Hacienda Pública
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Hacienda Pública

11/07/2019
Actualización 11/07/2019 - 10:45

Uno de los reclamos del exsecretario Urzúa en su carta de renuncia se refería a la imposición de funcionarios sin conocimiento de la Hacienda Pública. Es un asunto mucho más importante de lo que puede parecer, y creo que merece atención.

El enorme número de actividades que debe realizar el gobierno, y la complejidad de muchas de ellas, exige un ejército de funcionarios que no sólo deben contar con calificación, sino además aprender en el trabajo. Por ello, los países desarrollados cuentan con servicios profesionales que han construido en décadas, si no es que en siglos, de esfuerzo y dedicación. En cualquier país de ese grupo, los cambios de gobernante apenas se notan en la operación diaria del gobierno, si bien en términos de estrategia y de políticas públicas puedan tomar direcciones diferentes. Incluso en varios de ellos (Bélgica, Italia) pueden pasar meses o años sin tener jefe de Gobierno, sin que haya mayor problema.

México no ha logrado construir ese tipo de sistema. Cada cambio de gobierno son removidos dos o tres niveles en prácticamente todas las secretarías, complicando el inicio de la administración. Sin embargo, existen tres áreas que habían logrado mantenerse al margen de estos movimientos, construyendo su propio servicio de carrera. El más evidente es el sector militar, tanto en Defensa como en Marina, pero ocurría algo similar en Relaciones Exteriores y en el sector financiero, donde Hacienda y Banco de México fueron construyendo un cuerpo calificado de funcionarios por décadas.

A partir de los Sonorenses (1920), es posible identificar este servicio profesional financiero en México. Funcionarios que ocupan puestos en Banco de México, Hacienda, banca de desarrollo, seguridad social, acumulando experiencia y conocimiento. Incluso con la recomposición del régimen con Cárdenas, este servicio profesional continúa: Eduardo Suárez es secretario de Hacienda durante dos sexenios, le siguen Ramón Beteta y Carrillo Flores, otros dos sexenios de Ortiz Mena, y luego viene la destrucción de la economía a manos de Echeverría y López Portillo. A partir de 1982, el servicio de carrera se recupera, ahora incorporando jóvenes con estudios de posgrado en el extranjero, y paulatinamente se recompone la economía.

Incluso fue notorio un camino que llevaba de la Dirección General de Crédito Público a la subsecretaría de Hacienda, y de ahí a la titularidad. Por décadas, no habíamos tenido un secretario de Hacienda que no hubiese realizado parte de su vida profesional en ese servicio de carrera. Me parece que el primero, en tiempos recientes, fue Ernesto Cordero, aunque él se incorporó como subsecretario un tiempo. Luis Videgaray sería el segundo. Sin embargo, aunque entraron por decisión presidencial, el resto de la estructura siguió ocupada por el servicio profesional.

En esta ocasión, no sólo el secretario de Hacienda llegó sin experiencia previa, sino que fueron sustituidos todos los puestos de segundo y tercer nivel por personas externas. En la secretaría, en la banca de desarrollo y en seguridad social. Tan sólo el Banco de México se salvó, gracias a la autonomía de la que goza desde hace casi 25 años.

Aunque parte de los recién llegados tienen sin duda capacidad y estudios suficientes, no cuentan con eso que sólo da la experiencia. El gobierno actual removió funcionarios de forma generalizada, pero el impacto en Hacienda creo es mucho mayor. Por la importancia del ramo, y por la destrucción de ese sistema informal de servicio civil. Si el secretario saliente, además, considera a varios de ellos inadecuados para los puestos que ocupan, debemos preocuparnos.

Se ha menospreciado el daño que ha sufrido el gobierno mexicano bajo el actual gobierno. Muchos colegas siguen pensando que se trata de las dificultades normales de una nueva administración, sin percibir que lo que ocurre es que no existe administración. Gobernar no es repartir dinero, disfrazar militares y dar homilías mañaneras.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.