El fin de las historias
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El fin de las historias

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El fin de las historias

05/08/2019
Actualización 05/08/2019 - 14:39

Los seres humanos no estamos hechos para vivir en grandes grupos. De forma natural, el límite que tenemos es de 150 individuos, según ha estimado Robin Dunbar, aunque la evidencia que tenemos, arqueológica y etnológica, es que nuestros grupos apenas superan 60 individuos adultos. Para poder formar grupos mayores, hemos recurrido a la construcción de historias que nos permiten fortalecer la cooperación. Esas historias nos permiten darle sentido a una realidad para la que naturalmente no estamos preparados, la vida en común en sociedades.

Es alrededor de estas historias, o cuentos, que podemos construir mecanismos para negociar los intereses de diversas facciones de la sociedad, formas de producir los satisfactores que requerimos, y costumbres y tradiciones que nos dan estabilidad cotidiana. Es decir, política, economía y vida social resultan de esas historias, y no al revés. Aunque muchos estudiosos siguen tratando de explicar la historia humana alrededor de la economía, esta no es sino resultado de los cuentos. Más claro: cada cuento permite cierto tipo de organización económica, política y social.

El núcleo de las historias, o cuentos, es un conjunto de valores que identificamos como determinantes. No es que lo sean, sino que les damos esa importancia. De otra forma, no servirían para su objetivo: cohesionar al grupo. Esos valores suelen ser trascendentes, es decir, superiores al individuo y su expectativa de vida. La fuente principal de esos valores ha sido lo sobrenatural, porque nos es fácil creer en ello, y porque resuelve de forma eficiente el problema de la cooperación: hay vigilancia desde el otro mundo y castigos para quienes lo merezcan.

Es tan importante el cuento que le da sentido a la vida del grupo, que es la principal causa de muerte en la historia humana. En los tiempos modernos, los tres grandes estallidos de violencia fueron resultado del conflicto entre cuentos. El más violento de toda la historia es el ocurrido entre 1500 y 1648, alrededor del derrumbe de creencias cristianas en diversas religiones; le sigue, en magnitud proporcional, el ocurrido en el siglo XX entre cuentos asociados al Estado: nacionalismo, comunismo, fascismo; menos grave en costo humano, el que ocurrió entre 1750 y 1850, que definió la importancia relativa entre la nobleza y la ciudadanía. En orden temporal, el cuento de una única religión, el soporte religioso a la nobleza, y el fin definitivo de ese grupo.

Para un gran número de personas, el mundo deja de tener sentido sin el cuento que conocen. Por lo mismo, están dispuestos a matar con tal de que su cuento no desaparezca. Si alguien los convence de que sus valores están en riesgo, y por eso la política, la economía y la vida social no son estables, actuarán. Organizados o no.

El argumento esencial del populismo del siglo XXI es que lo conocido está en riesgo. Lo está porque políticos, empresarios y pensadores están destruyendo la esencia de la sociedad, es decir, el cuento fundacional. El argumento se hace específico en cada nación, pero su esencia es la misma. Tiene vertientes de derecha o de izquierda, si quiere usted seguir utilizando esa geometría. De un lado se insiste en agravios a manos de hombres blancos, del otro de la amenaza de otros colores. En ambos lados se enfatizan condiciones imaginadas como derechos, pero la historia que los definía se rechaza. La sociedad se pulveriza en miles de islas, se aísla.

Este fin de semana hubo tres tiroteos en Estados Unidos, cerca de trescientos en lo que va del año. En América Latina, la violencia no termina. China continúa su expansión. Europa simplemente desaparece. Serán años difíciles.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.