No hay defensa
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No hay defensa

02/09/2019

No existe sistema de gobierno que pueda soportar a un líder decidido a mentir y romper las reglas. Puesto que todos los sistemas consisten en un conjunto de ideas y reglas aceptadas por el grupo que compite por el poder, aunque no lo sean para la población en su conjunto, el advenimiento de un líder que desprecia esas ideas y reglas pone en riesgo la supervivencia del sistema entero. Esto significa que si un personaje de ese tipo llega al poder, se abren dos caminos: la destrucción del sistema que le permitió el acceso, o la destrucción del líder y la recuperación del sistema.

El creciente número de este tipo de líderes llegandos al poder en diferentes partes de Occidente, hace pensar que lo que desaparecerá será el sistema político prevaleciente en los últimos 50 años. Para que no haya duda, me refiero a la democracia liberal, que fue el sistema más utilizado en esos años. De 1967 a 2016 pasamos de 35 a 97 democracias, entre ellas de 23 a 55 democracias consolidadas. En esos años, el número de naciones creció de 127 a 167. (Polity IV).

La democracia liberal consiste en ciertas reglas e ideas que comparten quienes compiten por el poder, y que son inteligibles para el resto de la población: cada persona un voto; competencia en igualdad de condiciones; información accesible y confiable; respeto por derechos humanos, especialmente los políticos (opinión, reunión); leyes aplicables a todos, que garantizan derecho a la vida, educación, empleo y propiedades.

Desde la Gran Recesión, el discurso público ha enfatizado defectos del sistema, y eso abrió el camino a líderes inescrupulosos, que han sabido navegar las islas que se han creado en las redes sociales, ofreciendo a cada grupo lo que quiere obtener. No importa si ese ofrecimiento es absurdo, imposible de cumplir, contradictorio con el ofrecimiento a otros grupos. Cada isla cree que el líder los atiende de cerca, porque estos políticos inescrupulosos tienen la habilidad de fingir una cercanía inexistente.

No es menor, en ese fingimiento, la evidencia de que el líder es capaz de mentir y romper reglas. Puesto que cada isla enfatiza su distancia con la antigua tierra firme, un mentiroso es atractivo, quien rompe reglas es interpretado como liberador y no como salvaje.

El impacto de estos liderazgos varía de acuerdo con las condiciones del país. La fortaleza del marco institucional, las capacidades del funcionariado, el margen de maniobra de la economía, dan más o menos espacio al inescrupuloso. Pero en todos los casos es notorio el deterioro de las reglas, la pérdida de la verdad, el discurso creciente de odio, la polarización y la reducción de expectativas. Somos capaces de verlo en otras sociedades, pero no en la propia, y por eso abundan quienes critican a Trump desde México, pero aplauden a López, y viceversa.

Occidente entero cae en el garlito. Las dos mayores economías de América Latina, las dos anglosajonas más importantes, el Mediterráneo europeo sin rumbo, y ahora en Alemania y Francia esos liderazgos se ubican en claro y sólido segundo lugar.

Como decíamos, la crisis implica el hundimiento del sistema o el del líder, pero las democracias liberales nunca destruyen a un político. Justo a eso apelan los inescrupulosos: exigen para ellos las reglas que no están dispuestos a cumplir para con los demás. Siendo racionales, no hay otro camino que el fin de la democracia liberal.

Hay quien dice que eso no ocurrirá, y que las siguientes elecciones corregirán el camino. Quisiera creerlo, pero no veo cómo. ¿Acaso existe una alternativa demócrata clara en Estados Unidos, que no siga la misma ruta que Trump? ¿Acaso se percibe otro camino en Europa?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.