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24/01/2020
Actualización 24/01/2020 - 13:43

Comentamos ayer acerca de lo que están viviendo prácticamente todas las democracias en el mundo. No entro a discutir la transformación que también ocurre en países autoritarios, como China y Rusia, porque nada más nos complica el análisis en este momento, pero también se mueven las cosas por allá.

Es posible que muchos lectores hayan quedado angustiados con la muy breve lista de ayer de fenómenos políticos que se viven en países que hasta hace muy poco nos parecían no sólo el ejemplo de la democracia y del libre mercado, sino también naciones sólidas, estables, inamovibles. No es así, y lo estamos atestiguando. Y no podía serlo, porque nada es permanente, salvo el cambio. Esos mismos países, hace cien años, eran totalmente diferentes. Algunos eran más bien evidencia de autoritarismo, otros de miseria, y cien años más atrás, varios ni siquiera existían. Pero es normal que pensemos que lo que conocemos es lo que siempre ha existido y siempre existirá.

Si lo que hoy ocurre es un cambio profundo, como fue el de hace cien años, entonces tenemos hacia delante años complicados, muy inciertos, como ayer comentamos. Y la incertidumbre genera siempre angustia, y nos arroja en brazos de creencias. Por eso tantas personas se han convertido en fanáticos en los últimos años, sea a favor o en contra del populista que les tocó. Y por eso quienes aún no se rinden frente a ello, sufren todos los días.

No hay manera de saber qué ocurrirá, ni cuánto tiempo tardaremos en volver a tener sociedades razonables. En principio, creo que habrá que esperar unos 15 años, pero cuando comento esto, los rostros de los interlocutores suelen perder algo de color. Y es que muchos perciben que las cosas están mal, pero creen que pueden resolverse pronto. En México, por ejemplo, en las elecciones de 2021. Hay quienes le apuestan a que Trump pierda en Estados Unidos, sin imaginar que eso no cambiará mucho el proceso que ya ha iniciado.

Pero note usted que todo lo que comentamos tiene que ver con los gobiernos nacionales. Es en ese nivel donde repercute la pérdida de modelo de referencia que ha resultado tanto de las nuevas tecnologías de comunicación como de las grandes crisis financieras de 2008 a 2011. Y ese nivel está perdido por un rato. Ya veremos qué candidato eligen los demócratas en Estados Unidos, pero dudo que tengamos buenas noticias. Y puede usted voltear a Europa para ver cómo no hay liderazgos nacionales que funcionen. O a América Latina.

En cambio, hay mucho espacio a nivel local. En Italia, por ejemplo, donde no hay gobierno nacional desde hace tiempo, las regiones se mueven cada una como puede, y algunas pueden más. En Estados Unidos, la única resistencia real a Trump ha sido a nivel estatal. En México, lo que sí puede hacerse en 2021 es ganar localmente, y la suma de triunfos puede bastar para limitar mucho al gobierno de López Obrador.

Es a nivel local donde podemos empezar a construir alternativas, a buscar nuevas narrativas, a experimentar nuevas organizaciones. Ahí, el modelo global es menos importante. Claramente, esto no podrá funcionar en todas las regiones (si se pudiera, el problema nacional estaría resuelto), pero sí en algunas. Y a partir de ello, el ejemplo puede extenderse.

Es decir que lo que tenemos que hacer en los próximos años es concentrar nuestros esfuerzos en soluciones locales. En cuestión política, pero también económica y social. Y habrá margen, porque esos gobiernos nacionales que son tan amenazantes en el discurso, resulta que son bastante inútiles en la operación. Todos. Así que olvídese de resolver el país entero, concéntrese en lo local y, por favor, pare de sufrir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.