Pueblo y democracia
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Pueblo y democracia

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Pueblo y democracia

20/02/2019
Actualización 20/02/2019 - 11:29

Ayer le describí, de forma muy general, el libro de Yascha Mounk, El pueblo contra la democracia. Hoy quisiera plantearle algunas opiniones mías al respecto.

Lo primero es que me parece una excelente idea la división que hace Mounk entre democracia y liberalismo para entender el fenómeno actual. Su mapa de cuatro espacios (democracia liberal, democracia iliberal, liberalismo no democrático, dictadura) permite entender mejor los diferentes sistemas políticos que hoy existen.

Sin embargo, lo que no deja del todo claro, aunque lo analiza en el capítulo 3 del libro, es cómo la democracia iliberal es inherentemente inestable. En todos los ejemplos que analiza, lo que ocurre es que un movimiento (casi siempre con un único líder) aprovecha el descontento general para desacreditar las características liberales (desprestigio de expertos y organismos autónomos, acusaciones a las élites, regodeo en el sufrimiento) para tomar el poder. Una vez ahí, se van eliminando los derechos y libertades, se desmantela el cuerpo burocrático, se concentra el poder, y acaba en una franca dictadura. Es decir: calificar al populismo de democracia iliberal es ignorar que de lo que se trata es de un movimiento autoritario de principio a fin.

En cuanto a las tres causas que Mounk percibe de este fenómeno: redes sociales, estancamiento (y desigualdad) económico, e identidad (étnica), no hay mucha novedad. Yo estoy convencido de que los argumentos economicistas no tienen fuerza, y son más resultado de la proclividad de los académicos por encontrar siempre causas económicas de todo lo que ocurre (triste herencia de Marx). No abundaré en eso ahora, pero la desigualdad ha crecido en muy pocos países (China, Estados Unidos, Reino Unido), y en muchos casos hay que irse a buscar lo que tiene el 0.1 por ciento de la población para defender la idea. No sabía, cuando leí el libro, que era director del Centro Tony Blair, pero eso parece explicar su orientación económica. Por cierto, es el capítulo más breve y con más errores del libro.

Como usted sabe, en esta columna se privilegia la explicación comunicacional, y por eso el impacto de redes sociales me parece mucho más relevante. Pero no de la forma en que Mounk lo plantea. Él se concentra en dos eventos importantes. El primero es la difusión de celulares en África y el incremento en violencia que eso provocó, y la Primavera Árabe. A mí me parece que lo que las redes han logrado, al romper el flujo de información “de uno a muchos”, como bien apunta Mounk, es destruir la lógica que sostenía a la democracia liberal en su tercera reencarnación, así como los periódicos destruyeron la primera, y el cine y la radio la segunda.

La tercera causa, para Mounk, es el fin de la homogeneidad étnica, que a su juicio explica el éxito de la democracia liberal en el siglo XX. Dice que cada país tenía a un grupo étnico como élite, y eso le daba estabilidad, pero la transformación social ha derrumbado esa homogeneidad. Me parece que tiene parte de razón, pero que limita la fuerza de la explicación al concentrarse en el carácter étnico. Las élites en las naciones no fueron sólo homogéneas en cuestión étnica, también en género, preferencias, costumbres. Precisamente por eso lo que vemos hoy es una explosión “identitaria” que, al obligar a pertenencia a grupos, anula la individualidad y hace imposible la democracia liberal.

La identificación inadecuada, o insuficiente, de las causas, provoca que las soluciones que ofrece Mounk en los tres últimos capítulos suenen banales: reducir barreras estructurales a las minorías étnicas; reconstruir el estado de bienestar; limitar las redes y educar ciudadanía.

Pues sí.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.