencia en rehacer el NAFTA, y elevar aranceles, especialmente en materiales que hoy Estados Unidos no produce, pero que hace 50 años eran su monopolio, como el acero. Trump está dañando la economía de Estados Unidos, pero ese no es nuestro tema de hoy: también está dañando la nuestra.

Ayer, Donald Trump decidió imponer aranceles a todos los productos chinos. Un grupo tenía ya 25 por ciento de arancel, pero ahora todos los demás tienen 10 por ciento. Eso incrementará el costo de vida de los estadounidenses notoriamente, dañará su bienestar, y reducirá el crecimiento global. Por eso las bolsas se vinieron abajo después de su anuncio.

La economía mexicana, como usted sabe, está estancada. No tenemos mucho margen de maniobra. Pero ahora, además, tenemos enfrente una desaceleración global que amenaza apagar lo único que nos movía, las exportaciones. Ya López se encargó de hundir tanto la inversión como el gasto público, Trump lo hace con las exportaciones. Dos grandes enemigos de la economía mexicana que, muy probablemente, estarán con nosotros otros cinco años más. A ver qué queda.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.