El costo de la apuesta fallida
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El costo de la apuesta fallida

05/08/2020
Actualización 05/08/2020 - 9:21

Es pregunta frecuente en las conferencias si el gobierno de López Obrador no actúa como lo hace por incapacidad, sino por decisión. No es una pregunta ociosa, y menos después de la famosa frase del Presidente, de que la crisis y la pandemia le caían como “anillo al dedo”. Muchas personas creen que lo que busca el gobierno es destruir la economía para convertir a México en un apéndice de Cuba y Venezuela, un alumno destacado del Foro de Sao Paulo.

De lo que recuerdo del tiempo en que trabajé con López Obrador, y de la evidencia de los últimos años, no encuentro cómo asociar al Presidente con alguna versión de ese tipo de ideología. No es, en realidad, un hombre de izquierda ni un socialista ni mucho menos un comunista. Es, sin duda, un producto de su historia. Después de vivir en la periferia, conoció la civilización cuando llegó a estudiar a la Ciudad de México, a inicios de los setenta, y todo indica que quedó maravillado con lo que vio, y es lo que quiere reproducir. Por eso su intención de reconstruir la presidencia todopoderosa, en la versión del merolico que Echeverría representaba en esos años, sostenida por una industria energética gubernamental: petróleo y electricidad soberanos.

Eso significa que López Obrador intenta transformar el régimen en autoritario, centrado en su persona, gobernado por discursos y financiado por Pemex y CFE. No todos los regímenes autoritarios son comunistas, y no me convenzo de que ésa sea la dirección del gobierno actual, por más que haya algunos notables representantes de esa ideología en la cercanía presidencial, incluso en la alcoba.

Pero si bien su intención de concentrar el poder avanza, eso de gobernar hablando no tiene mucho futuro, y financiarse en empresas energéticas públicas ni siquiera tiene presente. Tanto Pemex como CFE son empresas inviables, que han podido llegar al día de hoy gracias a la apertura de sus mercados. Como usted recuerda, desde inicios de los noventa se permitió la producción de electricidad por empresas privadas, y gracias a ello tenemos fluido suficiente. En los últimos años nos movimos incluso a fuentes alternas, y para 2018 éramos ejemplo internacional en renovables. Todo eso está en retroceso, y ahora quemamos carbón y combustóleo, perdemos dinero en CFE y muy pronto tendremos problemas de abasto.

Pemex, por su parte, evidenció su incapacidad desde que Cantarell inició su caída, en 2004. Diez años después, gracias a la reforma energética, teníamos la solución en marcha: un mercado abierto, para que empresas privadas produjeran petróleo, almacenaran y distribuyeran, importaran petrolíferos, todo. En cada movimiento, el gobierno cobraría su parte, un poco por encima de lo que cobraba a Pemex, y sin arrastrar los costos de la ineficiente empresa y el abusivo sindicato. También eso terminó.

El problema es que el gobierno seguía requiriendo ingresos petroleros, y se convencieron de que éstos crecerían con facilidad. Nos dijeron que este año producirían casi dos millones de barriles de petróleo por día, pero en los hechos están produciendo menos que el año pasado. La verdad es que Pemex jamás fue una compañía muy exitosa, pero se encontró un manto petrolero extraordinario, Cantarell, que nos hizo pensar eso. Ese manto ya se acabó. El otro que tenían, Ku-Maloob-Zaap, parece haber entrado ya en declinación acelerada. En el primer semestre de 2018 producía 827 mbd; para el primer semestre de 2019 ya estaba en 769; ahora está en 727. Ha perdido cien mil barriles diarios.

Sin ese manto, la producción nacional no llega ni a un millón de barriles al día. No alcanza ni para la gasolina y diésel que consumimos. Y a eso le estamos metiendo 3 mil millones de pesos cada día. Cada día.

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