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El primer paso

15/07/2020
Actualización 15/07/2020 - 11:55

El abismo en que nos encontramos dista mucho de hondonadas y baches previos. No es, como en 1982, el derrumbe de un régimen todavía con hilos a la mano y con el segundo manto petrolero más grande del mundo para derrochar. No es, como en 1995, una crisis financiera que podía enfrentarse con el apoyo de un nuevo socio comercial, con equipos técnicos de clase mundial, y todavía la mitad de Cantarell.

Lo de hoy es la crisis global más seria en un siglo, con un gobierno incapacitado y un liderazgo demencial. Las instituciones del régimen democrático, construidas con muchas dificultades durante 25 años, han desaparecido o están profundamente debilitadas. Las finanzas públicas, frágiles desde 1965, hoy están en bancarrota. La aplicación de la ley está en manos de un Ejército que además construye aeropuertos o sucursales bancarias, cuando no cerca hospitales.

No sé en qué momento esto será claro para muchos mexicanos y el derrumbe tome forma. Tampoco sé cuál será ésta, pero imagino que no será agradable. Después de eso, debe venir la reconstrucción, y es de eso de lo que quiero hablar con usted.

Esta columna está convencida de que el mejor sistema político es la democracia liberal. Lo es porque permite que las preferencias de las personas se traduzcan en políticas públicas, mientras se garantizan derechos indispensables: la vida, la propiedad, el trabajo, la educación. Aunque uno pueda imaginar sistemas políticos mejores, ya hemos visto que los seres humanos están incapacitados para construirlos: son utopías, es decir, no ocurrirán jamás.

La esencia de una democracia liberal exitosa es el convencimiento de que todos somos iguales. No lo somos, en realidad, en múltiples dimensiones. Pero debemos serlo frente a los demás. Sólo cuando cada uno de nosotros es considerado un igual, la democracia liberal funciona. Para que esta igualdad exista, se requiere un proceso educativo que la construya y un sistema legal que la defienda.

Si todos debemos ser iguales frente a la sociedad, todos debemos tener acceso a las mismas oportunidades. Esto es algo imposible de lograr en el extremo, pero no en la esencia. El acceso a la justicia, la educación y la salud pueden garantizarse, lo mismo que la calidad de dichos sistemas. Eso requiere 4, 8 y 8 puntos del PIB, respectivamente, además de una reingeniería de verdad. Pero si no estamos dispuestos a tener 20 puntos del PIB nada más para eso, no hay posibilidad de éxito. Hoy les dedicamos la mitad.

Si suma usted los otros encargos que le hemos hecho al gobierno, la cantidad requerida llega al doble: cuarenta puntos del PIB. Hoy, aportamos 14 en impuestos (cuando todo va bien), y el petróleo nos da tres más. Entre cuotas de seguridad social y otros ingresos, llegamos a 20. Estamos a la mitad. Jamás tendremos un país exitoso sin corregir esto.

Las fallas profundas de México provienen precisamente de estos puntos. No hemos tenido aplicación de la ley, porque era condición del régimen autoritario tenerla a su servicio, y no logramos resolver eso en los 25 años de democracia. No hay recursos suficientes para el gobierno porque no se ha logrado convencer a los mexicanos del pago de impuestos, ni obligarlos. No tenemos un sistema educativo que sirva porque fue utilizado por el régimen de la Revolución para adoctrinar y controlar, por eso el SNTE y la CNTE.

El gobierno actual desprecia tanto la igualdad como la solidaridad: fomenta la polarización y destruye las capacidades públicas. Ignoro si lo que veremos en los próximos meses convenza a los mexicanos de lo peligroso de ese rumbo, y de la importancia de estas dos ideas básicas: todos somos iguales, todos debemos invertir para tener un país exitoso. Cuando esas ideas sean populares, lo demás será posible. La habitación del diablo, los detalles, los vemos mañana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.